moda

La Navidad 'brilli brilli'

La purpurina y las lentejuelas, tradicionalmente adscritas a la noche y las fiestas, defienden su liderazgo como nuevo neutro

Núria Marrón

Kim Kardashian conjunta brillos en Navidad (y cada vez que hace falta).

Kim Kardashian conjunta brillos en Navidad (y cada vez que hace falta).

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las lentejuelas y sus primas ‘glam’ -la purpurina, la pedrería y los cristales- estaban circunscritas a la noche, la Navidad y a un cierto desvío de esa noción hoy decadente que se hacía llamar ‘buen gusto’. “Algunas personas necesitan lentejuelas, otras no”, dijo en un ataque de dignidad la diseñadora Edith Head, orgullosa de su vestido de satén con el que Grace Kelly recogió su Oscar en 1955 y apareció en la portada de ‘Life’. Las lentejuelas, como los brillos, han sido, por así decirlo, el ‘clickbait’ de la indumentaria. Más de Marilyn Monroe que de Audrey Hepburn, y por supuesto un aliño perfecto para la ‘drag’ RuPaul, Britney Spears, Rihanna y Beyoncé.

Sin embargo, de un par de años a esta parte, la moda parece ser feliz conjuntando destellos con el árbol de Navidad y la bola de discoteca. Menudean los tutoriales de cómo deslumbrar en su ‘justa medida’, los adolescentes de ‘Euphoria’ derraman lágrimas de purpurina y las firmas han encontrado en el ‘brilli brilli’ un filón para hacer del lujo ‘de toda la vida’ algo más sucio, desviado y callejero, además de una fórmula para destacar en pasarelas y viralizar en redes sociales. 

Fascinación atávica por lo brillante

Sin embargo, más allá de la coyuntura, que la sagrada familia de los ‘hashtag’ -los Kardashian- haya dado la bienvenida a la Navidad con más brillos que Times Square también tiene algo de antropológico. Según estudios científicos, los humanos tenemos una fascinación atávica por lo brillante relacionada con la luz que refleja el agua. De hecho, en el paleolítico ya se usó la mica en las pinturas rupestres e incluso se han encontrado trazas de un mineral reflectante en el maquillaje de los neandertales. Es más. Tutankamón, prescriptor en lo suyo, se fue al más allá con discos de oro hilvanados a sus prendas y los ricachones europeos antiguos también se cosieron monedas y metales preciosos en la ropa como signo de clase.

Bowie y la parroquia 'glitter' convirtieron los brillos en crítica cultural.

La historia siguió en Hollywood -y eso que en los años 30 llevar lentejuelas suponía un plus de heroicidad: podías sufrir una lesión si la gelatina electrochapada se derretía- y dio un giro de guion con el ‘glam’, cuando David Bowie y compañía convirtieron el maquillaje y la purpurina -”ese herpes de las manualidades”, dijo el humorista Demetri Martin- en una andanada ‘kitsch’ y andrógina contra el rock y sus chicos peligrosos, siempre tan testosterónicos y tomándose tan en serio.

Solo un pero: mejor dar larga vida a las lentejuelas. Que a falta de alternativas ‘eco’ accesibles, tampoco es cuestión de que por lucir ‘brilli’ una noche el PVC acabe engrosando los microplásticos de los océanos. 

Temas Moda