Opinión | editorial
Menos indignación de lo esperado
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Desde que el intelectual francés Stéphane Hessel publicó hace unos meses¡Indignaos!, la gran pregunta hasta entonces formulada con toda clase de reservas y miramientos se ha concretado en una, rotunda y contundente: hasta dónde y hasta cuándo pueden soportar las costuras de nuestra sociedad los costes de la crisis económica. Ni los sociólogos que auscultan el malestar colectivo ni las organizaciones que son la caja de resonancia del descontento se ponen de acuerdo acerca del alcance de la indignación, tal como recoge hoy EL PERIÓDICO. Lo contrario hubiese sido una sorpresa porque, a pesar de todo, una franja muy estimable de nuestra sociedad sigue viviendo,grosso modo, como antes de la crisis.
Incluso para los ciudadanos zarandeados por los efectos más duros de los recortes sociales
-600.000 parados en Catalunya; muchos más de cuatro millones en toda España; 250.000 ejecuciones hipotecarias (desahucios) desde el 2007-, traducir en algo concreto un estado genérico de indignación no es tarea fácil. Ni siquiera para los jóvenes resulta sencillo. Al preguntarse cómo hacerlo, por qué causa y con quién dan con respuestas inconcretas en medio de una textura social que tiende a la prudencia más que al conformismo.
¿O se trata de simple individualismo en el seno de una sociedad que tiende a la privatización? Si así es, habrá que concluir que los efectos de la crisis han confirmado el diagnóstico de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida, una época de incertidumbres en la que prevalece el yo por encima de otras consideraciones. En todo caso, algo de excepcional tiene el tiempo que vivimos porque, de momento, ningún gran terremoto social ha seguido a las sucesivas revisiones del Estado del bienestar, y la economía sumergida ha moderado los peores efectos del desempleo.
Es decir, los indignados se han contenido o no han encontrado compañeros de viaje, y muchos que se suponía indignados no lo están o lo están en menor medida de lo que se suponía. Media un abismo de ahí a sostener que el índice de elasticidad de nuestra sociedad tiende al infinito. Basta con acudir a la cola de una oficina de empleo para comprender que el riesgo de fractura está ahí.
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