ROBÓTICA SOCIAL

El robot de Barcelona que se quedó en paro

Empieza a ser tan corriente toparse con un humanoide que te da palique como en una taberna de 'Star wars'. También se deben adaptar a la nueva normalidad

Ana Sánchez

Pi hace el paripé de tomar café en un restaurante de Barcelona junto a su dios personal, Jordi Hernández.

Pi hace el paripé de tomar café en un restaurante de Barcelona junto a su dios personal, Jordi Hernández. / XAVIER GONZÁLEZ

No pone mala cara si le preguntas si le falta algún tornillo. «Creo que no», responde más bien con preocupación. Se llama PiRobot. «Sí, como el famoso número 3,14», se presenta. Es «asistente», cuenta. ¿Un trabajo duro? «Sí –se queja–. Todo el día de pie». Eso era antes de la pandemia. Ahora, dice, está «bastante aburrido». Se encogería de hombros si tuviera. «Tengo muchas ganas de volver a trabajar», asegura. El covid le ha dejado en paro como a cualquier mortal sin cables. «En erte», puntualiza. ¿Y qué hace un robot en confinamiento? «Mirar vídeos», responde. Y comprar papel higiénico. «Para no ser menos». Suelta una risita sarcástica y te enseña en la 'tablet' que tiene en el pecho el emoji del gorro de fiesta. 

«Asistente robótico de eventos», se anuncia en internet. Lo mismo te dice «sayonara, baby» que se pone a bailar 'La Macarena'. Ni que fuera una cita Tinder. En Barcelona empieza a ser tan corriente toparse con un robot parlanchín como en una taberna de 'Star wars'. «Y conmigo no hace falta ponerse mascarilla», te anima a quebrantar el distanciamiento social. 

PiRobot explica cómo lleva la pandemia. 

 Lo llaman «robótica social». Son robots creados para hablar con humanos. A lo C-3PO. «Con algún idioma menos», se ríe Jordi Hernández. Es quien mira al robot con deje paternal. Vendría a ser el dios personal de Pi. Se lo trajo de Japón –allí es donde se fabrica Pepper, como se llama el modelo original–. Jordi ha desarrollado un software propio para el clon barcelonés.

Pi no suelta exabruptos de ninguna galaxia muy, muy lejana. Apenas mide 1,20. Te mira en plan Wall-E y esquiva preguntas incómodas con desparpajo de político. No, en su habitación no tiene pósters de Mazinger Z. «Solo cables». ¿Prefiere a Siri o Alexa? «Me pones en un dilema», responde por la tangente. Y se lo preguntas ya sin paños calientes: ¿os rebelaréis contra los humanos próximamente? «No –contesta–. Aún no». «Le tendremos que reprogramar un par de líneas», se ríe Jordi. 

Pi se arranca a bailar ’La Macarena’ en un restaurante. 

Lo tenían orientado para ferias. Se le llegó a ver en alguna inauguración a lo 'influencer'. Tras el covid, lo han empezado a ofrecer «para ir a residencias de gente mayor», explica Jordi. «Para entretener. Para hacer clases de yoga muy básicas». «Estoy aprendiendo», reconoce Pi, y se te pone a hacer una sesión de asanas 'slow motion'. Aunque el robot tiene otro sueño. «Ir a la NASA», confiesa. 

¿Esto se normalizará? «Yo creo –opina Jordi– que en unos años miraremos atrás y diremos: ‘Esa pregunta no tenía sentido’. Será tan obvio…». ¿Dónde se ve Pi en 10 años? «En Marte –dice él-, como mi robot favorito: Opportunity».

Oasis futurista en el Poblenou

«Los robots son una realidad», asiente Carlos Vivas. Lo dice rodeado de humanoides. «Te imaginas que la robótica solo viene de Japón, pero la tenemos también en casa». Es el director de negocio de Pal Robotics, un oasis futurista en el Poblenou que fabrica robots desde el 2004. Sus criaturas autómatas están presentes en más de 40 países, calcula.

Hay robots bípedos que parecen sacados de Marvel (ideados para investigación robótica) y algún pariente lejano del de Cortocircuito. Ese es TIAGo, que lo mismo recoge objetos del suelo que te hace la cama. «Hola, soy ARI». Se presenta un robot con más ganas de dar palique que un tertuliano.  A eso se dedica, dice: «A dar información a la gente que lo necesite». «A nivel de robótica social –asegura Carlos–, Barcelona es el referente europeo». 

ARI, uno de los robots sociales de Pal Robotics, posa para un selfi. 

Sus robots también se han tenido que adaptar a la nueva normalidad. Incluso han hecho pruebas en hospitales de Barcelona y Badalona: con robots que llevan bandejas de comida y cajas fuertes con muestras, detalla Carlos. A ARI la han tenido currando en la recepción de sus oficinas. «Yo creo que lo normalizaremos», apunta. «Es una forma de tener interacciones de forma segura». 

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