01 abr 2020

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Actitudes y normas imprescindibles

Jordi Pujol

A partir del desastre que representaron la guerra, la derrota y la implantación de un régimen hostil, desde 1939 se inició en Catalunya un esfuerzo de superación como sociedad y como país

Después de décadas de una etapa de reconstrucción de Catalunya, nos encontramos en un punto decisivo de cambio de época y de rasante. Que está siendo objeto de análisis a fondo y en toda su amplitud. Y que obviamente obliga a cambiar planteamientos, objetivos y maneras de actuar.

A partir del desastre que representaron la guerra, la derrota y la implantación de un régimen hostil, desde 1939 se inició en Catalunya un esfuerzo de superación como sociedad y como país. Un esfuerzo que durante una buena temporada tuvo efectos muy limitados. El país había quedado muy trinchado.

Pero la gente siguió trabajando, todo lo bien que pudo y con un gran esfuerzo. Y siguió manteniendo nuestra manera de hacer y de proyectar nuestras fidelidades básicas. Y muchos hábitos positivos.

Lentamente el país se fue rehaciendo. Económicamente primero. Y utilizando después sus estructuras sociales más propias. Que se vio que eran sólidas. Muy a menudo arrancando mucho desde bajo. Pero con tenacidad y autenticidad. Y dio la vuelta. Retomó las líneas del progreso, de acumulación de la confianza. Recuperó el pasado, se reafirmó en el presente y afrontó el futuro. Y optó por la esperanza. Por mucha esperanza.

Y empezó una nueva etapa. No habían pasado aún veinte años. Que no habían sido inútiles. Poco vistosos, eso sí. Pero no inútiles. Más fértiles de lo que había parecido. Bajo la tierra acumulada por el viento nuevas simientes habían ido creciendo. O de antiguas que se habían salvado. Y renació la ilusión y la esperanza. Y la confianza y la autoconfianza. Y la capacidad de proyectar. La magnanimidad, es decir, la capacidad de proyectar y hacer cosas grandes. De las que hacen ilusión. Mucha ilusión. Hacia dentro (es decir, para un mismo) y hacia fuera (es decir, para los otros).

Y este fue nuestro trabajo. Con voluntad de continuidad. Y convencidos de que a pesar de las tormentas que con el tiempo se fueron produciendo, cada vez más a menudo, habíamos hecho un buen trabajo.

Por eso de un tiempo acá, visto que el cielo se oscurecía cada vez más, hemos tenido que pararnos. Porque no íbamos bien. Necesitábamos reorientarnos.

Lo hacemos con preocupación y sensación de engaño. Por eso es importante pensar con serenidad. Y a pesar de todo comprendiendo las razones de los otros. Desde nuestras fuertes convicciones y con la experiencia inquietante de lo que ha pasado, pero con serenidad y sin resentimiento. Es necesario que seamos capaces de hacerlo así.

Mirando al futuro

Volvámoslo a decir: todo el proceso que hemos descrito desde 1939, a estas alturas lleva fácilmente a unas cuantas conclusiones.

1. Hemos de cambiar a fondo el sentido del camino que hemos seguido.

2. Este cambio es imprescindible si no queremos convertirnos en insignificantes como país, sujeto político, sociedad justa y equilibrada, cultura y lengua, sociedad convivencial y bien integrada. Pero no conseguiremos cambiar si en Catalunya pensamos y actuamos con resentimiento, con radicalidad negativa, sin reconocimiento del otro, con espíritu de rechazo y no integrador y convivencial.

3. Estamos ante un reto muy grande. Que no hemos escogido. Que el conjunto de Catalunya y del catalanismo han procurado al máximo evitar. Pero estamos. Y no nos queda más remedio que superarlo.

El reto rompe la naturaleza de la relación que ha habido hasta ahora entre Catalunya y España (que históricamente ha tenido cosas buenas y malas). Hacia los años 70 y 80 pareció que empezaba un tiempo nuevo, donde finalmente todo lo que de positivo y mutuamente respetuoso podía producir la unidad del Estado sería respetado. Un tiempo de colaboración en un marco de respeto mutuo. Con garantías que afectan lo que es patrimonio común. Garantías del que ha contribuido a la convivencia. Garantías de cuestiones básicas de identidad, de convivencia, de cohesión y de equidad social. Pero cuando esto --como es el caso, y cada vez más-- se va fundiendo y el cielo se oscurece cada vez más, hay que pararse y cambiar.

4. De forma muy responsable. Sin nerviosismo. Y con extrema pulcritud social y democrática. Y completamente pacífica. Y convocando a todo el mundo. Que de entrada nadie se sienta excluido. Catalunya somos todos los que estamos. Sin exclusiones. Catalunya somos todos. De una manera muy responsable. Esto vale para todos los sectores sociales, políticos, ideológicos, etc. No todos estarán siempre de acuerdo en todo o en casi todo, ni mucho menos. Pero el país que tenemos que defender los incluye todos.

5. Esto --que Catalunya somos todos-- vale también, y sobre todo, aplicado a la composición humana del país. “Catalán es toda persona que vive y trabaja en Catalunya. Y que quiere serlo”. O bien: “Catalunya, un solo pueblo”. Dos lemas que han sido positivamente decisivos para la Catalunya del siglo XX. Dos lemas que han sido decisivos porque han impregnado fuertemente, positivamente y de una manera muy difundida la acción social y política, el pensamiento y la actitud general del país.

6. Sin resentimiento. Defendiendo enconadamente nuestros derechos, rechazando todas las agresiones. Pero también valorando todo el que de positivo hay en la otra parte. En España. Y con conciencia de nuestros propios errores.

7. Sin voluntad de romper presencias culturales y sentimentales inicialmente de origen no catalán, pero hoy incorporadas positivamente con naturalidad a nuestro vivir colectivo. Sensibilidades que han contribuido a crear nuestra personalidad de pueblo y de país y que por tanto participan de la necesidad que, como pueblo y como país, disponemos de los elementos necesarios para nuestro desarrollo colectivo y para el servicio a las personas.

8. Con la conciencia clara, y la voluntad consecuente, de que si Catalunya fuera independiente, y por lo tanto se liberara de imposiciones que secularmente y ahora mismo han perseguido su residualización y finalmente su desaparición, no habría, ni realmente podría, desvincularse totalmente ni de Europa ni de España. Por contra, le haría falta --desde la libertad y desde la propia soberanía-- mantenerse muy vinculada. Por exigencia histórica, cultural, económica, demográfica...

Catalunya ha sido históricamente un pueblo de entrada geográfica y demográficamente pequeño, en un rincón de la península Ibérica, en un extremo del imperio Carolingio (por nacimiento y por adscripción somos carolingios de nacimiento, y ahora también), y en una situación excéntrica dentro del Mediterráneo. Por lo tanto, de entrada, de futuro incierto. Pero esta triple influencia hispánica, carolingia (es decir, radicalmente europea) y mediterránea, ha constituido una realidad cultural, social y nacional que ha hecho algo lo bastante fuerte y consistente como para llegar hasta hoy contra el pronóstico de muchos. Con suficiente consistencia y personalidad para enfocar el futuro. Si consigue suficiente libertad y suficiente capacitado de autogobierno para decidir con mentalidad constructiva. Que es el objetivo de ahora.

http://www.jordipujol.cat/ca/jp/articles/13612