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Empiezo a leerUn cel de plomy al cabo de unas páginas la historia me atrapa.Carme Martí ha novelado las vivencias terribles deNeus Catalàen el campo de concentración de Ravensbrück y más tarde, ya en libertad. Las leo y sé que la autora confía en la ficción para presentarnos la memoria de una superviviente, pero en ningún momento me olvido de que se trata de un testimonio real. Quizá sea porque está escrito en primera persona y es la propiaNeus Catalàquien nos habla: como estos últimos años la hemos visto y oído en varias entrevistas, se impone su voz segura, ese aire decidido a pesar de sus 97 años.

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A veces, cuando alguien quiere elogiar un reportaje periodístico o unas memorias, dice que «se lee como una novela». En este caso ocurre lo contrario. La naturaleza de los hechos actúa como un escudo. Podemos definirla como una historia trepidante, si queremos, y no debería darnos la impresión de que la estamos banalizando. Porque en el fondoUn cel de plomtiene un nervio parecido al de relatos autobiográficos comoLa estepa infinita, deEsther Hautzig;Medallones, deZofia Nalkowska, oContra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam -textos escritos por mujeres que recuerdan su reclusión en un campo de concentración, en el gulag, bajo un régimen totalitario.

Se habla a menudo de la necesidad de este tipo de libros. La obligación de recordar, se dice, porque el olvido lleva a la indiferencia y luego al silencio, que es la antesala de la negación. En ese monumento que esSi esto es un hombre,Primo Levi escribe que él y otros prisioneros tenían un sueño horrible: volvían a casa, contaban lo ocurrido y la gente les miraba con desinterés, como si no estuvieran allí. EnUn cel de plomhay una escena que lucha precisamente contra esta sensación: una mañana, siendo ya libre,Neus Català decide lavar su vestido de deportada. Cuando su cuñada lo ve, le dice que está loca. Ella solo comenta que le angustiaba verlo tan sucio. He aquí una de las razones de este libro: escribir como quien lava ese vestido, para recordar.