22 feb 2020

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Análisis

Sentir a los niños como si fueran nuestros hijos

Enric Canet

La sociedad civil catalana ha estado presente en los momentos de emergencia social asumiendo muchas batallas para no perder la guerra de la descohesión y la miseria. Y desde hace tiempo ha sido muy sensible a la infancia en situación más vulnerable, ofreciéndole espacios donde se sintiera como los demás. Así, el escultismo, hace más de cien años, la protegía desde el cau y la incluía en las unidades donde los niños eran personas, sin hacer distinciones. Hace 50 años, el movimiento de esplai se extendió por los barrios para decirles a los niños recién llegados de la inmigración española que eran como los demás, que podían vivir con los demás y que tenían mucho que aportar para transformar aquellos barrios enderezados por movimientos vecinales.

Este es el espíritu que hizo nacer los centros abiertos de educación social que atienden a los niños y niñas en situación más vulnerable: hacerles sentir que son personas como las demás, que pueden vivir y convivir en nuestro país porque no hacemos diferencias ni de orígenes ni de culturas ni de religiones ni de situaciones administrativas. En el Casal dels Infants, como en otros que surgieron en varios barrios de nuestras ciudades, a menudo del propio tejido social y vecinal, trabajamos para que sientan que son personas con mucho que aportar a la sociedad porque es la suya.

No somos los centros abiertos entidades de emergencia sino de normalidad, haciendo que el niño encuentre espacios y tiempos de felicidad, de aprendizaje y de convivencia, garantizando la alimentación y los hábitos necesarios, coordinados con la familia, la escuela y los servicios sociales. Un día a día lleno de sentido en sus vidas.

En estos tiempos que vivimos la sociedad civil ha vuelto a responder con la fuerza que la ha identificado a lo largo de la historia. No solo las entidades sociales: el tejido asociativo cultural y comunitario y los movimientos sociales se han añadido para apoyar a la gente que ha ido cayendo en situaciones de extrema vulnerabilidad. Pero no podemos perder lo que también nos identifica como país: la cohesión social. Y esta se vertebra con iniciativas a largo plazo, sin dejarse deslumbrar por respuestas inmediatas y efímeras. No solo de pan se hará el futuro de nuestros niños. El informe del Síndic de Greuges va más allá porque propone normalidad, que es lo que quisiéramos si fueran nuestros hijos: que, dentro de la situación tensa que viven, se sintieran tan felices y normalizados como las otras niñas y niños. Si cada uno de ellos lo sintiéramos como nuestro hijo, ya habríamos garantizado la comida escolar y en casa, los centros abiertos y una renta para que no tuviéramos que ir a pedir a las entidades que ayudan a obtener comida.

Está claro que esto cuesta mucho más dinero y tenemos que escoger las políticas públicas. Lo tenemos que hacer toda la sociedad civil y política. Por ello, habría que preguntarnos: ¿es nuestra infancia la gran prioridad? ¿Qué haríamos si a todos los niños los sintiéramos como nuestros hijos?