08 ago 2020

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Los desafíos de un sector clave para la ciudad

El turismo que quiere Barcelona

Jaume Collboni

Es la hora de abrir un debate constructivo que facilite un reparto justo de los beneficios turísticos

El atractivo de Barcelona es innegable. Es casi imposible encontrar otra ciudad con tanta historia y cultura, que sea tan abierta y cosmopolita, y que disfrute de un clima privilegiado. Con estas cualidades no es de extrañar que seamos un destino turístico de primer nivel. Nos visitan los que quieren ver la obra de Gaudí, los asistentes a congresos internacionales y los seguidores de la música progresiva. Ahora bien, a pesar de reconocer que se trata de un sector importante para la ciudad, los últimos acontecimientos exigen acabar con la actual política de subordinación al turismo.

Barcelona no se puede permitir desmontar un sector que supone el 12% del PIB de la ciudad y que emplea a más de 75.500 personas. Pero no podemos aceptar las imágenes del turismo desbocado e incívico de este agosto, o que haya que manifestarse por la Barceloneta para que a los vecinos se les reconozca su derecho a ser ciudadanos de primera. La queja vecinal ha superado al gobierno que, otra vez, va a remolque por falta de un modelo de ciudad.

Que nadie se equivoque, Barcelona quiere seguir siendo una ciudad abierta. Lo he constatado en las movilizaciones de estos días, pero rechazamos convertirnos en una ciudad turística. No queremos que Ciutat Vella se convierta en Venecia, ni el gobierno municipal puede seguir con la sobreexplotación de la ciudad que le dictan los lobis turísticos.

A nadie se le escapa que pasar de 2,5 millones a 7,5 millones de visitantes en 20 años es el resultado de haber hecho de Barcelona una ciudad atractiva en el mundo. Las molestias con el turismo no son de los últimos tres años, pero el enojo vecinal de estos días solo se explica por la inacción del gobierno de Trias.

La actual inversión social y urbana en la Barceloneta es escandalosa: 17 millones de euros en el último mandato socialista frente a los 4 millones en este, para una ciudad ciudad saneada que dispone de 140 millones de superávit. Y la inacción del gobierno muncipal es vergonzosa cuando lo que ha hecho el alcalde estos días se podría haber comenzado meses antes.

Hay que recordar que las ordenanzas y sanciones que hoy aplica Trias ya existían antes del verano. Ya se habían aprobado años atrás. Barcelona estaba preparada con los mismos instrumentos y recursos que hoy, pero no su alcalde. Ahora, lo primero que hace falta es reencontrar la convivencia en la Barceloneta con propuestas que demuestren que el consistorio ha entendido el mensaje. Es por ello que los socialistas hemos planteado un Plan de Choque para la Barceloneta con medidas urgentes como la apertura de un servicio de atención telefónica de 24 horas, inspecciones y cierre de pisos turísticos ilegales, y el aumento de la presencia policial para sancionar conductas incívicas.

Una vez recuperada la calma debemos afrontar, de manera inmediata, el cambio de modelo turístico que la gente de Barcelona pide. Debemos consensuar un plan para lograr un equilibrio entre el bienestar de nuestra gente y el turismo que la ciudad quiere. Debemos impulsar líneas de acción que redistribuyan los beneficios del turismo y mitiguen las molestias en los barrios con más presión, sin dejar de ser una ciudad atractiva en el mundo. Una Barcelona donde la calidad de vida conviva con un turismo que conlleve la apertura de conexiones aéreas, genere empleo de calidad y ayude a promocionar nuestra cultura y talento.

Creo que el debate debería comenzar por abordar seis temas esenciales: acotar el número de pisos turísticos en función de la densidad y la estructura de cada barrio, que el alquiler de estos sea por un mínimo de 15 días, quedarnos con el 100% de la tasa turística de Barcelona, que los nuevos recursos se destinen a políticas sociales y urbanas en los barrios con mayor presión turística, que el Consorci de turismo se abra a todos los actores implicados (asociaciones de vecinos, representantes de la cultura, del comercio, del puerto y del aeropuerto), y disponer de una Taula sobre l'Economia Col.laborativa donde se pacte su adaptación a nuestro modelo de ciudad.

La urgencia pide responder a las preocupaciones de los vecinos y vecinas de la Barceloneta, pero no podemos tardar en repensar el lugar que Barcelona debe ocupar en el mundo. Debemos recuperar el gobierno que se adelanta a los problemas y dejar atrás uno que solo tapa agujeros cuando el problema ya es tragedia. Estoy convencido de que hallaremos la solución óptima si volvemos a nuestra manera de hacer ciudad, que pasa por hacerla entre todos en beneficio de los barceloneses. Es la hora de abrir un debate constructivo que concluya con un reparto justo de los beneficios turísticos y que nos permita recuperar las ganas de decir Bienvenidos a Barcelona.