27 sep 2020

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Pequeño observatorio

La publicidad moderna y la trompeta

Josep Maria Espinàs

En uno de sus artículos, Quim Monzó habló hace días de publicidad, y citó algunos escritores que se han dedicado, como Scott Fitzgerald, Carlos Zafón y Frédéric Beigbeder. Me añade acertadamente en la lista, e incluso concreta que me inventé un eslogan para promocionar la primera bicicleta estática que apareció en este país: Quien mueve las piernas mueve el corazón. Es así. Se trataba de estimular a hacer algo de ejercicio a los que pasaban demasiado tiempo sentados, por pereza o por su trabajo. Este eslogan también fue utilizado en Alemania, e ignoro si tuvo más éxito que un libro mío que se había traducido al alemán.

La frase se me ocurrió hace ya muchos años, cuando trabajaba algunas horas en una agencia publicitaria de Jaime Espinal por recomendación de mi amigo August Ferrer, que abandonó la publicidad para dedicarse a las relaciones públicas, dos profesiones que mucha gente incluye en el mismo paquete pero que están perfectamente delimitadas.

Quién sabe si la práctica publicitaria -la creación de textos breves, eufónicos, ideas expresadas de manera concreta- me hizo valorar la importancia de un lenguaje preciso. El caso es que me lo pasé bien explorando las posibilidades del lenguaje e interesándome por la eficacia comunicativa. En publicidad no se puede divagar ni apasionarse por las frases bonitas.

Mucha gente protesta de la publicidad por considerarla excesiva. Es un tema que habría que analizar caso por caso. Solo puedo decir que anunciar hechos o cosas está bien. Que gracias a la comunicación publicitaria se puede adquirir el conocimiento de muchas posibilidades. Y que sin publicidad no habría ni radio, ni prensa, ni televisión con la complejidad comunicativa que ofrecen. Quizá deberíamos admitir que se abusa de todas las cosas útiles.

Cuando yo era niño, por una calle de San Just pasaba cada lunes un hombre que quería vender pescado y anunciaba su paso con una modesta trompeta.