Crítica de teatro

El 23-F para milenials en el Lliure de Gràcia

  • La pieza funciona como fluida lección de historia muy adecuada para jóvenes a los que unas tenebrosas imágenes en blanco y negro igual poco (o nada) les evocan

  • La pesadilla de aquellas horas apuntala el teatro documento, pero el montaje adolece por momentos de nervio escénico

Una escena de un ensayo de ’23 F Anatomia d’un instant’, la versión de Àlex Rigola sobre el frustrado golpe militar de 1981.

Una escena de un ensayo de ’23 F Anatomia d’un instant’, la versión de Àlex Rigola sobre el frustrado golpe militar de 1981. / Silvia Poch

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José Carlos Sorribes
José Carlos Sorribes

Periodista

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Los números redondos son los ideales para grandes fiestas de cumpleaños y se acaban de cumplir 40 años desde que unos guardias civiles, con Antonio Tejero al frente, entraron a tiros en el Congreso. Aprovecha la efeméride un director tan prestigioso como Àlex Rigola para enfrentarse, bajo ese entorno de celebración de cumpleaños, al reto teatral de abordar un episodio clave de la Transición. No se trataba de inventar nada, sino de beber de una fuente tan documentada y elogiada como ‘Anatomía de un instante’, el ensayo de Javier Cercas, atento espectador el día del estreno en el Lliure de Gràcia.

Rigola se zambulle en una propuesta de teatro documento que presenta un detallado mapa de todo lo que rodeó, desde la muerte del dictador, a una asonada militar que casi noquea a una tierna democracia española. ‘23 F Anatomia d’un instant’ se convierte así en una fluida lección de historia muy adecuada para milenials, para aquellos jóvenes a los que esas tenebrosas imágenes en blanco y negro igual poco (o nada) les evocan.

El montaje se mantiene en la línea minimalista de las últimas propuestas de Rigola. Cuatro intérpretes (Pep Cruz, Xavi Sáez, Enric Auquer y Roser Vilajosana) se convierten en los conductores y narradores de un repaso minucioso. Ellos van vestidos con un pijama de unicornio y ella con un sobrio traje oscuro: es Adolfo Suárez. El tono didáctico de la propuesta se hace pronto evidente con el estimable trabajo dramatúrgico de vaciar las casi 500 páginas del libro de Cercas. Una gran pantalla ocupa el espacio central y allí se proyectarán, principalmente, imágenes de todos los protagonistas del 23-F. Y no eran pocos.

El perfil de tres héroes

A Rigola le interesa el perfil de héroe que retrocede en favor del beneficio común, un héroe moral. Lo representaron el propio Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, los hombres que aquel día a las 18.23 horas no se dejaron amedrentar por los disparos de los golpistas y no se ocultaron en sus escaños. En ellos se detiene la obra con profusión, como en la figura capital del rey Juan Carlos. Y no solo en la pantalla, aparece como un muñeco a un lado del escenario donde se celebra ese 40 cumpleaños en el que no faltan globos, bebidas y ganchitos.

La trayectoria del rey Juan Carlos le permite a Rigola un epílogo en el que cuestiona de verdad una institución como la Monarquía

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La pesadilla de aquellas horas apuntala el documento, pero la pieza adolece por momentos de nervio escénico. Sí lo consigue Rigola en un jocoso arranque con los intérpretes tarareando a media voz un himno español lejos de cualquier marcialidad, con una cartografía de Monopoly sobre los escenarios del golpe, con Roser Vilajoana trepando sobre la pantalla-rocódromo en alusión a la ambición de Suárez o cuando la emisión del audio de la SER sobre la investidura de Calvo Sotelo, a las 18.23 horas, nos vuelve a helar la sangre 40 años después por lo que aquello suponía.

No se ha resistido Rigola a quedarse en el recuerdo de aquella tarde, noche y madrugada. La trayectoria de Juan Carlos le permite un final en el que cuestiona de verdad una institución como la Monarquía. Seguro que esa parte, coronado con la apoteosis de la música de Rigoberta Bandini, fue la que más sedujo a un espectador como el diputado Gerardo Pisarello, más inquieto en la parte del montaje en la que las reflexiones de Cercas van en la línea del régimen del 78.