Tensión en el norte de África

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Las revueltas de Túnez y Argelia tienen un punto dedéjà vuque recuerda a las de los años 70 y 80 y la gran revuelta argelina de octubre de 1988, que supuso la eclosión del Frente Islámico de Salvación (FIS), que posteriormente ganaría las elecciones municipales de junio de 1990 y la primera vuelta de las legislativas de diciembre de 1991 iniciando un proceso de transición política que fue abortado por el golpe de Estado de enero de 1992. Los motivos, entonces y ahora, son la liberalización (encarecimiento) de los precios de los productos básicos y la carencia de libertades. El poder es casi inamovible.Ben Alíasumió en 1987 la presidencia de Túnez desplazando aBurguiba,yButeflika, hombre de confianza del Ejército argelino, como lo había sido deBumedian, de quien fue ministro de Asuntos Exteriores y copromotor del golpe de Estado que depuso aBen Bellaen 1965, ocupa la presidencia desde 1999. En suma, representantes de unas élites políticas y militares corruptas que, bajo una apariencia democrática (celebración regular de elecciones), amordazan las libertades y reprimen duramente cualquier oposición que cuestione sus privilegios.

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Pero hay también fenómenos nuevos que ya aparecían a las protestas de El Aaiún del pasado noviembre, como la importancia de la masiva participación de los jóvenes, a menudo licenciados en paro sin ninguna perspectiva de encontrar trabajo, que esparcen su protesta por la red informática desterrando la opacidad informativa de los gobiernos (en Túnez, el grupo Anonymus dejó ciegas webs del Gobierno y del presidente de la República). Otro fenómeno es la poca sensibilidad por los derechos humanos que denotan las desproporcionadas reacciones de las fuerzas de seguridad. Además, y a pesar de saber que Europa no es El Dorado, el relato de familiares y amigos emigrados y la información que llega a través de las parabólicas permiten las comparaciones, destapan las insuficiencias y las carencias democráticas de los regímenes magrebís y justifican las protestas.

Las revueltas cuestionan una vez más unos regímenes privilegiados por la UE, que los considera un freno contra el ascenso del islamismo radical, que son un sucedáneo chapucero del Estado de derecho y democrático donde, en última instancia, son el Ejército y las fuerzas de seguridad los que tutelan la vida política. Al otro extremo, está la gran mayoría de la población, que, a pesar de la riqueza de estos países (el caso más relevante es el de Argelia, que en el 2009 fue el cuarto exportador de gas del mundo y el octavo de petróleo), sufre unas condiciones de vida muy duras: paro, carencia de viviendas dignas, pobreza, conculcación de los derechos humanos y de las libertades. Pero las viejas élites dirigentes se aferran al poder, son incapaces de renunciar a sus privilegios y responden a las legítimas aspiraciones de la población con nuevas dosis de represión. Unas revueltas ciudadanas que, sin una respuesta política justa, son campo abonado para el ascenso de opciones más radicales.