02 abr 2020

Ir a contenido

Una invitación al diálogo

Palabras en el debate, preguntas en el aire

José Antonio Pérez Tapias

La falta de voluntad política convierte en cháchara la discusión y deja las grandes cuestiones sin respuesta

La calidad de la palabra no va automáticamente vinculada al hablar mucho. Más bien hay que contener la verborrea para que la palabra emerja con toda su carga semántica, desplegando en cada caso su fuerza expresiva. En tiempo de mucho ruido, quizá sea necesario insistir en ello a la vista de que la comunicación queda interferida desde muchas fuentes emisoras, incluso de informaciones -no todas veraces- que compiten en el campo mediático para llevar el agua de la opinión al molino de la manipulación. En época en que la política no pasa por sus mejores momentos también vendrían bien cautelas de ese tipo, dado que la proliferación de mensajes que caóticamente se cruzan sin conseguir diálogo alguno es el correlato de un activismo que queda lejos de lo que habría de ser en verdad, y la ciudadanía así lo espera, una acción política seriamente planteada.

No hay política -quien quiera lo puede escribir con mayúsculas- sin palabra -sin palabra dicha en serio, comprometida con la acción al explicitar su sentido-. Y especialmente en democracia es así, pues en ella, para llegar como se debe llegar a la conformación de la decisión política que afecta a todos, ha de haber discusión pública, confrontación de ideas, argumentación deliberativa

-diciéndolo, de nuevo, con la fórmula puesta en boga por Jürgen Habermas-. Y debiendo ser ello así, no nos engañamos en cuanto a los conflictos y tensiones que emergen desde la pluralidad de posiciones que se da en una sociedad que dista de ser una comunidad de unánime armonía. La democracia, sin merma de la palabra debida, se configura a la vez como espacio del disenso, de la confrontación en el ágora, lo que da paso también a las disputas por el control del discurso en el espacio público. Como muestra Van Dijk en Discurso y poder, en democracia ni se logra ni se conserva el poder sin reproducción discursiva del juego democrático.

Nos movemos, por tanto, entre una palabra que ha de dar sentido y unas palabras por las que se pugna para controlar su significado y, con ellas, definir la realidad -para configurar así el campo político a favor de la parte, el partido, que logra marcar la pauta a tal efecto-. Si el sentido de la política no puede quedar en el vacío, yendo al extremo de un utopismo carente de mediaciones con la realidad, tampoco los significados con los que se teje el debate político pueden verse sometidos a la arbitraria decisión de quien quisiera hacer, abusando de su poder, que las palabras significaran lo que el que manda sin más dijera -como denunciaba Carroll a través de las fantasías de Alicia-.

¿No es posible encontrar ese punto de confluencia en que se entrecruzan la convincente palabra del sentido de lo político y las palabras con que democráticamente, desde el pluralismo, se debate en la arena política? Debate en serio y acción comprometida, frente a discusiones de patio de malos vecinos y cháchara que cada vez se llena más de vacuidad. Si eso se lograra en Catalunya y, por ende, en España, quizá hasta podríamos abordar en serio lo que hace falta en realidad ante la grave crisis del Estado español: el proceso hacia un nuevo pacto constituyente. Si paráramos el usar las palabras como armas arrojadizas, que a su paso levantan fantasmas y hacen crecer sentimientos hostiles, a lo mejor podríamos hablar de cómo hacer una consulta a la ciudadanía catalana para conocer antes de cualquier reforma constitucional hacia dónde podríamos caminar, para no viajar en dirección equivocada. Si dejáramos de usar ciertas nociones jurídico-políticas como fetiches para invocar los dioses de la tribu, hasta podríamos diseñar un horizonte común de Estado federal plurinacional.

Si las palabras no se utilizaran para dinamitar puentes, sino para construirlos desde el reconocimiento recíproco -también de las identidades nacionales diversas-, sería plausible pensar que pudiéramos ponernos de acuerdo en qué preguntas se podrían formular a los ciudadanos para que manifestaran su voluntad respecto al futuro de Catalunya en relación al Estado español -en serio federalmente transformado-.

Si fuéramos más conscientes de que las palabras mismas, como muy bien dice Joan Margarit en uno de sus magistrales poemas, con fuerza empujan a quien las usa buscando su sentido -«les paraules t'empenyeran amb força buscant el seu sentit»-, entonces seguramente nos enfrentaríamos con más responsabilidad a preguntas que ya están en el aire, pero cuyas respuestas, «amigo mío», aún no están en el viento. Aunque es cierto que se acerca el momento en que sí, estarán en el viento -por decirlo recordando al joven Bob Dylan que lo cantaba-, y entonces serán imparables. Puede que con el significado que se les logre dar. No estamos seguros de su sentido, el cual dependerá de nosotros, ciudadanas y ciudadanos.