Crítica de música

Vetusta Morla, una aventurada ‘orquesta celtibérica’ en el Palau Sant Jordi

  • El grupo de Tres Cantos sorprendió con la puesta en escena de ‘Cable a tierra’, contando con cinco músicos de raíz, incluyendo sendas ‘pandereteiras’, para mezclar su rock de fuerte ascendente electrónico con sonoridades tradicionales

Pucho, en el concierto de Vetusta Morla en el Sant Jordi

Pucho, en el concierto de Vetusta Morla en el Sant Jordi / Ferran Sendra

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Vetusta Morla lleva algunos años modulando su sonoridad rock, y el movimiento más decidido lo representa ‘Cable a tierra’, el álbum con el que ha cruzado su vocabulario eléctrico con el roce de instrumentos tradicionales como el pandero cuadrado y el guitarro, y el quiebro vocal inducido por la copla y la canción popular. Una apuesta que el grupo lleva mucho más lejos en la consiguiente gira, que este sábado recaló en el Palau Sant Jordi con una puesta de escena aventurada, integrando a cinco músicos de sendos grupos folk, el palentino El Naán y el coruñés Aliboria.

Atender a la raíz popular es tendencia, y Vetusta Morla lo formuló antes del ‘efecto Tanxugueiras’, hay que decir. Pero ahí estuvieron sendas ‘pandereteiras’, arropando al grupo en temas como el que abrió la noche, ‘Puñalada trapera’, con su melodía de raigambre ranchero, que culminó repitiendo una frase de tiros largos, en su tradición: “Somos carne de reemplazo, imborrable es nuestro canto”. El Sant Jordi no llegó a llenarse y acogió a 9.527 asistentes, según la promotora The Project.

Contra la politización

Cuando decimos que Vetusta Morla acude a las raíces habría que precisar que a las raíces ibéricas, o hispanas, puesto que ninguna música sale de la nada, flotando en el éter, solo que el ascendiente ‘anglo’ suele ser invisible y no cuenta. Pero Pucho y compañía siguen siendo el mismo grupo, con su educación noventera (hola, Radiohead) y su aparato eléctrico, que ahora hace buenas migas con señales autóctonas, procurando incluso un contacto íntimo e invitando a revisar la noción de cosmopolitismo. Factor humano, revalorización del tacto en tiempo de pantallas y rebelión contra la “politización” de la que han sido objeto a veces ciertos géneros, apuntó Pucho, que, como siempre, se dirigió al público combinando el castellano con un notable catalán, y hasta se deleitó con el “ram, ram, rataplam” del secular tema ‘Els tres tambors’.

Energía rockera a su estilo la hubo en temas como ‘No seré yo’, y en los bloques que la banda desarrolló sin ayudas (‘Copenhague’, ‘Sálvese quien pueda’ o una revolucionada ‘Te lo digo a ti’), pero la sorpresa vino de esos diálogos con los modos ancestrales, no solo en poderosas piezas nuevas como ‘La virgen de la humanidad’, con su opa a Quintero, León y Quiroga, sino también al fondo de catálogo: ‘Maldita dulzura’ integró un álgido dueto con voz femenina, y ‘Finisterre’ se fundió con las panaderas, canciones de trabajo de Castilla y León, en un aquelarre rítmico que se ajustó al talante del grupo extrayéndole nuevos perfiles.

Pop, de popular

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La llamada Orquesta Cable a Tierra, “orquesta celtibérica” en palabras de Pucho (que haría feliz al gran iberista sonoro Eliseo Parra), imprimió un carácter distinto y a la vez natural. Con ella, Vetusta Morla fue más que nunca un artefacto pop, de popular, ahora abierto al esbelto canto de las ‘pandereteiras’ en la cita a la tradicional ‘Camiño do Alén’ y al concurso de instrumentos como la quijada de burro, la lata de pimentón y toda clase de percusiones menores en ’23 de junio’ y ‘Al final de la escapada’, esta con un patrón rítmico del que participó el público.

Alternando el formato de banda autosuficiente y el expandido, culminó Vetusta Morla un concierto atrevido, complejo y bien resuelto, que va en la línea de discutir un canon pop clásico que, seguramente, hace aguas por todas partes. Los madrileños se han complicado la vida a conciencia, y después de esto, se adivina un infinito campo por recorrer. Si ellos quieren.