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Dos miradas

El cirujano indolente

Emma Riverola

Había una vez dos chavales que se presentaron en un centro de salud. Uno vivía en un hotel, y el otro, en un palau. Ambos lucían sendos granos. Unos forúnculos feos, de esos cargaditos de pus y rodeados de un llamativo enrojecimiento. El médico de guardia echó una primera ojeada a ambos y ya en un primer examen aventuró un diagnóstico. El del hotel era lo que parecía, una desagradable pústula. Lo remitió a una cirujana para que lo analizara y eliminara. El segundo caso le dejó por unos minutos sin habla. Aquello era un terrible tumor de proporciones cavernarias descomunales. La mente del médico se pobló de imágenes dantescas de túneles inundados de secreciones infectas, un cuerpo horadado por un monstruo de ávida y letal ambición. Alarmado, dirigió al paciente a otro cirujano con carácter de extrema urgencia. La cirujana del primer caso se entregó de forma escrupulosa y enérgica a analizar los componentes de la purulencia. Fuera o no un grano accidental, sabía que si no se eliminaba de raíz podría reproducirse de forma peligrosa. Mientras tanto, el chaval del palau seguía sin ser tratado ni intervenido.

Los hediondos ríos de pus fluían con libertad y soñaban con adueñarse del cuerpo antes de la entrada en el quirófano. Incomprensiblemente, el cirujano demoraba el momento de tomar el bisturí. Y convertía este cuento en un triste e indignante relato en busca de un final.

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