TOMA PAN Y MOJA

Detector de gilipollas

La interacción con los camareros suele ser el detector más fiable de todos. Si alguien golpea con las monedas en la barra en lugar de dar los buenos días o habla con el móvil pegado en la oreja, pum, gilipollas

Òscar Broc

Detector de gilipollas

"La mascarilla por debajo de la nariz es un detector de gilipollas". Si me saliera un grano cada vez que alguien escribe esta frase en Twitter tendría el cutis del barón Harkonnen. No es el súmmum de la originalidad, pero verdad no le falta. Los detectores de gilipollas existen, la naturaleza los ha puesto ahí para ayudarnos. En la playa, por ejemplo, para detectar un buen ejemplar basta con fijarse en los adultos que hacen el pino en la orilla. En la comida familiar de Navidad, si alguien dice que tendría que haber un Día del Orgullo Hetero, pum, gilipollas. 

El mundo de la gastronomía está sembrado de detectores de gilipollas porque, para qué negarlo, los hay y muchos. Hay que saber leer los signos y la interacción con los camareros suele ser el más fiable de todos. Si alguien llama al camarero como si estuviera espantando a una cabra o golpea con las monedas en la barra en lugar de dar los buenos días o le habla al camarero con el móvil pegado en la oreja o está incapacitado para añadir la palabra gracias a su discurso cuando llegan los cafés a la mesa, seguramente estás ante un gilipollas. La fiabilidad de este detector es del 99,99%.  

Indicadores claros

En un restaurante detectarás al gilipollas cuando veas a un tipo llamando al chef por su nombre de pila y abrazándole como si hubiesen servido juntos en la guerra del Golfo. El señoro de la otra mesa que habla de taninosbarrica garnacha a grito pelado mientras te mira de reojo. El que siempre se va al lavabo cuando llega la cuenta… De hecho, incluso en el periodismo gastrónomico hay indicadores claros de la presencia de estos indeseables: si el sospechoso escribe una columna gastro en clave de humor en algún periódico, ahí tienes a otro gilipollas. De los grandes.