Entrevista

José María Vitier: “La música se escribe en un papel, pero no está ahí, sino en la ilusión de la gente”

  • El pianista cubano, autor de bandas sonoras y cómplice de artistas como Silvio Rodríguez en su célebre ‘Unicornio’, estrena este domingo en el Parc Central de Nou Barris un fragmento de su ‘Habana concerto’ con la joven orquesta Vozes y la colaboración especial de Maria del Mar Bonet

José María Vitier, fotografiado esta semana en Barcelona

José María Vitier, fotografiado esta semana en Barcelona / Ferran Sendra

7
Se lee en minutos
Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

ver +

La Habana es la ciudad invitada de esta Mercè, como lo iba a ser el año pasado. ¿Cómo surge este ‘Habana concerto?

En realidad, el cumpleaños de La Habana fue en 2019, y yo compuse una obra por encargo de la Fundación Autor. Es muy extensa, casi una hora, con tres movimientos: flauta y orquesta, violín y orquesta, y piano y orquesta. Ninguno de ellos se ha estrenado, y vamos a ofrecer aquí, por primera vez, el tercero. Es un estreno absoluto. El resto del programa incluirá música mía de distintas épocas: bandas sonoras como ‘El siglo de las luces’ y ‘Fresa y chocolate’, con la intervención del virtuoso del piano Marcos Madrigal.

Y algunas piezas con Maria del Mar Bonet, en cuyo disco ‘Ultramar’ (2017) tomó parte.

Interpretaremos ‘Amor’, canción con texto de mi padre [el poeta, narrador y ensayista Cintio Vitier], con una dedicación especial, porque estos días se celebra su centenario con el apoyo de la Unesco. Maria del Mar cantará también el ‘Ave María por Cuba’, que nunca ha interpretado con una orquesta. Es una composición para otro tipo de voz, lírica, pero ella le aporta una intensidad muy especial, como en todo lo que canta. Con Maria del Mar me pasa algo difícil de definir y que me pasa con otros grandes artistas: la sensación de que una cosa es a la vez muy moderna y muy antigua. Eso se percibe a veces, y ella lo tiene.  

El concierto, ¿es un viaje por las distintas edades de La Habana en clave musical?

Era un proyecto muy retador, porque me propuse ofrecer un mosaico de sonoridades que pudiera identificar con La Habana. Hay una música bastante barroca, luego aparecen elementos de rock y en el tercer movimiento hay un énfasis en el romanticismo y el pianismo cubano del siglo XIX. Hay momentos contemporáneos, y un poco ‘bartokianos’, e impresionistas, y otros en que el piano improvisa como un sonero. Porque hay muchas ‘habanas’, y no están todas. Algunas, nada más. Pero hay momentos con esos tambores étnicos. He venido con un percusionista, Abel Acosta, que va a tocar el bajo también. Y en ‘Ave María por Cuba’, con el texto que Maria del Mar canta en latín, hay una influencia grande de la música yoruba. Y es curioso que ese canto yoruba es a la deidad de Obatalá, que da la casualidad de que es la virgen de la Mercè.

¡No me diga!

El panteón yoruba es sincrético, donde los dioses que se adoraban en África, al llegar a América en condiciones de esclavitud, se trasladaban a las deidades del catolicismo. Obatalá es la virgen de las Mercedes, como Babalú Ayé es San Lázaro. Eso ocurrió también en Brasil, en toda América, y persiste en la actualidad. En Cuba ocurre con una naturalidad muy grande. Se puede ir a misa y tener esa creencia. En sus orígenes, era una manera de adaptarse al entorno hostil para sobrevivir.

Usted es un músico de formación académica, pero ha incorporado la cubanidad popular en su música.

No fue algo que me propusiera, pero desde niño estuve en contacto con el sentido de lo cubano. Recuerde que el libro más difundido de mi padre es ‘Lo cubano en la poesía’, que ahora se va a reeditar.

Pero, ¿qué Cuba? ¿La campesina, la clásica, la del filin, la de los trovadores?

Hay una Cuba con una influencia europea decisiva, y otra con un influjo africano. Eso es complejo, porque a veces se asimila que de África nos llega el ritmo y de Europa, la melodía, pero también nos llega mucha melodía de África y mucho ritmo de Europa, que es un continente ‘transculturado’, porque lo que nos llega a través de España viene de siglos de ocupación norteafricana. Pero los cubanos negros no se llaman a sí mismo afrocubanos, como los afroamericanos de Estados Unidos, porque cuando llegan a Cuba se vuelven autóctonos, hasta el punto de que hay rituales y prácticas religiosas y musicales que se perdieron en África y solo se manifiestan en Cuba.

Su tradición clásica se encontró con el tambor batá y las sonoridades y ritmos tradicionales. ¿Se miró en el espejo de compositores del norte como Gershwin, que elaboraron una música estadounidense con ingredientes del jazz y el blues, de raíz africana?

Gershwin, sí, pero pensaría más en Villa-Lobos. En América hubo una tendencia nacionalista muy fuerte, de origen vinculado al romanticismo, quizá con un acento mayor en la sensualidad que en Europa, con un vínculo con el baile. Cuando empecé a componer, me sedujo la posibilidad de hacer una música que fuera un producto del presente, contemporáneo, y que tuviera también esas raíces. Cada vez se entiende menos qué quiere decir ‘música clásica’ o ‘música popular’, y esa ambigüedad es muy normal en Cuba, porque nuestros principales compositores de música de concierto fueron grandes nacionalistas, influidos por el folclore, como un Falla en España.

¿Qué compositores le dejaron más huella?

Después de Ignacio Cervantes y Manuel Saumell, ya en el siglo XX hay dos figuras que marcan el desarrollo de la música: Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán. Los dos murieron muy jóvenes, no llegaron a los 40, y ambos se formaron en París, con Nadia Boulanger en el caso de García Caturla. Ya después, hacia mitad de siglo, surgió el Grupo de Renovación Musical, que fundó José Ardévol, y luego la oleada de Leo Brouwer, Carlos Fariñas… Todos con un ojo puesto en la contemporaneidad, y otro en la raíz. Esto ha sido muy natural. Mi hermano Sergio, fallecido hace unos años, fue un pionero de esa fusión.

La vanguardia parece ir dirigida a cierta élite, y la canción popular representa lo contrario. ¿Puede salir de ahí algo que llegue a la gente?

A veces cuesta, es cierto. Leo Brouwer es, por lo menos, el mejor músico vivo cubano, y no puedo decir que sea de mayorías, ni que aspire a serlo. Pero los artistas que abren camino con vocablos nuevos, aunque su música no se difunda masivamente, son los que mantienen el tren en marcha.

En este concierto en la Mercè trabaja con la orquesta Vozes, integrada por niños y adolescentes de Nou Barris, Sant Andreu y el Besòs, y dirigida por el venezolano Pablo González. Lleva toda la semana ensayando con ellos. ¿Qué impresión le ha causado?

Me habían hablado de una orquesta-escuela que tiene el grandísimo valor de representar una acción comunitaria, de orientar a los jóvenes por el camino de la música. Y me ha llamado la atención que son más jóvenes de lo que yo pensaba, desde los diez años en adelante. Es un proyecto hermosísimo y es muy conmovedor. Independientemente de las dificultades que presenta esta música, que puede ser muy exigente para ejecutantes que no son profesionales, me he dado cuenta de que hay un valor añadido que va más allá de la música. Yo soy de los que creen que lo esencial de la música es eso que la trasciende. Ahí hay una vocación cultural, social, comunitaria, con un valor inmenso. Tiene un valor imparable, y vamos a sacar el máximo partido de esa ilusión y ese entusiasmo que tienen, que no se encuentra tan extendido en cualquier orquesta de adultos. Así que no vamos a tratar de que ellos estén a la altura de la música, sino de estar nosotros a la altura de ellos.

¿Abordar el ‘Habana concerto’ con esa orquesta realza el sentido de la obra?

Hay un valor añadido. Un mensaje que podríamos llamar extramusical, pero a veces ahí radica lo que más trasciende de la música. Porque la música se escribe en un papel, pero no está en ese papel, sino en la ilusión de la gente, en quienes la tocan, y todo eso va a favor nuestro. Hay una experiencia estética, pero también ética.

Después de esto, ¿qué le espera en Cuba?

Noticias relacionadas

Acabo de terminar un disco, hecho en plena pandemia, que se llama ‘Bienaventuranzas’, y que consta de 21 piezas para flauta y piano. Lo grabé con Niurka González, joven virtuosa del instrumento. Lo estrenaremos en vivo en noviembre y planeamos una gira con la obra. El título ya dice de dónde viene: contiene 21 fragmentos de música que son como pequeñas oraciones. Creo que en los momentos de mayor crisis económica y social, no sé por qué, es cuando hago la música más positiva e ilusionada.