03 abr 2020

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El turno

Lentitud e indiferencia del Estado

J.M. Terricabras

El trato de muchas instituciones y oficinas al ciudadano normal no suele ser ni bastante amable ni bastante eficiente. Son muchas las cosas que fallan en la atención ciudadana, desde las colas innecesarias y la lengua forastera, hasta las explicaciones incomprensibles o el tono autoritario.

Esto es lamentable y ofensivo. A menudo, la persona que pasa al otro lado de un mostrador o lleva algún tipo de uniforme se siente investida de extraños poderes y de ínfulas de superioridad. Una actitud ridícula y mezquina que ya ha sido criticada muchas veces. Pero, detrás de ello, también hay una actitud más oficial, más elevada -podríamos decir de Estado-, según la cual la Administración pública, el Gobierno o sus resortes pueden actuar con impunidad frente al ciudadano indefenso. Así es como el Estado puede retrasar indebidamente tanto el pago de indemnizaciones como la renovación del Tribunal Constitucional, puede favorecer una justicia lenta -con casos muy interesantes que prescriben- y puede vender el patrimonio de todos a unos cuantos. El Estado puede hacer, y hace, cosas increíbles, cosas que son normalmente de juzgado de guardia y de prisión mayor.

A veces esto pasa por simple

-no tan simple- lentitud en las acciones que hay que emprender. Pero cuando la lentitud no viene de la incompetencia sino de la indiferencia, la democracia se tambalea. Un ejemplo reciente de gran y grave lentitud es que el ministro de Educación español -él solo- haya tardado casi un mes en defender la inmersión lingüística en las escuelas catalanas. Otro caso es la respuesta tibia, arrastrada, del Gobierno español ante el alto el fuego de ETA, que no es un gesto definitivo, claro está, pero que marca un cambio radical de planteamiento.

Esas reacciones lentas, ¿son simplemente expresión de incompetencia o vienen de la indiferencia? Sería gravísimo, pero no es imposible.