14 ago 2020

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Catalunya, la mayoría silenciosa y la opositora Sáenz de Santamaría

Josep Maria Quintana

Hablar de lo que ha vivido Catalunya el pasado Onze de Setembre debería ser posible, y hasta debería serlo llegar a un acuerdo respecto de lo que allí sucedió. Sin embargo, se hace difícil porque España tiene un problema que se niega a contemplar, como aquel enfermo que orina sangre y no quiere que el médico lo visite diciendo que no tiene importancia.

Hace meses, muchos, publiqué un artículo donde hacía una especie de parodia comparando lo que sucedió en Cuba en 1898 con lo que puede suceder en Catalunya, no sé si en el año 2014, como quieren los de la Assemblea Nacional Catalana, pero sí muy pronto si el Gobierno -y el país en general-- no son capaces de analizar los hechos. Les guste o no, Catalunya ha puesto la directa y Madrid se niega siquiera a contemplarlo. Lo mismo que hizo con Cuba el Gobierno español de 1898. "Cuba siempre será española, Cuba es esencialmente española", se proclamaba con una seguridad, tan ingenua como estúpida, desde la tribuna de las Cortes. "Lucharemos hasta el último hombre y la última peseta", seguían diciendo, pero la historia prescindió de estas declaraciones e hizo el resto.

Contemplando lo que han dicho estos días los representantes del Gobierno y una gran parte de la prensa y las radios radicadas en Madrid, nos damos cuenta de que el nacionalismo catalán (este que alguno de nuestros comentaristas califica día tras día de radical, intolerante, antidemocrático, absurdo, y muchas cosas más) lo supera tan solo otro nacionalismo, el español, que, o se lo hacen mirar bien o, como san Pedro, "de tan espanyol que era, s'espanyarà sol" .

Hace un año --¡no un siglo!-- el presidente Mas fue a Madrid para solicitar de Rajoy un pacto fiscal. Y Rajoy, como gran especialista que es en dejar que las cosas se pudran, le cerró la puerta. La ola nacionalista del Onze de Setembre del 2012 (que en Catalunya es transversal y se mueve por caminos distintos a los que transitan los partidos políticos) superó a Mas y se llevó, como un tsunami, aquella propuesta del pacto. Un año más tarde, un diálogo sobre el pacto ya no interesa a nadie. Hoy , Catalunya pide poder decidir su futuro por sí sola. Se quiere autodeterminar . Pero no quiere hacerlo de una manera revolucionaria, sino por medio del voto libre y democrático de los ciudadanos de aquella comunidad autónoma en connivencia con el Gobierno del Estado. Como se hizo en Quebec (Canadá). Como se hará en Escocia (Reino Unido).

La cadena humana que el pasado Onze de Setembre cruzó festivamente, lúdicamente, pero muy comprometidamente, toda Catalunya desde El Pertús hasta el río Sènia, era cualquier cosa menos lo que Rajoy definió el año pasado como una "algarabía". Ciertamente, no ha cometido este año este mismo error, pero él y sus ministros (parece que solo García-Margallo se ha dado cuenta de la importancia de los hechos) han adoptado dos actitudes que, a estas alturas, me parecen incomprensibles: la de apropiarse de la voluntad no expresada de lo que ellos llaman "la mayoría silenciosa" (¡cuántas veces oímos decir lo mismo a los ministros de Franco!) y la de seguir con la cantinela de "nosotros no nos vamos a mover de lo que dice la Constitución".

La opositora Sáenz de Santa María

Cuando escucho a la vicepresidenta del Gobierno parece que escucho todavía a una joven que oposita a los altos cuerpos de la Administración del Estado. Y puedo hablar de la cuestión con fundamento porque conozco bien la cosa por experiencia propia, ya que también yo fui opositor a uno de estos altos cuerpos de la Administración, y sé que el opositor --el buen opositor-- asimila los 500 temas de 15 o 20 minutos de duración cada uno y los 'canta' (algunos parece que los vomiten) ante el tribunal sin hacer ninguna alteración, y sin ningún espíritu crítico. El opositor no se mueve nunca del guión preestablecido, lo que, una vez ha logrado acceder al cuerpo al que opositar, debe hacer diariamente en el ejercicio de su función. Porque la aplicación del derecho exige tener siempre en cuenta --como dice sabiamente el artículo 3.1 del Código Civil-- no solo la ley sino también "el contexto, los antecedentes históricos y legislativos y la realidad social del tiempo en que [las normas] deben ser aplicadas".

Comprendo que moverse apartándose tan solo un milímetro del ambiente social, político y mediático (sobre todo este último)de Madrid es francamente difícil para los políticos españoles. La fobia anticatalana es hoy tan fuerte en la capital, y la involución antiautonómica es tan grande que si ahora tuviéramos que afrontar la transición política del franquismo a la democracia, como se hizo en los años setenta del siglo pasado, dudo que esta transición fuera posible. Y, sin embargo, los políticos de talla no son los que saben recitar los temas de memoria, sino los que son capaces de adelantarse a su tiempo, saben sobreponerse a las presiones mediáticas, y abren puertas o levantan puentes para el entendimiento y la concordia entre los ciudadanos .

Parapetarse, pues, en la Constitución, como hace el Gobierno, diciendo que esta no permite nada de lo que pide el pueblo de Catalunya o menospreciar lo que este pueblo exige intentando hacer ver que los que no han salido a la calle --la famosa "mayoría silenciosa"-- piensan como él, es suicidarse. Además, no es cierto que la Constitución tenga que ser necesariamente una barrera para el que piden los catalanes. Dentro de esta encontramos vías posibles para dar salida a sus peticiones (por lo menos a las de ahora, no sé ya si a las que formularán los catalanes el próximo año). Una de estas la puede encontrar la opositora Sáenz de Santamaría en el artículo 92. Otra en el artículo 150.2. Y una última aún más clara, en el artículo 166, que permite la reforma constitucional.

Pero el Gobierno prefiere mirar hacia otro lado, menospreciar lo que está sucediendo en Catalunya y escuchar la Brunete mediática de Madrid que, eso es cierto, parece que hable con una sola voz : "¡Catalunya es nuestra! ¡Catalunya es España!"; una actitud que, de prevalecer, conducirá al país a la ruptura. Y el día que esta se produzca , no sucederá como en 1934, porque la España de hoy no es la de la República, ni la Europa de hoy es la de 1934, con los fascismos triunfantes. Y entonces, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría no encontrará los temas que se sabe de memoria como se hace para enviar a la plaza de Sant Jaume los cañones del general Batet.

Ramoneda se lo ha dicho claramente en un artículo publicado el pasado jueves en 'El País', que no ha merecido, es cierto, más que diatribas, insultos e incomprensión por parte de los comentaristas anónimos que han dejado opiniones en la publicación digital, pero Ramoneda hablaba lúcidamente, aunque la opositora Sáenz de Santamaría (que no se sabe salir de los temas que aprendió de memoria) no sea capaz de entenderlo. "La cuestión catalana --ha escrito-- exige una solución política. En democracia, las soluciones políticas pasan por la confrontación de proyectos y por el voto de los ciudadanos. Parapetarse detrás de la Constitución para negar el referendo solo conduce al agravamiento del conflicto. En democracia, la Constitución no se puede utilizar como una cárcel. Hay que encontrar siempre una puerta para que la voluntad popular pueda expresarse. Así lo entendió en su día el Tribunal Constitucional de Canadá. Y además al Gobierno canadiense le salió bien. Cuestión de coraje democrático".

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