28 oct 2020

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Pequeño observatorio

Sor Genoveva, una vida de servicio

Josep Maria Espinàs

Hace ya muchos años, cuando yo hacía entrevistas en TV-3, alguien me habló de sor Genoveva Massip. Fui a conocerla a su casa, en la Barceloneta. Allí estaba la sede de las Filles de la Caritat, y esto significaba que, además de su casa, aquel sencillo edificio era la casa de todos los infortunados que necesitaban acogida.

Hace poco volví allí, porque Maria Rosa, una antigua alumna suya, me mandó una carta en la que me decía que sor Genoveva se alegraría de verme y que a mí también me gustaría. Acertaba. Aquella entrevista, ya lejana, me había producido una fuerte impresión. Descubrí a una persona que se preocupaba de los que salían de la cárcel, de los enfermos de sida, de todo el mundo que necesitaba ayuda. A cualquier hora del día o de la noche, sor Genoveva estaba dispuesta a la solidaridad, a la caridad, al amor al otro.

La casa ha crecido. Y se ha vuelto cómoda para trabajar; luminosa. En la puerta hay un letrero: Obra Social Santa Maria de Marillac. La puerta está abierta a la calle, como durante años ha estado siempre abierta a todo el mundo. Y veo cómo ha crecido la labor de acogida y cómo se ha organizado eficazmente el servicio. Hay unos pequeños despachos en los que los psicólogos y otros colaboradores atienden, en privado, a los que buscan ayuda.

Se trata de acoger a las personas que se encuentran en una situación de exclusión social, con problemas provocados por las toxicomanías, por el sida, por trastornos mentales; por haber salido de la cárcel y encontrarse abandonados. Necesitan atención jurídica. La lista de ayudas es larga y la caridad va más allá de la buena voluntad. Hay que acompañar a los que mueren solos. He visto la sabiduría del trato humano.

Aquella sor Genoveva tiene ahora 86 años. Es una mujer que habla bajo y rápido. «Jubilada», me dice. Pero todavía un motor; unos ojos que siempre sonríen. Se pasa las tardes respondiendo cartas en un despacho en el que ha reunido los más diversos recuerdos de sus años de trabajo. Me enseña el comedor donde dan desayunos. Dar un desayuno no es dar un bocadillo y basta. Las personas tienen que sentarse en una de las mesas que tienen cuatro sillas. Porque el excluido social conviene que sea conducido hacia la convivencia. Debe sentirse acompañado. Es una labor de tenacidad, discreción, inteligencia. Sor Genoveva me miraría con aquellos ojos que no se pierden nada y me diría, con una tímida firmeza: «Y de amor. Sí, pero usted sabe que el amor sin obras...»