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el museo imaginario

El Cercle Catòlic de Gràcia, escuela de teatro

El actor Albert Gràcia, uno de los protagonistas de 'El jovencito Frankenstein' (Tívoli), descubrió su pasión por las artes escénicas en esta entidad centenaria

Ferran Imedio

Albert Gràcia, en la caja del apuntador del teatro del Cercle Catòlic de Gràcia.

Albert Gràcia, en la caja del apuntador del teatro del Cercle Catòlic de Gràcia. / FERRAN IMEDIO

Albert Gràcia no podía tener un apellido más apropiado. Porque es y se siente muy pero que muy graciense (¡sus bisabuelos ya vivían en el barrio!). Y reivindica sus orígenes en cuanto tiene ocasión, como ahora, cuando le damos la oportunidad de proponer algo de Barcelona para conservarlo en nuestro museo imaginario. El intérprete no lo duda: el Cercle Catòlic de Gràcia (Santa Magdalena, 12). Le pueden los genes, y los recuerdos.

Porque allí pasó su infancia y juventud. Sus abuelos fueron socios de la entidad, igual que sus padres, que también actuaban en su teatro y trabajaban en su bar. "Y yo casi diría que vivía aquí. ¡Hacía los deberes en sus mesas!». Seguro que le gustaba más subir a ese teatro de donde también salieron Pere VenturaAriadna PlanasEduard Doncos y Josep Mota, entre otros. "Es que tener un teatro de más de 300 localidades en el barrio es muy guay", sonríe. 

Fue una masía

EXMIEMBROS DEL CENTRE MORAL
El Cercle Catòlic es fundado por los socios más carcas del Centre Moral (este año cumple 150 años), incómodos porque se daba voz a las mujeres. Lo curioso es que esta entidad ya había sido formada por los miembros más conservadores de los Lluïsos.

TEATRO EN EL PRIMER PISO
Se instalaron en un local de la calle de Mozart y en 1903 compraron la masía de Can Pioch (actual sede del Centre Catòlic), que funcionaba como hostal frecuentado por barceloneses que iban a Sarrià y tenía un teatro en el primero de sus cuatro pisos.

DOS REFORMAS INTEGRALES
En 1928 hicieron la primera integral del edificio y hace dos años, la segunda (aún se está rematando la obra) para cumplir con la normativa en materia de accesibilidad y seguridad. El teatro tiene ahora un aforo de 312 localidades.

Allí fue donde despertó su pasión por las artes escénicas, ya fuera delante o detrás del telón. Siendo un chaval, igual participaba en 'L’estel de Natzaret' o 'Els pastorets' que colocaba la tarima de madera del escenario, y cuando ya era más mayor actuó en varias obras y montó la escenografía de 'Els miserables'. "La gente no sabe todo el trabajo que hay detrás del telón. Y eso lo aprendí aquí".

Por eso Gràcia es como una navaja suiza, ya que vale para todo. Mira qué currículo: ahora protagoniza una obra que "la gente no tiene ni idea de lo chula que es", 'El jovencito Frankenstein' (estará en el Tívoli hasta el 10 de noviembre), pero ha sido la bestia en 'La bella y la bestia' y Pumba en 'El rey león' que triunfa en Madrid, es director de la compañía de espectáculos familiares T-Gràcia (llevará su 'L’aneguet lleig' al Aquitània Teatre en diciembre) y director artístico de otra, Pot teatre, que es profesional y está formada por discapacitados.

Pero no recomienda el Cercle Catòlic solo porque le retrotrae a la infancia ("subía a la buhardilla con mi abuelo para ver los que había pintado en papel el señor García"), sino porque sigue siendo una entidad "muy viva". De hecho, pertenece al G6 de Gràcia, el colectivo de entidades culturales históricas del barrio, junto con los Lluïsos, el Centre Moral, la Fundació Orfeó Gracienc, la Federació de Colles de Sant Medir y la Fundació Festa Major de Gràcia. "Se hacen muchas obras [una al mes] a nivel amateur a precios asequibles", apunta. Su hermano Rafael, por ejemplo, está preparando 'Hairspray'. "También hay corales (Cantabile ganó Oh happy day, de TV-3), agrupamiento escolta, esbart, equipos de tenis de mesa...".

Cuando su agenda se lo permita, Gràcia se sacará la espinita que tiene clavada y volverá a las tablas que él mismo montó con sus propias manos cuando era un chaval. "Quiero hacer algo aquí algún día". ¿Tal vez 'El jovencito Frankestein'? "¿Por qué no?", responde sin dudar. Sería el retorno de un hijo pródigo.