Toma pan y moja

El artículo de Òscar Broc: No te olvides del Sorrento

La desaparición de un restaurante puede dejar cicatriz en el alma

El artículo de Òscar Broc: No te olvides del Sorrento

Seguramente tengo un iceberg en lugar de corazón, pero nadie me convencerá de lo contrario, pues lo he experimentado en persona: la desaparición de un restaurante puede dejar más cicatriz en el alma que la pérdida de un familiar. 10 años después de su cierre, en casa aún nos irritamos los lacrimales recordando el mejor restaurante de Barcelona. Se llamaba Sorrento, estaba en Travessera de Gràcia-Casanova y ahora es una franquicia de fideos mediocre. 

Fue mi padre quien me descubrió el Sorrento, un paraíso italiano que ya hacía pizzas gurmet en los 90 y rápidamente se convirtió en el refugio dominical de mi familia. En el Sorrento, además, te recibía el mejor camarero que se ha cruzado en mi camino, el gran Alfonso, con una sonrisa reconfortante, ojos entrecerrados y una salva de chistes sobre marisco siempre a punto. Queríamos a ese tipo como si fuera un miembro más del clan. 

Nostalgia a la boloñesa

En una primera fase, Sorrento fue el restaurante al que iba con mis progenitores y hermano. En una segunda etapa, se convirtió en el restaurante al que iba con mis colegas antes de salir de fiesta. Una continuidad de años y años sentado a la misma mesa. Alfonso nos cuidaba por encima de nuestras posibilidades, soportaba nuestras borracheras y se partía de risa con las ocurrencias de la troupe.

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Todavía recuerdo el olor de las pizzas recién hechas, el encanto de los sofás de cuero y las camisas de manga corta de Alfonso. Y puedo recitar el menú de memoria. Croquetas de pollo: las del Coure parecerían un chiste a su lado. Calamares a la romana: mejores que en cualquier freiduría actual. Pizza de sobrasada: ni ‘nduja, ni leches, sencillamente la mejor que he probado nunca. Espaguetis boloñesa: su increíble salsa secreta se perdió con el cierre y mi padre todavía la recuerda entre pucheros. Definitivamente, hay restaurantes que duelen más que las personas. ¿Cuál es el tuyo?