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Máquina de escribir clichés

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Máquina de escribir clichés

LEONARD BEARD

Edward St. Aubyn es un escritor que me gusta. 'Lost for words', su última novela, donde se cachondea en grado bastante viperino de la concesión de los premios literarios, especialmente del muy reconocido Man Booker, del que fue finalista en el 2006, le sirve para manejar en la ficción un estudio de las tendencias de la novela contemporánea y de su valoración y prestigio social. Uno de sus personajes más delirantes, una pretenciosa escritora miembro del jurado, que reconoce que le encanta la novela histórica porque “allí te cruzas con tantos personajes conocidos que da gusto”, utiliza un programa de ordenador bien práctico. El autor lo llama el “Gold Ghost Plus, jugando con la definición de 'ghost writer', que en castellano aún traducimos como negro o escritor a sueldo, alguien que escribe el libro que otro personaje más relevante o conocido publica. Esta aplicación que inventa St. Aubyn funciona de la siguiente manera: cuando tú escribes una palabra, el programa te propone una adjetivación concreta. Por ejemplo, si escribes refugiado, el procesador de textos te propone: “grandes ojos hambrientos”; si escribes asesino, la propuesta es: “agua helada corre por sus venas”; si escribes zapatos: “que han visto mejores días”. Es decir, se trata de una máquina de escribir tópicos que cuelan con naturalidad al lector embrutecido.

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El libro guarda un aire de venganza. El autor perdió con una de sus mejores novelas de la serie autobiográfica sobre un personaje llamado Patrick Melrose frente a la escritora Kiran Desai y una de sus novelas étnicas que tanto gustan a los premios literarios anglosajones. Pero esta invención para perpetrar tópicos me hizo pensar en alguna de mis tardes más divertidas junto a Rafael Azcona. Un día, ante la concesión a un novelista español de uno de los grandes premios literarios del país, no recuerdo si el Cervantes o algo similar, le pregunté qué pensaba. Se limitó a decirme: cada una de sus frases es un tópico. Escandalizado por su apreciación, lo negué con firmeza, defendiendo al escritor que yo admiraba. Y Azcona, crecido, entró en un supermercado de esos que venden prensa, fruta, yogures y algún libro y pidió alguna obra del autor recién premiado y por ello de actualidad. Me conminó a que la abriera por cualquier parte y leyera una sola línea en voz alta. Comprobarás que siempre escribe con un tópico, me dijo. Revolví las páginas del libro y fijé mis ojos sobre una línea al azar. Decía así: “Los negros, que llevan el ritmo en la sangre...”. No leí más y me limité a apreciar la carcajada feliz de Rafael.

En un tiempo en el que se han anulado los criterios para valorar novelas, donde se ha impuesto la mercadería del gusto masivo, donde el cliente siempre tiene la razón, mucha gente se pregunta si las novelas pueden seguir midiéndose por algún baremo profesional. Uno de los pocos es el detector de tópicos, de frases hechas, de clichés. Pasan desapercibidos si no estás alerta, pero parecen estar ahí proporcionados por una máquina tan horrible como la que inventa St. Aubyn para escarnio de novelistas. Pero en realidad están escritos por profesionales de la estafa. El primer requisito para un escritor consiste en no escribir jamás “calor infernal”, “silla desvencijada”, “acarició con dulzura” o “sol luminoso”. Luego ya solo quedan por delante los infinitos retos del oficio. Pero yo nunca olvidaré aquella tarde esclarecedora donde leí, con mis propios ojos, que “los negros llevan el ritmo en la sangre”.