UN PASEO POR EL TIEMPO

La Barcelona olvidada: un 'tour' por lugares en ruinas

Esta es una ruta por las huellas del pasado: antiguas fábricas, jardines marchitos y edificios comatosos que siguen ruinosamente a la vista

Albert Fernández

Un paraje por el que el tiempo ha pasado sin escrúpulos: el Hivernacle de la Ciutadella.

Un paraje por el que el tiempo ha pasado sin escrúpulos: el Hivernacle de la Ciutadella. / Ferran Nadeu

La pandemia ha alterado nuestra percepción de la ciudad. En nuestros paseos vespertinos, que a menudo se reducen a recolectar alimentos y volver al refugio, solemos encontrar una urbe crepuscular y dormida, de aires pos-apocalípticos. Te sientes como el protagonista de 'Soy leyenda': calculas la hora por la luz del cielo, pues la mayoría de bares y tiendas muestran persianas bajadas y escaparates en penumbra, en un estado de semiabandono. Pero Barcelona siempre ha sido escenario de paisajes desamparados, edificios comatosos y rincones huérfanos. La fascinación sigue intacta, aunque la gloria se la llevó la herrumbre de los días. Estos son algunos de esos infinitos rastros del tiempo. 

Historia a la intemperie

Ruinas olvidadas

Una mezcla de admiración y congoja nos invade cuando damos con uno de esos parajes por los que el tiempo ha pasado sin escrúpulos, pero siguen ruinosamente a la vista. Contemplar hoy en día el Hivernacle de la Ciutadella (Paseo de Picasso, 13) provoca una emoción poderosísima. Este vivero clásico se ha convertido en una carcasa de metal renqueante. En tu cabeza escuchas teclados melancólicos mientras contemplas cómo la vegetación asoma desaforada por sus ventanas desnudas. El vidrio desapareció también hace tiempo de su techo abovedado, y las verjas aparecen oxidadas y frágiles. Hoy su apelmazada selva interior ofrece abrigo a personas sin hogar que ocultan botines entre su exuberancia tropical. 

Esta nave fue construida entre 1883 y 1887 para recibir las floridas fiestas de la Exposición Universal de 1888. Desde entonces, ha acogido muestras de pájaros, setas, orquídeas y otros elementos naturales, más infinidad de actos sociales durante su apogeo en los años 30 del siglo pasado. Ha visto crecer ficus, palmeras, gardenias y plantas acuáticas, y fue objeto de numerosas restauraciones hasta quedar definitivamente en desuso en 2006. Nada se sabe ya del proyecto de reforma previsto para 2016, menos aún tras los estragos del covid. Con todo, yo incluyo siempre un atento paseo por su hipnótico perímetro en cada visita al parque de la Ciutadella. 

Esqueleto del mercado de la Abacería.

/ Ferran Nadeu

Otra experiencia sobrecogedora es acercarse a la antigua sede de Telefónica. El Edificio Estel (avenida de Roma, 81) es ahora un ruinoso titán que aguarda una nueva vida desde que un magnate indio lo adquirió para construir viviendas de lujo. Después de años de avatares e interrupciones en las obras, el destino de este gigantesco armazón de hierro y cemento vuelve a estar en venta. El viejo edificio ya solo espera los atardeceres para que la bruma tape sus vergüenzas. El mercado de la Abacería (Travessera de Gràcia, 186) también muestra un aspecto peculiar estos días. Mientras sus paradas se han trasladado al paseo de Sant Joan en un exilio provisional, las obras en su emplazamiento original se alargan. Recientemente se retiró por fin la polémica cubierta de uralita y amianto, exponiendo un esqueleto metálico que deja ver a su través. Transparencias de la historia con vistas al otro lado de la calle.  


Fantasmas subterráneos

Estaciones del más allá

Estación fantasma de Correos. Por sus paredes aún cuelgan anuncios y propaganda electoral del año en que cerró: 1972.

/ Manu Mitru

Cuenta la leyenda que Barcelona esconde en sus entrañas secretos insondables. Más allá del plano habitual que encontramos en todas las paradas, el metro de la ciudad traza un laberinto de estaciones fantasma y andenes inacabados, que dan lugar a infinidad de leyendas urbanas. Si haces visera con las manos sobre el cristal del vagón entre las paradas de Jaume I y Barceloneta, puede que atisbes los restos de la clausurada estación de Correos. Aún cuelgan allí los anuncios de Danone y Muebles Asturias, más la propaganda electoral que lucían sus paredes cuando decidió cerrarse en 1972.

La mala planificación urbanística dio lugar a muchas otras paradas a medio construir, como la estación Gaudí, que debía unir las líneas L2 y L5, pero nunca entró en funcionamiento. Bajo la plaza Antoni Maura, junto a la catedral, debía abrirse la estación Banco, pero por alguna razón los convoyes nunca pararon allí. Y la lista sigue: estación Ferran, estación Bordeta, y una legión de abortos del inframundo que originan una estela de relatos sobre espectros de túnel y trenes del más allá.   


Nuevos usos

Lo que tuvo y retuvo

La antigua fábrica de Ca l’Alier , ahora frondoso equipamiento municipal.

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Nuestra ciudad siempre se ha esmerado en otorgar nuevas funcionalidades a edificios históricos y antiguas fábricas. Esas iniciativas fructifican en contrastes tan totales como bailar 'twerking' entre los tochos de esa fabulosa nave industrial llamada Fabra i Coats (Sant Adrià, 20). El recinto debe su nombre al de la empresa téxtil que la vio nacer, la Compañía Anónima de Hilaturas Fabra y Coats, derivada de la fusión de una empresa familiar catalana con el grupo escocés J&P Coats Ltd. Desde su fundación en 1903, llegó a dar trabajo a 3.000 vecinos de Sant Andreu. Poco se imaginaban entonces que en unos años iban a tener por allí a La Zowi perreando. 

Desde 2008, Fabra i Coats es una fàbrica de creación artística que aglutina espacios de trabajo y acoge festivales como el Cara B. De manera similar, lugares tan emblemáticos como Casa Golferichs (Gran Via de les Corts Catalanes, 491) o el Convent de Sant Agustí (Comerç, 36) dan hoy cabida a centros cívicos que mantienen vivos sus históricos recintos. Faltan dedos en las manos para citar ejemplos de equipamientos municipales que ocupan enclaves con un pasado fenomenal: Ca l’Alier, Casa Batlló, Can Ricart, Casa Orlandai, o el recinto de la antigua cárcel Modelo son solo algunos ejemplos de gloriosas transformaciones.

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Butacas vacías

El rastro del cine

Las butacas supervivientes del cine Urgel, en un Bonpreu.

/ Robert Ramos

En esta época de ocaso de las salas de proyección, encoge el alma pensar en los tiempos de plateas repletas, crepitar de palomitas y estrellas del séptimo arte posando en los fabulosos vestíbulos de nuestros cines. Durante un tiempo, Barcelona fue la ciudad del mundo con más salas tras París y Nueva York. Hoy en día, si entras en el que fuera el cine más grande de la capital, el mayor giro argumental que vas a encontrar es una oferta en el precio del aguacate. De las más de 2.000 butacas que llegó a tener el viejo Cine Urgel (Urgel, 29) hoy solo quedan media docena, expuestas a modo de parco homenaje en el supermercado que ocupa su lugar. Si entras en la librería del número 37 de Rambla Catalunya, percibirás el descenso propio de lo que en su día fue la platea del Cine Alcázar y todavía puede verse parte del viejo rótulo del Cine Palladium en un párking de la Guineueta. Todas esas salas se han perdido en el tiempo, sin alfombras rojas ni fanfarrias finales para su 'The end'.


Peligro de extinción

Especies desprotegidas

La inclemencia de nuestros días es un peligro para la memoria. Ahora mismo el barrio de Horta vive en alerta por el peligro inminente de que desaparezca uno de sus enclaves más hermosos e identitarios, las edificaciones conocidas como la Isla de las lavanderas. Un proyecto de urbanización pretende demoler tres casas rústicas de la Baixada de Can Mateu, y sus encantadores pozos y huertos. Poco parece importarle a la administración el encanto anacrónico de este rincón peatonal, o la memoria de aquellas sufridas mujeres que se dejaron la espalda durante más de un siglo para que la alta burguesía llevara la ropa limpia. En Gràcia, otra asociación vecinal, Salvem L’Alzina, lleva años en guardia para preservar una fabulosa encina bicentenaria y las históricas casas de la calle de la Encarnació. 


En pie todavía 

A través de los años

El edificio de Correos.

/ Xavi González

Con todo, hay lugares cuyo recorrido se dilata a través de los años, y aún hoy en día lucen espléndidos. Son lugares que mantienen la actividad para la que fueron creados, a la vez que conservan intacto el magnetismo de haber sido levantados en tiempos remotos. La imponente estampa del edificio de Correos (plaza de Antonio López, 1) evoca épocas caducas. Pero este sobrecogedor inmueble clasicista construido en los años 20 del siglo pasado sigue prestando servicio postal. 

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De la misma manera, otros bienes culturales de la ciudad perpetúan su vida sin importarles crisis o pandemias. Ahí sigue el conjunto modernista de la Escola Industrial (Urgell, 173-215) acogiendo estudios técnicos e industriales, mientras que el Hospital de Sant Pau sigue atrayendo a turistas y eruditos en la obra de Domènech i Montaner, sin abandonar nunca su papel como centro hospitalario moderno e innovador.