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El sueño eterno

El sueño eterno

Elena Hevia

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Antes que película icónica del cine negro ‘El sueño eterno’ fue una extraordinaria novela. Cuando el director del filme, Howard Hawks, se enfrentó al guion, escrito nada menos que por William Faulkner, todo un lujazo, intentó despejar una de las múltiples dudas que le planteaba aquella trama un tanto ininteligible y acudió a las fuentes. Llamó a Raymond Chandler, su autor, y preguntó: “¿Quién demonios mató al chófer?”. Chandler no tenía ni idea. No le importaba lo más mínimo.

En sus novelas de argumentos descalabrados lo de menos es la vieja lógica de los hechos en la que todas las piezas casan a la perfección. Lo que importa es el espesor de los personajes, la ironía soterrada y la atmósfera de un Los Ángeles corrupto donde lo más fácil es caer en una espiral de pornografía, crímenes y mala vida (ahí le abrió la puerta a James Ellroy). Pero sobre todo lo que cuenta es el estilo. Chandler que estudió latín y griego en un prestigioso college británico se valía de un estilo elegante como no se había visto hasta la fecha en un género despreciado por entonces por los intelectuales. Y aunque W. H. Auden salió en su defensa diciendo que las “poderosas y deprimentes” novelas de Chandler “no deben leerse y juzgarse como literatura de evasión y sí como obras de arte”, él, pese a ganar mucho dinero con ellas, siempre creyó que lo que hacía estaba muy por debajo de sus aspiraciones. Lo cierto es que si el género tiene en el siglo XXI una consideración más sutil y ajustada es gracias a que el norteamericano abrió la puerta a su complejidad con esta novela.

‘El sueño eterno’, el eufemismo con el que los gánsters se referían a la muerte, quizá no sea 'la' mejor novela de Chandler, ese mérito se lo disputa ‘El largo adiós’ -una obra donde el autor explora la amistad masculina en tales términos que a más de uno le ha hecho dudar de la alardeada heterosexualidad del autor- pero sí una perfecta entrada a su mundo. También presenta con todos sus rasgos distintivos a su carismático detective Philip Marlowe, “seco como un Martini seco, tan ingenioso como Thurber y tan desencantado como Scott Fitzgerald”, según lo describe John Banville, que muchos años daría nueva vida al personaje con ‘La rubia de ojos negros’. Marlowe, que no en vano comparte apellido con el poeta isabelino rival de Shakespeare, es del todo atípico en los patrones imperantes entonces de la literatura pulp, un tipo duro pero sensible que juega al ajedrez, lee poesía y que como su creador es alcohólico.                                                                                                                                                                                                                                                      

Con el rostro de Bogart

El investigador es convocado aquí a la casa del viejo general Sternwood, cuya salvaje hija Carmen está siendo chantajeada por un librero de mala muerte por haber posado desnuda en unas fotos, pero eso como se ha dicho, es lo de menos. Cuando se publicó la novela en 1939 apenas vendió unos 15.000 ejemplares, una cifra ridícula tratándose de literatura popular pero los números se dispararon gracias a la película y la carismática interpretación de Humphrey Bogart que no era para nada la imagen mental que Chandler tenía de su héroe, más parecido a Cary Grant. Hoy el rostro de Bogart es absolutamente indisociable de Marlowe y aunque muchos actores se han metido en sus zapatos, incluidos Robert Mitchum y el año pasado Liam Neeson, no han conseguido desbancarle.  

Como todos los creadores con su criatura, Chandler, acabó percibiendo a su detective como un lastre. “Empiezo a creer que estoy atado a este tipo de por vida”, confesó agobiado a su editor. Lo cierto es que el agobio, la angustia, fue la condición habitual del autor, que a los 35 años se casó con una hermosa mujer, Cissy, 18 años mayor que él y juntos se lanzaron a una carrera matrimonial contra el tiempo de más de tres décadas, en una dependencia culpable que les imposibilitaba la vida social, por sus propios prejuicios, siempre pendientes de lo que los demás les juzgaran como pareja desigual y por la incapacidad práctica de ambos para la vida cotidiana. Asuntos como organizar una cena con amigos, reservar billetes para un viaje o cambiar un cristal roto producían en el matrimonio un verdadero cataclismo. Lo fácil es decir que en la ficción, Marlowe, contrafigura del autor, se encargaba de resolver y poner luz en el mundo caótico que superaba a Chandler. Que su detective no lograra hacerlo del todo también expresa la dureza de esa realidad y lo certero del arte.