Conde del asalto

Sol en León

Cuando sales de tu ciudad, te sientes como en Júpiter tras meses viviendo en Barrio Sésamo, pisando las mismas calles, saludando a la misma gente

Miqui Otero

Sol en León

Llovía a mares en la avenida, el cielo parecía condenado a un cierre perimetral de nubes y relámpagos, pero en cuanto entré en el bar, Héctor me tendió una caña y el sol salió justo cuando se escuchó el 'clinc' del primer brindis.

No exagero. Así fue mi llegada a León, más propia de una canción o de una novela poco verosímil: cielo color Tupperware y, de repente, estallido solar. Por un momento pensé que aquello era el primer acto de una opereta donde las acciones se sucederían con una facilidad musical: alguien arrojaría ramos de pensamientos y santolinas desde los balcones, otros músicos usarían patas de mamífero como violines y con su arco de cuchillo dejarían una alfombra de tiras de cecina, la banda municipal tocaría algunas de mis canciones favoritas. De hecho, Héctor, editor eléctrico y organizador con Magali de la Feria de Editores Emergentes a las que me habían invitado en esta milenaria ciudad, fue guitarrista de Los Flechazos, grupo admirado desde la adolescencia, así que quizás sería él mismo quien se arrancara.

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Llevamos un año de confinamiento, así que cuando sales de tu ciudad, en mi caso, para presentar mi última novela, te sientes como en Júpiter. Tras meses viviendo en Barrio Sésamo, pisando las mismas calles, saludando a la misma gente, la sensación de irrealidad de encontrarte con nuevas caras en otro lugar es similar a la de la hipotética opereta. 

Escribió LP Hartley que “el pasado es un país extranjero. Allí las cosas se hacen de otra forma”. Y realmente eso es lo que sentimos cuando pensamos en cualquier escena cotidiana previa a marzo del año pasado, pero también en cuanto salimos más allá de nuestro entorno pandémico. 

Las siete diferencias

En León, por ejemplo, se hace todo igual pero levemente diferente, con esos desajustes casi imperceptibles de los sueños. En Barcelona, las restricciones son más duras, pero si la norma es que se puede entrar en el bar 10 minutos, todos se sacarán el bozal. Allí, en cambio, se sale de vinos de bar en bar, pero la mascarilla se mantiene en la boca. El saludo habitual es puño o, sobre todo, codo, un poco olvidado aquí. La hostelería permanece abierta hasta las diez, cosa que para un barcelonés, acostumbrado a tener solo hasta las cinco, es como unas vacaciones de uno mismo. Por primera vez sentí lo que esos ingleses que aparecían abrazados a farolas y borrachos a partir de medianoche porque estaban acostumbrados a que les cerraran el grifo (de cerveza) a las once. 

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Al margen de los gestos, de buscar las siete diferencias a un dibujo pandémico similar, en dos días saludé e incluso conocí a más gente (¡y talentosísima y con brillo!) que en meses. La promoción de una novela suele comportar una gira donde en cada ciudad conoces a un par de escritores locales, a un artista entusiasta que es el motor cultural oculto de la ciudad, a los libreros más amables, a los periodistas más cultos y menos presuntuosos y a los lectores más estimulantes. Estos meses, esa excursión, que incluye comer lo mejor de cada sitio y alimentarte de las mejores ideas que allí se cuecen, se reducía a un Zoom a las ocho de la noche. Un maldito Zoom a la hora de los baños de las criaturas. Es increíble cómo podemos llegar a normalizar lo triste que es esto en comparación a lo oxigenante de una breve excursión así. Y lo mucho que echábamos en falta, en definitiva, brindar con alguien nuevo y que, pum, saliera el sol.