Crítica de música

Gran velada camerística en el Palau de la Música con Faust, Queyras, Widmann y Aimard

La sala modernista recibió a cuatro virtuosos del género con un programa centrado en los siglos XX y XXI

Actuación de Faust, Queyras, Widmann y Aimard en el Palau de la Música

Actuación de Faust, Queyras, Widmann y Aimard en el Palau de la Música / Pbalo Meléndez-Haddad

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Pablo Meléndez-Haddad

Cuando se unen en un mismo recital cuatro ases de la música clásica pueden llegar a saltar chispas en el escenario. Eso fue lo que pasó la noche del jueves en el Palau de la Música Catalana, cuando su ciclo de cámara recibió a la violinista Isabelle Faust, al violonchelista Jean-Guihen Queyras, al clarinetista (y compositor y director de orquesta) Jörg Widmann y al pianista Pierre-Laurent Aimard. Juntos se unieron para interpretar el ‘Quatuor pour la fin du temps’ (‘Cuarteto para el fin de los tiempos’) de Olivier Messiaen, una obra fundamental del siglo XX y de las vanguardias que ayuda a la redefinición y a la actualización del cuarteto como forma.

La obra, escrita y estrenada en un campo de concentración nazi en 1941, fue el plato de fondo de la velada, una cita que arrancó con guiños a otros miembros del cambio de paradigma musical y a quienes se unieron dos voces actuales, la del citado Widmann y la de Elliott Carter, fallecido en 2012. De Alban Berg se escucharon sus tempranas ‘Cuatro piezas para clarinete y piano, Op. 5’ en las que el diálogo entre ambos instrumentos transita por diversas fronteras de la atonalidad y la experimentación. Mucho más amable, la 'Sonata para violín y violonchelo en La menor' de Maurice Ravel se mueve en los límites tonales con un evidente ánimo rupturista, pieza que Faust y Queyras ofrecieron en una versión virtuosa y cargada de dramatismo.

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La compleja y experimental ‘Fantasía para clarinete solo’ (1993) explora todas las posibilidades del instrumento y fue defendida por su propio autor sobrado de, mientras que los ‘Epigramas para violín, violoncelo y piano’ de Carter, la última composición del músico estadounidense mostró cómo unas miniaturas sonoras de rítmica imposible son capaces de crear atmósferas y colores tan diferentes.

La obra de Messiaen demostró la eficacia del trabajo en equipo de estos cuatro destacados solistas y expuso la calidad de unos intérpretes que también brillan al hacer música en conjunto.