Crítica de teatro
'El diablo cojuelo': Siglo de Oro con nariz de payaso en el Condal
Bajo el paraguas de la CNTC, la 'troupe' de clowns de Rhum & Cia se atreven con la adaptación de un clásico en prosa del siglo XVII

EL DIABLO COJUELO.jpg / David Ruano

A Lluís Homar habrá que agradecerle el deshielo de la relación de Barcelona con el teatro del Siglo de Oro. De cero a cien, bajo su dirección la Compañía Nacional de Teatro Clásico nos ha visitado tres veces en tres meses, la última de ellas a través de un curioso encargo a la popular formación de payasos Rhum & Cia. Puede parecer una locura, y en la práctica lo es. Escogen para la adaptación –"porque no había otro en la librería"– un texto de Luis Vélez de Guevara, la prosa 'El diablo cojuelo' de 1641, que nos llega en versión libérrima de Juan Mayorga. Cuando lo imprevisible se vuelve norma y el tono moralizador se pone la nariz roja, el tan barroco ejercicio del teatro dentro del teatro se pone a caminar con zapatones.
La situación y presentación de personajes se dilata, como si les costara entrar en materia. Al principio el referente literario casi parece un MacGuffin, una excusa para volver a los gags recurrentes, “trabajar de trabajar” y otras muletillas que la compañía catalana tiene consolidadas. La fórmula funciona, equilibrio de pista clásico: Joan Arqué es un cara blanca modernísimo, pretencioso y autoritario, que cuando saca la pistola parece un gánster; Martínez (Jordi Martínez), su contrapunto augusto, va de liante, rompe una y otra vez la quimera de una representación seria “que sirva de orgullo futuro para nuestras nietas”. Abundan las bromas recurrentes junto a la insumisión pirandeliana de clowns que muerden sin lastimar.
Un puñado corto de pasajes
Tantas vueltas porque al final parece que de Vélez de Guevara solo importa un puñado corto de pasajes. Comienzan con la introducción, cuando el estudiante burlador libera al diablo protagonista. Después llega la escena de la azotea, con la criatura mágica levantando los tejados de Madrid para ver las costumbres nocturnas de sus ciudadanos en el siglo XVII. Y dos pasajes más: el sueño del estudiante que se convierte en un fértil delirio surrealista y la visita al club literario, diatriba contra el estilo de los poetas de la época. La dirección de Ester Nadal encuentra el equilibrio combinando la poética del retablo de comedias con la pista del circo, síntesis palpable en la escenografía de Laura Clos.
No faltan las excentricidades, como la transformación de vestuario y atrezo en instrumentos musicales, hallazgos de Xavi Lozano para los variados entremeses musicales que oxigenan la obra. Con secundarios como Roger Julià, Mauro Paganini y Piero Steiner la 'troupe' se crece, pisa con fuerza el terreno de calidad de compañías como Ron Lalá, referentes del clásico divertido. Después de este lance airoso, Rhum & Cia se pueden atrever con cualquier cosa.
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