28 mar 2020

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El turno

La lengua, siempre maltratada

J.M. Terricabras

Una de las contradicciones de la cultura actual es que valoramos mucho el conocimiento de lenguas, pero las maltratamos sin miramientos. Está muy bien visto cultivar el cuerpo, la salud, el deporte, el arte o el paladar, pero hay muy poco interés en cultivar el gusto por el lenguaje. Quizá influye la prisa ansiosa que nos inoculan la cultura audiovisual y los medios de comunicación. Quizá tiene que ver con la creencia, errónea, de que la lengua solo es un medio de comunicación, sin advertir que también es el espacio en el que se producen y se alimentan los pensamientos, los sentimientos y la conciencia misma.

El hecho es que las lenguas son menospreciadas y, finalmente, maltratadas. Todas. El catalán también, de manera especialmente cruel e inconsciente. Y ahora no pienso en el fracaso escolar: la escuela, con penas y fatigas, hace todo lo que puede. Pienso sobre todo en muchos líderes sociales que, por el mero hecho de serlo, tendrían que ser impecables en el uso de la lengua y no lo son. No les pido que hablen raro -ahora lo hacen-, sino solamente que hablen bien: que sepan hacer oraciones de relativo, que usen bien los pronombres, que sean, pues, lingüísticamente correctos.

Debemos quejarnos si se cierra TV-3 en el País Valenciano, si no se versionan películas en catalán, si se rechaza nuestra lengua en las instituciones españolas, pero todavía debemos lamentar más que nosotros mismos no seamos dignos de la lengua. Si lo fuéramos, no se explicaría la última concesión del Premi Ramon Llull, ni se explicaría que se elogiase como buenos profesionales a muchos periodistas que ni se percatan de cómo hablan, o que llegasen a profesores universitarios personas que hacen un uso penoso de la lengua, y no se explicaría, claro está, que haya consellers del Govern que hablen tan mal. ¿O es que podemos decir que son los mejores los que no saben hablar?