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La globalización y sus virtudes

EMMA Bonino*

La participación insuficiente en la mundialización es lo que dificulta el desarrollo y la liberación

La globalización no es un fenómeno incontrolable o aleatorio, sino un proceso que puede ser guiado y regulado. Mediante el afianzamiento progresivo de los instrumentos de regulación multilateral --como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Comisión Europea o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Econó- micos (OCDE)--, se puede lograr que sus beneficios económicos sean cada vez mayores y lleguen a más sectores de la población mundial.

Se trata de una evolución larga y compleja en un mundo que cambia velozmente: el eje de la economía se está desplazando hacia Oriente. Antes se miraba sobre todo a Washington, Londres, Tokio o París, ahora también a Shanghái, Calcuta y Sao Paulo. Sobre esta nueva configuración de la economía planetaria dice Pascal Lamy, director general de la OMC: "Ya no existe un mundo del Norte y un mundo del Sur, sino muchos Nortes y muchos Sures".

El análisis de la globalización económica no puede eludir el problema de la terciarización (desplazamiento de actividades manufactureras a países con bajos costes productivos), sobre el que faltan datos unívocos. Hay que destacar que mientras que en la fase inicial de la globalización las decisiones sobre terciarización apuntaban a reducir los costes por medio de la utilización de mano de obra barata, con los consiguientes riesgos de desindustrialización para los países afectados, hoy se registran nuevas formas de terciarización que también pueden favorecer al mundo industrializado.

La instalación de una empresa en mercados que crecen a ritmo elevado y sostenido significa asegurarle una proyección internacional, operar en un país con gran potencial de consumo y reforzar la capacidad de resistencia en los mercados globales. Y no solo para las grandes firmas: también para las pymes, como he podido comprobar en misiones recientes en China, India y numerosos países del Mediterráneo.

ENTRE TANTO, un nuevo actor se presenta en el escenario de la globalización: el ciudadano-consumidor. Si en el pasado solo las grandes empresas determinaban la dirección de los movimientos comerciales internacionales, hoy también influyen los consumidores, cada día mejor informados y más conscientes. Es evidente que cuando estos acuden a los servicios o negocios, hacen con creciente frecuencia compras selectivas que deciden la suerte de los productos. Su actitud ante los alimentos genéticamente modificados es un ejemplo de este nuevo "comercio internacional informado".

Afrontar la globalización equivale a asegurar una gobernanza efectiva, la formulación de reglas, políticas e instituciones que amplifiquen las ventajas que se derivan del fenómeno. Pero eso carece de eficacia sin mecanismos que aseguren el respeto, la credibilidad y el funcionamiento de esas políticas y de las reglas establecidas. Esto exige la promoción de una nueva responsabilidad internacional que en primer lugar corresponde a los estados, sea en relación con sus propios ciudadanos o con las acciones y políticas que instrumentan a nivel internacional. Y ya no es posible permitir que tales acciones y políticas carezcan de un espíritu de cooperación si realmente queremos obtener los beneficios potenciales de la globalización.

Por último, la coherencia entre las políticas gubernamentales es condición para la buena administración de la globalización. Esto quiere decir que los niveles multilateral y bilateral deben ir al unísono, que son complementarios y que juntos pueden crear un nuevo cuadro coherente de reglas y políticas para beneficio de todos.

Dos ejemplos para ilustrar mi pensamiento. Desde el enfoque de las políticas comerciales, es esencial cerrar bien las negociaciones comerciales mundiales de la Ronda de Doha, iniciadas en el 2001. Es una negociación que ofrece ventajas para todos, y sobre todo para los países en desarrollo, muy especialmente para África. Eliminar los subsidios a las exportaciones agrícolas antes del 2013, suprimir las disposiciones que impiden no solo a las materias primas, sino también a productos transformados, el acceso a los mercados de países ricos y promover nuevas medidas para facilitar el comercio son políticas cuya puesta en práctica impulsaría un fuerte crecimiento en los países pobres.

TAMBIÉN ES necesario llegar a una rápida conclusión de los Acuerdos de Asociación Económica (AAE) entre la UE y los países de África, el Caribe y el Pacífico, que pueden contribuir significativamente al crecimiento de estos. Para que ello ocurra, se deben respetar algunas condiciones. Primero, que los acuerdos sirvan para que esos países mejoren sus condiciones. Segundo, que promuevan el desarrollo de verdaderos bloques regionales capaces de impulsar dinámicas favorables al crecimiento y a la integración. Y por último, que generen un incremento de los intercambios comerciales y, al mismo tiempo, una mayor cantidad de ayuda del Norte hacia el Sur.

Soy una convencida partidaria de la sinergia entre la ayuda econó- mica y el comercio, dos áreas que durante mucho tiempo se han considerado separadas, alternativas y hasta en competencia. La ayuda es fundamental como respuesta ante cuadros de grave pobreza, pero no es suficiente para conformar una política de desarrollo. Cada vez más debemos orientarnos hacia la ayuda al comercio como una forma de cooperación que refuerza la capacidad de los países en desarrollo de comerciar y, por tanto, de sacar dividendos de la globalización.

La globalización no es la causa de los males de las zonas subdesarrolladas del planeta. Pasa lo contrario: precisamente la insuficiente participación en la globalización es lo que les impide alcanzar el desarrollo y la liberación. Es una gran oportunidad para todos, pero solo la pueden aprovechar los que participan en ella, mientras que pierden los que quedan fuera.

*Ministra de Comercio Internacional y de Políticas Europeas de Italia.