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La sórdida transformación que sufre de noche la calle de Petritxol debido a la prostitución es el resultado directo de los denodados esfuerzos para sanear la vida nocturna de la Rambla y de la prohibición de instalar hostales con habitaciones por horas en Ciutat Vella. Se trata en ambos casos de medidas sensatas, acordes con las circunstancias del barrio, pero con resultados a menudo perversos porque el gran desafío no es lograr el final de la prostitución de un día para otro, sino regularlo de una forma lo menos perturbadora y segura posible para cuantos la ejercen

-hombres y mujeres- y para el resto de los ciudadanos. Parchear el control de la prostitución mediante acciones localizadas y estrategias de presión policial puede dar resultado en un momento determinado -el final del comercio carnal bajo los porches de la Boqueria-, pero es dudoso que sirva para mucho más.

En este problema urbano inacabable es más útil ser realista que perderse en hondas digresiones sociales y legales. Nadie en su sano juicio puede defender la prostitución, pero la ciudad precisa que los gestores de la vida cotidiana regulen su ejercicio con la idea de que debe garantizarse la seguridad personal y sanitaria de quienes la ejercen y, es obvio, el derecho de la mayoría a no sentirse agredida por escenas de sexualidad desordenada en plena calle. Y si algunas disposiciones tomadas en el pasado son causa de los males presentes, deben corregirse o mejorarse.