Quemar después de leer

Cuando Virginia Woolf se enamoró de Victoria Ocampo

Las escritoras mantuvieron una curiosa correspondencia durante seis años, que le permitió a una de ellas darse la exacta forma que quería ante el mundo, porque puede crearse una escritora a partir de un puñado de cartas

Virginia Woolf y Silvina Ocampo.

Virginia Woolf y Silvina Ocampo. / Sara Martínez

Laura Fernández

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Todo tipo de cosas ocurrieron en 1934. Ocurrió, por ejemplo, que Francis Scott Fitzgerald publicó 'Suave es la noche', y Agatha Christie, 'Asesinato en el Orient Express' y Henry Miller, 'Trópico de Cáncer' y 'Trópico de Capricornio'. Pero también que Adolf Hitler se otorgó el título de Führer, y que Mao Tse-Tung dio comienzo a la Larga Marcha en China. Que Italia ganó el Mundial de fútbol. Que nacieron Leonard Cohen, Brigitte Bardot, Carl Sagan y Charles Manson, y que murió, víctima de una descuidada y continuada exposición a la radiación, Marie Curie. Y ocurrió también que Virginia Woolf, por entonces ya una estrella mundial, y la escritora argentina Victoria Ocampo, aún apenas una ambiciosa recién llegada bien posicionada, se conocieron en Londres.

Ocampo, hermana de Silvina —una primera dama de lo extraño literario, cuyos cuentos completos acaban, por fin, de ser reeditados por Emecé—, y fundadora de la revista Sur, en cuya nómina de colaboradores figuraban a la vez Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, Federico García Lorca y Gabriela Mistral, había publicado en 1924 'De Francesca a Beatrice', una lectura de la 'Divina Comedia', que había sido ninguneada por el establishment masculino por atrevida. En concreto, la desconsideraban por el tono autobiográfico del análisis en cuestión, que fue precisamente lo primero que Woolf valoró de su trabajo. “Espero que continúe con Dantem y luego con Victoria Okampo [sic]. Hasta ahora, muy pocas mujeres han escrito autobiografías veraces”, le dijo, por carta.

“Si hay alguien en el mundo que puede darme aliento y esperanza, es seguramente usted. Por el simple hecho de ser lo que usted es y de pensar como usted piensa”, le responde Ocampo, que le remite cartas en exceso almibaradas, y en algún sentido, temerosas. Ocampo quiere gustar, porque 1) admira sinceramente a Woolf, y la considera un ejemplo a seguir, alguien mayúsculo cuya atención es ya de por sí un privilegio y 2) quiere que Woolf publique en la editorial que hace tan sólo un año ha puesto en marcha, la editorial Sur, surgida en el seno de la revista. Esto último ocurrió, y en parte, parece que Woolf, de una sinceridad implacable, aunque, por momentos, descaradamente cínica, no tarda en cerrar el trato, y asegurarse una traducción al español.

Pero no sólo eso. Hay cierto coqueteo en las cartas de Woolf, que se muestra en todo momento deseosa de volver a ver a Ocampo, presume de los suntuosos regalos que le manda y llega a decirle a su amante, Vita Sackville-West, que se ha enamorado de ella. Y podría pensarse que lo hace para ponerla celosa, pero hay, por momentos, una auténtica necesidad de saber de la otra. “Cuénteme qué hace, con quién se encuentra, cómo es el país y también la ciudad, su cuarto, su casa, incluso la comida y los gatos y los perros y el tiempo que pasa haciendo esto o aquello”, le escribe, entre postales en las que apenas señala cuándo va a estar en casa, y que por favor, no dude en pasar a verla. Sólo se vieron en tres ocasiones, aunque la correspondencia se alargó durante seis años.

De ella, como se detalla en el pequeño volumen Correspondencia, recién editado por Sur, quedan las 25 cartas que le mandó Woolf, pero tan sólo tres de Ocampo, que se aseguró de destruir el resto, decidida a controlar lo que de ella se pensase en el futuro. Se sabe, porque se conservan los originales de esas tres —escritas a mano, y en francés—, que las corrigió y reescribió para que tuviesen el exacto aspecto que ella quería en futuras compilaciones, porque si algo hizo Ocampo en esas cartas fue, también, darse forma como escritora ante la que consideraba una igual que aún no sabía que lo era. No en vano dio comienzo con una de ellas a sus Testimonios. De alguna forma, Woolf, o su reconocimiento, el reconocimiento de su mera existencia, le permitió alzar el vuelo.

Porque Ocampo le envió sus libros, y Woolf, en su intento por continuar soñando con Argentina, y por extensión, con América —“la tierra de las grandes mariposas y los campos inmensos, que aun imagino a partir de sus aladas palabras”—, se disculpa, y no quiere dejarla marchar: “No puedo leer ni una palabra, y sin embargo cada dos palabras encuentro una que me es casi conocida”, dice. Así, mientras una se daba forma ante el mundo —y pensando en el futuro, pero también en el asfixiante y nada reconocido presente en el que Woolf era un lejano pero indiscutible referente—, la otra mantenía abierta una puerta hacia otro mundo, y en realidad no hicieron otra cosa que sostenerse en la distancia, diciéndose a sí mismas que aquello que les estaba pasando era real.