La lucha contra la corrupción

Bolsillos de cristal

La tarea de prevención pasa por disminuir las necesidades económicas de los partidos políticos

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Bolsillos de cristal

FRANCINA CORTÉS

La lucha contra la corrupción no puede valerse únicamente de medios represivos porque implicaría renunciar sin más a eliminar la posibilidad de daño para centrarse solo en la reparación del mismo. Es por ello que esta tarea tiene un componente esencial no solo represivo sino de carácter preventivo. Por eso es preciso contar con unos medios administrativos, empresariales, de comunicación y con un estado de ánimo individual y colectivo que perciban la corrupción no solo como un mal moral, sino también como un sobrecoste injustificado, un daño a la competitividad y una falta de calidad en lo personal, en lo público y en lo privado.

Contra lo que mantienen algunos, la corrupción no es solo directamente proporcional a un pobre nivel cultural o de desarrollo, sino sobre todo a un bajo nivel de calidad democrática y esta, a su vez, se relaciona con la capacidad del sistema para evitar daños, más que con su habilidad para repararlos. Así, en gran parte, una elevada calidad democrática resultará también en gran medida de un eficiente sistema preventivo de la corrupción que debe actuar sobre dos campos: el público (corrompido) y el privado (corruptor).

Es una obviedad que la corrupción florece en estructuras públicas y privadas que la favorecen (corrupto génicas) y que, por tanto, es preciso modificar las estructuras para dificultar estos comportamientos.

No es tan obvio, sin embargo, que esto sea fácil, ni siquiera que sea factible en la medida en que los intereses en juego son muy poderosos y que, por tanto, plantear la reforma integral del sistema político-empresarial es poco menos que un brindis al sol. Aun siendo muy difícil un cambio estructural total, existen elementos críticos para una mejora evidente que sí sería posible abordar con ciertas posibilidades de éxito. Veamos algunas.

Primero.Es más que obvia, ya desde los tiempos de la transición, la necesidad de establecer unas reglas claras sobre la financiación de los partidos políticos, sindicatos y similares (fundaciones de los primeros,think tanksy demás). Téngase en cuenta que la mayoría de los grandes escándalos de corrupción tienen su origen en esta cuestión y que la financiación opaca a estos sujetos no es a cambio de nada (sería simple mecenazgo) sino que casi siempre es a cambio de mercadear con los servicios públicos perjudicando de paso el interés general, la libre competencia y la libertad de mercado. Por otra parte, la financiación bancaria, vía préstamos, de estos actores políticos o sindicales les puede convertir fácilmente en rehenes de quienes los controlan económicamente.

Segundo.Modificar el sistema electoral para acotar el bipartidismo, limitar el caciquismo partitocrático, verificar las actividades de cargos públicos y aproximar electores y elegidos haciendo que en las elecciones sea posible no solo sustituir políticos o partidos, sino sobre todo sustituir programas y verificar su cumplimiento. La política no puede ser un coto cerrado de cuadros de partidos y sindicatos que luchan más por mantenerse en el cargo que por defender el interés general. En este punto tiene su encaje la teoría de las «élites políticas extractivas», que apunta que estas usan la política con el único fin de su enriquecimiento.

Tercero.Simplificar y profesionalizar la estructura administrativa, reduciendo el número de cargos políticos y las duplicidades.

Cuarto. Influir en la transparencia de la contratación pública por la via de instalar en las empresas privadas estándares de calidad anticorrupción. No se trata de algo esotérico: existen estándares de cumplimiento que obligan a disponer de sistemas de prevención de corrupción en las empresas del mismo modo que las normas de auditoría financiera obligan a reflejar sus cuentas.

Quinto.Desvincular el sector público empresarial respecto de dependencias políticas que se manifiestan en el nombramiento de políticos cesantes para sus cargos.

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Y así podríamos seguir un innumerable listado que no acaba en una ley de transparencia, sino que debería empezar en ella como un solo factor más. Para que todo esto sea posible es imprescindible evolucionar hacia otro modelo de valores individuales en que el pelotazo, el dinero fácil, el engaño, la telebasura o el circo futbolístico no sean un mérito, sino un simple accidente aislado en una sociedad mejor informada y capaz de reivindicarse como un tejido vivo con ansias de prosperar en un entorno de crisis.

En fin, que para recuperar la confianza son precisas menos leyes, ni siquiera de transparencia, y que sea autoexigible, como recomendaba el profesorTierno Galván,que los bolsillos de los gobernantes sean bolsillos de cristal.