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El ascenso de la ultraderecha

Europa: tecnócratas y populistas

Carlos Carnicero Urabayen

La lentitud de Bruselas y su falta de transparencia democrática fomentan el voto de los descontentos

Sobran razones que aseguran acertadamente que la Unión Europea es la mejor apuesta estratégica para que a los europeos nos vaya mejor en este mundo. Pero los proyectos políticos requieren, además, pasión y cierta épica, incluso en tiempos de paz. Y la UE no es solo un área comercial. Un vistazo a la Europa en crisis nos dibuja una inquietante realidad: los populistas antieuropeos monopolizan la pasión en el discurso que ágilmente tejen contra Europa. Del otro lado, perplejos, les observan unas élites tradicionales que en su necesario empeño por salvar el euro han dejado atrás la idea de una Europa reconocible para el ciudadano de a pie y sujeta a su control político.

Si no lo evitamos, los populistas tendrán su gran festival en las elecciones del Parlamento Europeo del mes de mayo, donde fuerzas extremistas acarician la victoria en países como Francia, Reino Unido y Holanda. Habrá quien piense que su emergencia se debe exclusivamente a la grave crisis económica que padece el continente. Es decir, si aguantamos el chaparrón la razón pondrá a los «locos populistas» en su sitio. Por eso, piensan, que lo mejor es ignorarlos y esperar a que escampe. Error.

Fue precisamente un abatido tecnócrata, Mario Monti, quien tras su derrota en las elecciones en Italia, se despedía de sus colegas del Consejo Europeo con la siguiente reflexión: «Hay un periodo de tiempo significativo entre la puesta en marcha de las reformas y sus resultados, en términos de incremento de la actividad económica y creación de empleo... En este contexto, el apoyo popular a las reformas, y peor aún, a la propia Unión Europea está descendiendo dramáticamente». En efecto, un estudio del instituto Gallup de septiembre del 2013 señalaba que un 51% de europeos pensaba que la austeridad no estaba funcionando, frente a un 34% que respondió afirmativamente. Por otro lado, el Eurobarómetro viene señalando reiteradamente un desplome del apoyo a la UE, tanto en países acreedores del Norte como deudores del Sur.

¿Quién quiere apoyar un proyecto que es formalmente democrático pero no parece tener en cuenta la opinión de sus ciudadanos? Los patrocinadores de la austeridad son especialistas en desentenderse de sus consecuencias sociales y de los cambios que se están produciendo en la política, como la proliferación de fuerzas extremistas. Ni siquiera se han molestado en articular un emotivo discurso político para fundamentar las bases de su austeridad, basado en la épica del esfuerzo y sacrificio. Han dirigido Europa olvidando sus fundamentos democráticos. Casi como si fuera una sociedad anónima.

Para demasiados ciudadanos europeos esta UE se ha preocupado mucho más de inyectar dinero a los bancos que de ocuparse de quienes la crisis está dejando atrás. Es significativo que no haya sido hasta el 2013 cuando se ha aprobado un modesto plan para luchar contra la gran lacra del desempleo juvenil, que amenaza con dejar sin futuro a la cruelmente bautizada generación perdida. Prioridades difíciles de explicar.

Si la respuesta material a la crisis en Europa ha sido un atractivo huerto de populistas, la situación no mejora al analizar los procedimientos de los que se ha servido la UE para responder a la crisis. En esta Europa alemana nada es posible sin la bendición de Berlín, que nunca fue tan fuerte desde la segunda guerra mundial. De hecho, el mismo estudio de Gallup señalaba que un 67% de los encuestados pensaba que la austeridad solo beneficiaba a «algunos países», de los que el 77% apuntaba a Alemania.

Lo que opine el Parlamento Europeo, única institución europea elegida directamente por los ciudadanos, poco importa. Las formas democráticas se han retorcido sin pudor, llegando a aupar al poder a primeros ministros (Monti en Italia o Papademos en Grecia) que ni fueron votados, ni lo serían después. El propio presidente del Parlamento Europeo, Martín Schulz, lo ha dicho gráficamente: «Si esta UE solicitara entrar en Europa no cumpliría los requisitos democráticos que se exigen a los nuevos estados miembros».

Sí, admitámoslo, articular un discurso contra esta Europa se ha vuelto más fácil que defenderla. Por este camino, las elecciones europeas de mayo se presentan como el escenario ideal para que los populismos den el golpe sirviéndose de la plataforma que les brinda la Europa que tanto critican. Si la alternativa a los populismos es una Europa fría, tecnocrática y deshumanizada, tendrán su victoria al alcance de la mano. Solamente un giro radical de formas y políticas puede comenzar a revertir esta espiral antieuropea. Dada la historia europea, merece la pena intentarlo.

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