Efeméride musical

‘Moulin Rouge’, 20 años entre la magia deslumbrante y la horterada 'kitsch'

Nicole Kidman y Ewan McGregor, en ’Moulin Rouge’

Nicole Kidman y Ewan McGregor, en ’Moulin Rouge’ / El Periódico

  • El musical de Baz Luhrmann celebra dos décadas de su estreno en EEUU con idéntica polarización entre los admiradores de su deslumbrante riesgo visual y los detractores de su exageración hortera. Cinco claves para entender esta obra de (controvertido) culto.

  • 20 años de 'Moulin Rouge': cuando el musical se niega a desaparecer

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Beatriz Martínez y Julián García

Arrebatada historia de amor entre un joven escritor bohemio, Christian (Ewan McGregor), y una primorosa estrella de cabaret, Satine (Nicole Kidman), en un irreal París de 1900, ‘Moulin Rouge’ sigue siendo, 20 años después de su estreno, paradigma de pastiche y el exceso posmoderno, la suntuosidad, el color, la música pop, el romanticismo, el ‘kitsch’ y, por supuesto, la magia de lo irrepetible. En 2001, la película de Baz Lurhmann ya había provocado una encendida controversia entre los que cayeron rendidos a su deslumbrante vértigo visual y la fuerza romántica de su trágica historia de amor; y los que la consideraron poco más que un ejercicio de horterada y memez extrema con los tics más irritantes del videoclip vacuo. El debate sigue hoy igual de vivo.

En cualquier caso, el día en que se cumplen 20 años de su estreno en Estados Unidos tras su paso por el Festival de Cannes del 2001, ‘Moulin Rouge’ es, como ayer, un irrepetible delirio visual que fascina las retinas y enternece los corazones: la anacrónica selección de canciones pop, el arrebato romántico entre Christian y Satine, la pirotécnica exaltación de brillibrilli y tonos rojos, los enajenados movimientos de cámara, la magia del viejo París de la Belle Epoque, el cancán y Toulouse-Lautrec…

Un musical, en fin, de alto riesgo, sin sentido del ridículo -ni obras posteriores que se hayan atrevido a imitarla-, tan único hoy como hace 20 años, del que intentamos desentrañar su condición de controvertida obra de culto en forma de cinco claves:

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La ‘trilogía del telón rojo’ de Baz Luhrmann

‘Moulin rouge’ fue el tercer largometraje de Baz Luhrmann, pero en sus dos trabajos previos, el director australiano ya había dado rienda suelta a su gusto por el delirio visual y la teatralidad autoconsciente. ‘El amor está en el aire (Strictly ballroom)’ (1992) era historia de amor con cierto aire a ‘Dirty dancing’ ambientada en los concursos de bailes de salón, y en cuyo deslumbrante número final Paul Mercurio y Tara Morice lo rompían vestidos de torero y bailaora de flamenco. Y ‘Romeo + Julieta’ (1996) era una posmoderna traslación del clásico de Shakespeare desde Verona a la Ciudad de México contemporánea, con unos jovencitos Leonardo DiCaprio y Claire Danes como eternos enamorados a base de trepidantes escenas de acción, trágico romance adolescente y poéticos diálogos en verso.

Para Luhrmann, cineasta procedente del teatro, ‘Moulin Rouge’ sería el cierre de lo que denominó la “trilogía del telón rojo”, en la que quiso utilizar “las herramientas del cine fusionadas con la impostación y el artificio del teatro” para ofrecer al espectador “una experiencia sonora y visual únicas”. En este sentido, Luhrmann nunca ha engañado a nadie; ni aquí ni en sus trabajos posteriores, como las extrañas, entre lo suntuoso, lo ‘kitsch’ y lo desconcertante, ‘Australia’ (2008) y ‘El gran Gatsby’; o su (poco reconocida) serie para Netflix ‘The get down’ sobre el Bronx de los 70 y los orígenes del hip-hop. Intriga saber qué ofrecerá su próximo trabajo: ‘Elvis’, ‘biopic’ del mismísimo Rey del Rock, cuyo estreno está previsto para 2022.

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El Moulin Rouge, un espacio de leyenda

Parece ser que la primera intención de Luhrmann era ambientar su tercer largometraje en el Studio 54 del Nueva York de los 70, ahora puesto de actualidad en la estupenda serie ‘Halston’, sobre el gran diseñador de moda que hizo su templo de la legendaria discoteca. Los directivos de Fox no lo acabaron de ver claro y Luhrmann decidió, por fortuna, desplazar su trágica historia de amor al mágico del París de la Belle Epoque, concretamente al famoso cabaret del Moulin Rouge, construido en 1889 por Josep Oller y Charles Zidler.

'En el Moulin-Rouge, el baile', óleo de Toulouse-Lautrec de 1890

/ El Periódico

Un espacio mítico, fascinante, licencioso, inmortalizado en su día por Toulouse-Lautrec, y con larga trayectoria en la historia del cine, pues se cuentan nueve películas con idéntico título a la de Lurhmann, entre ellas la que dirigió en 1952 por John Huston, con José Ferrer y Zsa Gabor como protagonistas; y, por supuesto, ‘French Cancan’ de Jean Renoir, con Jean Gabin y Maria Félix.

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La exagerada estética del videoclip

Luhrmann utilizó la estética del videoclip para llevarla al máximo grado de paroxismo. Por eso resulta inevitable que para muchos, las imágenes de ‘Moulin Rouge’ provoquen irritación y rechazo, porque el exceso, la saturación y el histerismo forman parte de la propuesta. El director no tuvo miedo de liberarse de todas las ataduras para dar rienda suelta a su visión autoral basada en el artificio como quintaesencia del pastiche, en el que cabía el vodevil, el cabaret, la ópera, el teatro clásico, el romance y la fantasía. Un hombre, en fin, de teatro con visión teatral del arte y de la vida.

Cuatro fotogramas icónicos de 'Moulin Rouge', de Baz Luhrmann

/ El Periódico

Su montaje esquizofrénico provocó más de un mareo, y no es una simple forma de hablar; pero resultaba difícil no entregarse a su estética ‘kitsch’, a su explosión de texturas y, en definitiva, a la experiencia visual y sonora que proponía, al borde del delirio y repleta de hallazgos que todavía hoy resultan arriesgados.

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La irrestible utilización del ‘medley’ musical

Cuando ‘Moulin Rouge’ se estrenó, el género musical había desaparecido prácticamente de Hollywood. Luhrmann se encargó no solo de volver a ponerlo de moda, sino de remover sus bases para adaptarlas al nuevo milenio. Su propuesta, como ya había demostrado en su cine anterior, era tan rompedora como kamikaze, y consistía en elevar el ‘medley’ a la categoría de género mayor. Para ello contó con el compositor Craig Armstrong y el director musical Marius De Vries, que utilizó todo el acervo de la música pop para otorgarle al popurrí un nuevo sentido, uniendo fragmentos de canciones que nos llevan desde David Bowie a Dolly Parton, de Nirvana a Elton John o T-Rex para poner en boca de los personajes sus sentimientos.

‘Roxanne’ de Police se convirtió en un espectacular tango, Plácido Domingo aportó las notas operísticas, Rufus Wainwright empezó a dar de qué hablar con su versión del clásico ‘Le complainte de la butte’; y Christina Aguilera, Lil’Kim, Mya y Pink lanzaron como single una versión de ‘Lady Marmalade’ que ya es historia de la música.

Porque ver, disfrutar y emocionarse hoy con el climático ‘medley’ de ‘Festival de la canción de Eurovisión: la historia de Fire Saga’ es, también, viajar 20 años atrás y evocar los estupendos popurrís de ‘Moulin Rouge’.

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El carisma de una extraña pareja

Era una extraña pareja la de Nicole Kidman y Ewan McGregor, y, sin embargo, terminó funcionando a la perfección. Ella aportó elegancia, él se convirtió en el perfecto galán romántico. Los dos se encontraban en un momento clave en sus carreras: Nicole Kidman acababa de terminar una etapa de su vida con ‘Eyes wide shut’ de Kubrick, y su papel de Satine, que remató al mismo tiempo que rodaba ‘Los otros’, de Alejandro Amenábar, le ofreció la oportunidad de practicar multitud de registros que no había explorado. Un año más tarde, conseguiría el Oscar por interpretar a Virgina Wolf en ‘Las horas’.

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En cuanto a Ewan McGregor, después de apostar por el cine indie, empezaba a insertarse dentro del 'mainstream' de Hollywood gracias a su papel de joven Obi-Wan Kenobi en 'Star wars'. Insultantemente jóvenes y guapos, ambos cantaron, bailaron y ensayaron hasta la extenuación, y siempre quedará en el recuerdo su precioso dueto del tema ‘Come what may’.