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CONDE DEL ASALTO

Aquí, en Plaza Reial

Cuando estoy sentado en la terraza del Glaciar, pienso en no moverme durante siglos de ahí hasta poder entender la plaza y, a la quinta cerveza, la vida

Miqui Otero

Terrazas de la plaza Reial.

Terrazas de la plaza Reial. / Jordi Cotrina

Imagina poder quedarte mirando un punto fijo durante un buen rato. Bien, quizás esos son mis domingos con la vista fija en los estertores de la tercera lavadora. Pero ahora imagina que ese rato son cientos de miles de años. Quizás, manejándote en los eones de la creación del mundo y no en los ratitos de ocio de tu vida, podrías entender de qué va todo.

Eso hizo Richard McGuire en su revolucionario cómic ‘Aquí’, donde enfocaba una habitación durante todo ese tiempo y superponía viñetas de lo que había pasado en ella desde la prehistoria hasta el lejano futuro: entierran los huesos de un cementerio indio, un señor se ata un zapato, otro discute con su mujer, un búfalo merodea lo que luego será una chimenea, la habitación cubierta de agua gracias al cambio climático. 

A veces, cuando estoy sentado en una de las mesas de la terraza del Glaciar, bikini y copa de cerveza, pienso en hacer ese trabajo de campo: no moverme durante siglos de ahí hasta poder entender la plaza y, a la quinta cerveza, la vida. Lo pienso también ahora, después de leer otro logro de uno de los mejores archivadores de la ciudad, Xavier Theros: ‘Vida i miracles de la plaça Reial’.

El primer baile con 'envelat'

Si no me moviera de ahí, o si simplemente hojeara las páginas de este libro de nuevo, podría ver al famoso prestidigitador Fructuós Canonge, el Merlín español, comprando té chino Peckao y dátiles de Barbaria en un herbolario a mediados del siglo XIX. Justo al lado, en 1844, una pareja se abrazaría en el primer baile con envelat de la ciudad. A unos metros, un señor calvo sorbería el primer granizado de café servido en la capital y, más allá, en 1882, colocarían dos palmeras importadas de Elche, justo al lado de donde Gaudí tramaría las farolas con casco de Hermes. Un periodista de ‘Cu-cut’ apuntaría una frase en uno de los conciertos de principios del siglo XX: “Con riesgo de coger una pulmonía o enfado al encontrarte que el reloj y el monedero habían ejecutado una fuga, y no precisamente de Bach”. Quizás aquel heroinómano, en 1985, se reiría del chiste en un portal.

A principios de los 50, en el Canarias, varios tipos enormes competirían en campeonatos de resistencia de cerveza, bebiendo de vasos de dos litros (Campions) o de cuatro (Atómicos), parando para orinar (vomitar no está permitido). Y, solo unos metros más allá, dos pistoleros de la patronal se cargarían a dos de la CNT en 1921. Muchos cambiarían sellos en los 90, marines yanquis de la Sexta flota aplaudirían un solo de Dexter Gordon y, más allá, en el Karma, abierto en 1978 donde antes había una sastrería, varios periodistas berrearían ‘Love will tear us apart’. 

Nazario con sombrero

Pero, ojo, que sigo en esta mesa del Glaciar y pasan minutos y rondas y casi me puedo ver a mí mismo. Saliendo de casa de mi novia en la calle del Vidre con su compañero de piso, Damo, en el 2008. Damo, porque como las palmeras, vino de Elche, como la dama. O allí estoy, también, entrando por primera vez en el Sidecar, con 19 años, y ahora, con siete más, cargo unos discos porque pincho allí cada jueves. Llevo, más envejecido, a mi padre jubilado a un concierto de jazz en el Jamboree. Pido un café en la mesa contigua a un Nazario con sombrero, ya mayor. Descubro que se ha desfondado el interior de un edificio, en mi periodo de prácticas en un diario, en el 2001 o el 2002. Tomo notas, hace unos meses, para mi siguiente novela. Pido otra ronda en el Glaciar, ahora.