CRÍTICA
'Hija del cielo', de Rodrigo Cortés: el caos de una niña dislocada en un mundo de extraviados
El escritor y cineasta reinventa con maestría la sintaxis y el lenguaje para firmar una novela inquietante donde una comunidad religiosa trata primero de salvar y luego de destruir el peligro de una menor endemoniada
Rodrigo Cortés: "Cuando una cosa no provoca nada es porque está muerta"

El escritor y cineasta Rodrigo Cortés, autor de 'Hija del cielo'. / Marta Calvo
Rodrigo Cortés (Cenlle, Ourense, 1973) amplía su registro literario con una tercera novela, 'Hija del cielo', que tiene mucho de su otro gran quehacer como director de cine, pero que a su vez se sustenta en un libertinaje literario que engrandece el relato y que le sirve para afianzarse como un escritor de peso en el panorama narrativo español. Esta es la historia de una niña con una mente dislocada que supone un peligro para ella y para sus vecinos y de Gabaón, un pueblo apartado al norte del país, que era también Gabaón colegio, orfelinato, monasterio. Un gran edificio de piedra al borde de un cortado que moría donde el mar. Allí, gobernado por monjas se practicaba la religión verdadera. Allí vivía encerrada esa niña mitad loca, mitad endemoniada, en una habitación sin ventanas, arriba, en el cuarto piso, donde ni las enredaderas llegan.
La niña habla consigo misma constantemente. Tiene lo que llama vacíos, en los que cualquier cosa puede suceder y en los que se siente desaparecer. Le gustaría tener ventana y poder ver el mar que se lo imagina muy bonito. Aunque había más de una sesentena de monjas, era el padre Alén, un viejo temible y áspero, el que gobernaba Gabaón, con su voz de rallador de pan.
Alén mantenía una relación especial con la hermana Adriana, vieja como él, que hacía de directora. Y luego estaba sor Humilde, que no hablaba, que también es vieja, vieja y fuma unos puros colosales; y sor Maite, que es botánica y otros dicen que maga, la que cuida el huerto y hace maravillas con las plantas medicinales, y la madre María Tamata, más joven, que se ríe con la niña y el padre Salcedo, al que la niña maneja. El padre Salcedo era un hombre abrumado por sus pensamientos. La niña se metía en su cabeza y lo dominaba.
El padre Alén pasaba muchas horas con la niña del cuarto piso, a la que temía y adoraba a la vez, fascinado por su autoridad infantil. El padre Alén es un personaje que inicialmente se muestra muy seguro y es una presencia masculina que reina de aquella manera muy discutible en un universo femenino. Pero muy pronto empezamos a ver sus dudas, sus debilidades, sus miedos, cómo el cambio de las estaciones lo afecta profundamente.
La niña cuenta su amplio empeño en morder. Primero a una niña, luego a un cerdo en el corral de Sotovelo, luego mordió a su madre, dos veces, después a su padre y a Sebas, el hijo del maestro de Lesmos. La llevaron al cura y a él también le mordió. Fue entonces cuando la llevaron a Madrid. Los médicos no supieron qué hacer con ella «ni los del alma ni los otros». La internaron durante seis meses y en ese tiempo mordió a varios guardas y dislocó a varias internas. Así fue como la niña llegó a Gabaón.
Forma de contar
El centro de 'Hija del cielo' está en su forma de contar. La narración se divide entre dos voces muy diferentes. La primera es la de un narrador con voz precisa, trabajada y consciente de cada palabra. La segunda pertenece a la niña, a su voz mental disparatada, dislocada y tumultuosa que relata el espanto con una naturalidad visionaria y, en ocasiones, casi cómica.
El lector acaba arrastrado por este torrente de pensamiento caótico que acaba siendo hipnótico
La niña se expresa a través de una sintaxis muy dislocada, muy rota, propia de los niños, que tratan muchas veces de expresar fenómenos complejos o que no entienden del todo con su vocabulario limitado, pero que se hacen entender. A veces se compadece de ella, a veces se irrita con ella, a veces se asusta de ella y de lo que es capaz de hacer cuando expresa el espanto o dice las cosas más tremendas con la más absoluta naturalidad, y así, como sin querer confiesa que probablemente ha matado a alguien de una pedrada: "una vez maté a una cabra y no me lo perdonaron, maté a un perro y no me lo perdonaron, maté a un niño y me lo perdonaron", pero le da la misma importancia que le daría a contar que ha desayunado.
La novela expone a una niña muy compleja que parece tener una inteligencia natural desarrollada, aunque una cultura, sin embargo, muy limitada. Tampoco parece ser un genio en ningún sentido. No se queja de nada, no se queja de las barbaridades que le pasan, que le hacen o que ella hace a otros. Ella nos cuenta el espanto de lo que le sucede y hacen con ella y el propio espanto que ella crea con sus acciones haciendo daño a mucha gente, con una naturalidad increíble. No se queja de nada, no se queja de las barbaridades que le pasan, que le hacen. De los abusos sexuales del padre, de Agapito, el farmacéutico.
Asistimos al caos de su cerebro, en él reina el Hombre Guapo, su voz interior más enloquecida: "Soy la voz de la razón, el pecado del mundo, la palabra justa", afirma, y el lector tiene que navegar entre ese mundo caótico y complejísimo que ella expresa. El lector acaba arrastrado por este torrente de pensamiento caótico que acaba siendo hipnótico.
Ella escapa de su prisión a través de los sueños, como una noche que despertó oyendo como desde fuera mucha gente quería derribar su puerta y para disipar su miedo se fue a un sueño y apareció en el patio de la iglesia bajo una lluvia torrencial y de allí la recogió la madre Adriana. Siempre la tienen atada, "por mi bien", dice la niña, pero las correas la producen llagas en los brazos que son mapas de dolor, según el padre Alén. En su caos mental ella sabe que acabará perdiendo; que el hecho de que nadie sepa qué hacer con ella será su perdición.

Hija del cielo
Rodrigo Cortés
Random House
248 páginas
20,90 euros
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