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El proceso catalán

La pregunta desechable

Manuel Cruz

La cuestión o cuestiones a plantear en la consulta no son más que una carta de una partida de póquer

Los partidos que apoyan el proceso soberanista en Catalunya acaban de alumbrar un concepto que, hasta donde alcanzan mis conocimientos politológicos, supone toda una novedad en la historia de las ideas políticas. Me refiero a lo que bien merecería ser denominado como la pregunta desechable, cuya especificidad va más allá de que pudiera ser una pregunta de usar-y-tirar para ser, directamente, una pregunta de anunciar-y-tirar.

En efecto, a los pocos días de haberse hecho público el anuncio de la misma, con gran euforia por parte de las fuerzas políticas que la respaldan (casi tanta como estupor entre sociólogos electorales, juristas y otros profesionales especializados en este tipo de asuntos), los ciudadanos de Catalunya nos vimos sorprendidos por la noticia de que existen al menos ¡tres! interpretaciones acerca del recuento (de hecho, una sola fuerza política, ERC, ha llegado a defender dos sistemas totalmente diferentes, a los que habría que sumar el defendido por ICV). Interrogado al respecto, al presidente de la Generalitat no se le ocurrió mejor respuesta que «importa votar, no cómo contaremos». Pero lo que realmente convierte en desechable la pregunta es el hecho, reconocido tanto por Mas como por altos dirigentes de ERC, de que en realidad esta es una pregunta «para negociar», cuyos términos podrían variar, incluso sustancialmente, en el caso de que se recibiera de Madrid alguna contraoferta atractiva, digna de ser tomada en consideración.

Han adquirido últimamente nuestros políticos la costumbre -desafortunada, a mi juicio- de expresarse ante la ciudadanía como jugadores de póquer, que muestran o esconden su juego, lanzan apuestas, aguantan el envite o dejan pasar las cartas que se les ofrecen porque creen llevar una buena mano. Lo desafortunado de la costumbre tiene que ver con los supuestos que se deslizan a través de este lenguaje. Ya conocíamos la querencia de Artur Mas a aparecer como el jugador solitario que se juega en una partida el destino de todo un pueblo. Lo hizo con Zapatero pactando en privado el texto del Estatut; lo intentó con Rajoy una tarde de septiembre del 2012 (con un resultado tan desastroso como aclamado en la plaza de Sant Jaume), y ahora parece que desea perseverar en la misma senda (en algún sitio he leído que ya había pedido una cita secreta con el presidente del Gobierno).

Pero tal vez aún más importante que esto sea el desdén hacia la deliberación y el debate políticos que subyace en semejante lenguaje (en el fondo, de tahúres). Ya ni siquiera cara a la galería se habla de aportar razones, de abrir una discusión pública, de confrontar planteamientos o de persuadir a los interlocutores. Tal parece como si todos estuviéramos al cabo de la calle en lo que se refiere a descreer de tales prácticas y supiéramos que de lo que realmente va la cosa es de «no enseñar a nuestros adversarios las cartas», «no anticipar nuestros movimientos a la espera de ver los suyos» y otras expresiones análogas, utilizadas profusamente por Artur Mas en su entrevista del lunes pasado en TV-3. Y aunque se refería explícitamente a «nuestros adversarios», todo lo que afirmaba es lo que en realidad se predica de los enemigos. A quienes, en última instancia, hay que terminar derrotando (¿o es que en las partidas de cartas se negocia el resultado?).

La pregunta, finalmente, era solo una carta más, ahora está claro. Vuelve a repetirse algo que ya se dio en el pasado, cuando los parlamentarios catalanes que elaboraron la primera redacción del Estatut, tras persuadir a la ciudadanía de lo irrenunciable que resultaba todo lo aprobado en el Parlament de Catalunya, pasaron a reconocer al día siguiente que, en realidad, era un texto sobredimensionado en sus reivindicaciones para poder negociar en mejores condiciones en Madrid. Sentaban así las bases para una desafección colectiva que, tras el paso del texto estatutario por el Congreso, quedó certificada con el resultado del referendo en Catalunya (tan significativo políticamente como la mismísima sentencia del Constitucional). En aquel momento, Jordi Pujol dibujó el balance global de todo lo ocurrido con unas palabras que parecen cobrar intensa actualidad en los últimos meses: «Ni hemos gustado ni nos hemos gustado».

No pretendo relativizar ni restar importancia a todo lo que está pasando, sino más bien llamar la atención sobre lo que, a mi juicio, constituye una severa falta de responsabilidad de nuestros representantes, quienes, en su torpeza, no han tenido mejor ocurrencia que abocar a la ciudadanía catalana a una disyuntiva endemoniada: o alejarse, fatigada, de una clase política que vive encerrada en su propio juguete, o ilusionarse con un proceso que esa misma clase política reconoce, en privado, que no tiene salida. ¿Esta vez sí se gustan ustedes?