La rueda

La política que llega

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El superdomingo electoral de este fin de semana ha frenado las esperanzas de cambio que la socialdemocracia europea tenía depositadas en Martin Schulz. El problema se agrava, sin embargo, cuando se vislumbra cierta incapacidad para construir escenarios de cambio alternativos a corto o medio plazo. Cuesta imaginar que la fragmentación del voto de la izquierda, la consolidación de la extrema derecha y el fantasma del discurso populista amenazando, con diferentes intensidades y colores por toda la Unión Europea, sea la solución que esta requiere.

El terremoto electoral advierte que los partidos más consolidados son incapaces de dar respuesta a las demandas del conjunto de la ciudadanía ante los retos de Occidente. Sin embargo, el fantasma populista que crece en toda la UE solo ofrece garantías de señalar los problemas y plantear las preguntas correctas, pero no de solucionarlos. No son buenos tiempos para el reformismo, pero tampoco hay suficientes razones para la revolución.

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El ansia de certezas y análisis simples contrasta con las incertidumbres a las que nos aboca el modelo occidental y el complejo motor que mueve el mundo. Claro que, apelando a la complejidad, se ha dejado de actuar en muchas ocasiones, y se ha dado vía libre a quienes poseen intereses muy claros y que normalmente atentan contra quienes menos culpa tienen.

Asimismo, y por lo que se refiere a nuestro país, aun con todas las críticas que se quieran hacer a quienes plantean la independencia de Catalunya, no queda tiempo, ni puede haber excusas, para no iniciar un proceso de diálogo que culmine en una transición política. Porque llegados a este punto, lo único que queda por concretar -y depende todavía de la capacidad de la política para encontrar soluciones- es el sujeto político y la intensidad de esta transición: reforma, o revolución.