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Opinión | FE DE ERRORES

Darío Villanueva

Darío Villanueva

Acadèmic de la RAE

Habermas y Prevost: postsecularismo

Cuando nos persuadimos de que nada es verdaderamente real, la mecha de la intolerancia y la agresividad prende en las personas

El papa León XIV, en el Congreso de los Diputados, el pasado 8 de junio.

El papa León XIV, en el Congreso de los Diputados, el pasado 8 de junio. / Verónica Povedano

Edmund Husserl, en su conferencia de 1935 'La filosofía en la crisis de la humanidad europea', vislumbró "la decadencia de Europa en la alienación respecto de su propio sentido racional de la vida, la caída en el odio espiritual y en la barbarie". Las circunstancias de aquel entonces no son las mismas de hoy, pero sigue vigente su llamada al "renacimiento de Europa desde el espíritu de la filosofía mediante un heroísmo de la razón".

La modernidad identificada con las luces de la Ilustración hizo despertar al ser humano para que se hiciese dueño de sí mismo e, iluminado por la razón, tomase el control del universo, abriendo una nueva era positiva que prometía un progreso científico y humano enriquecedor. Según uno de los herederos de Immanuel Kant, Auguste Comte, en la ya superada era teológica, la divinidad constituía el origen y el centro de todo, pero la nueva era respondería a la muerte de Dios proclamada enseguida por Friedrich Nietzsche.

Pero Michel Foucault anunció también la muerte del hombre. Y con esta nueva metáfora fúnebre se quería significar asimismo el fin de la modernidad. Es el contexto en el que se pone en circulación el concepto de poshumanismo.

Es innegable la contraposición entre razón y fe que marcó el sustrato ideológico de la modernidad y que dio paso a una impronta de laicismo militante y de secularización. Pero a principios de nuestro milenio tuvo lugar en la Academia Católica de Baviera un célebre diálogo entre el filósofo agnóstico Jürgen Habermas y el entonces cardenal Joseph Ratzinger, después papa Benedicto XVI, sobre, precisamente, la relación entre fe, razón y los fundamentos morales del Estado democrático.

De la mano

El último Habermas hizo suya la propuesta de una posecularización que reconociese que la religión sigue activa en el espacio público y aporta recursos morales en refuerzo de los fundamentos del Estado liberal y democrático. En este sentido, para el autor de 'Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa' (Trotta, 2025), razón y fe pueden y deben ir de la mano para afinar sus respectivas propuestas y oponerse a las derivas posdemocráticas, poshumanistas e, incluso, transhumanistas. Desde su laicismo reconocía un potencial de verdad en la herencia religiosa, sobre todo en la provisión de valores morales como la solidaridad o el respeto a la dignidad humana que la pura razón instrumental del Estado no puede garantizar en exclusiva.

Una de las constantes del posmodernismo ha sido la desconfianza, cuando no el rechazo, hacia nociones como la verdad, la razón, la objetividad, el progreso, la solidez y univocidad de la ciencia

Una de las constantes del posmodernismo ha sido precisamente la desconfianza, cuando no el rechazo, hacia nociones firmes arraigadas en el espíritu de la modernidad como la verdad, la razón, la objetividad, el progreso, la solidez y univocidad de la ciencia. Una manifestación categórica de tales suspicacias se plasma en la negación de los "grandes relatos legitimadores", según propuso Jean-François Lyotard. El primero de ellos es el racionalismo ilustrado, y son sus cómplices el empirismo o el positivismo, el pragmatismo, el positivismo lógico, la filosofía analítica y un nuevo racionalismo crítico, pero también van en la misma línea connivente las religiones, entre ellas destacadamente el catolicismo, ideologías muy elaboradas como el marxismo y la democracia formal fundamentada en el republicanismo francés y norteamericano.

A este respecto, es de destacar el discurso que León XIV pronunció el 8 de junio de este año ante nuestras Cortes Generales. Robert Francis Prevost fue muy aplaudido, pues, según analistas como Fernando Vallespín, aunque se basase en el núcleo doctrinal cristiano, logró articularlo con "el lenguaje moral de la Ilustración: el respeto a la dignidad humana y la universalización de los principios morales que de ella se derivan" ('El País', 7 de junio).

El mes anterior, León XIV había hecho pública su carta encíclica 'Magnifica humanitas', en la que recordaba la de Juan Pablo II, titulada 'Veritas splendor', para reivindicar la existencia de la verdad, de verdades universalmente válidas, porque cuando nos persuadimos de que nada es verdaderamente real y que los 'principios' "no son más que un envoltorio vacío, la mecha de nuevas explosiones de intolerancia y agresividad se enciende en el corazón mismo de las personas". Se trata, pues, de ser un componente esencial para la democracia, de modo que el poder de quienes controlan las plataformas digitales y los medios "debe ser continuamente iluminado por la búsqueda de la verdad y el respeto de la dignidad humana". Para ello es imprescindible a la vez una alianza educativa para la era digital.

Dos narrativas de fondo

La reciente encíclica del Papa viene a sumarse al corpus doctrinal en el que se fundamenta el pensamiento fuerte del humanismo cristiano, que además en este caso no aparece enfrentado al ilustrado, sino todo lo contrario. Corpus que inició 'Rerum novarum' de León XIII y que tuvo continuidad con encíclicas posteriores, con el precedente inmediato de 'Laudato si' del Papa Francisco.

León XIV dedica todo un apartado de 'Magnifica humanitas' a lo que denomina "dos narrativas de fondo: transhumanismo y posthumanismo". Representan otras tantas afirmaciones de "la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana". Y advierte sobre los peligros que todo ello implica. El transhumanismo 'imagina' una potenciación del ser humano por medio de tecnologías como la biomedicina, la ingeniería del cuerpo, dispositivos y algoritmos para incrementar el rendimiento y las capacidades. Y el poshumanismo, en sus versiones más radicales, va todavía más allá: "critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva".