Crítica de ópera

Aplausos para el ‘Rigoletto’ sin joroba

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Aplausos para el ‘Rigoletto’ sin joroba

David Ruano

Regresó al Liceu esta esteticista producción de Monique Wagemakers que se estrenó sin mucho éxito en el escenario de la Rambla en 2017 después de su paso por Madrid, donde se vio por vez primera en 2009, una propuesta que gusta aunque presente al famoso bufón sin su joroba característica y a la corte de Mantua convertida en un cubo de cámara negra. Más que por las coreografías a las que se deben someter solistas, coro y figurantes, seduce sobre todo por el impresionante, detallista y teatral vestuario de la galardonada –con tres Óscar– Sandy Powell, un lujo de telas, cortes y abalorios. Ello contrasta con el simbólico espacio escénico que propone Michael Levine, iluminado adecuadamente según el diseño original de Reinier Tweebeeke en escenas que cuentan con una escenografía todavía moderna e innovadora que pretende ir a la esencia dramática de cada cuadro. Y a veces lo consigue. En otras se queda en un mero artificio.

Si al final todo parece funcionar se debe en gran parte al olfato teatral de los solistas, ya que la puesta en escena no les ayuda en cuanto a la proyección de las voces: la producción de Wagemakers sigue ‘traicionando’ desde el punto de vista acústico, aunque evidencia mejoras. Los montajes liceístas deben tener en cuenta que las escenografías abiertas encuentran en la inmensa torre escénica una chimenea por la que se escapa el sonido, por lo que los cantantes deben estar pendientes de proyectar la voz a la sala limitando a su vez la libertad del ‘regista’ para moverlos. Daniele Callegari, ante unas inspiradas masas estables liceístas, ayudó muchísimo conteniendo y equilibrando el sonido orquestal, esculpiendo con maestría.

Exigente papel

Rigoletto es uno de los roles más exigentes para barítono verdiano; como actor el intérprete debe estar siempre concentrado para brindar credibilidad, y Christopher Maltman cumplió con un canto potente y un timbre algo ajado que le va perfecto al personaje. Su proyección no se vio afectada gracias a su vozarrón, al contrario que la de Olga Peretyatko, una Gilda muy bien construida pero poco audible dependiendo de lo que le pedía la 'regia'. La soprano rusa cuida el fraseo al máximo y su timbre posee el metal y los armónicos suficientes para que la voz corra por la sala, especialmente en la zona aguda.

Debutaba en el Liceu el elegante tenor parisino Benjamin Bernheim, un maestro del detalle y de la expresividad que aportó un timbre luminoso y un convincente sentido del canto; ese par de baches que se le escucharon no mermaron su entrega. También se presentaban tanto la mezzosprano israelí Rinat Shaham, con una Maddalena de voz poco sugerente, así como el bajo ruso Grigory Shkarupa, un Sparafucile suficientemente apto.

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