Premios Goya 2021

Nuria Giménez (’My mexican bretzel’): "Me gusta desafiar la idea de que la imagen es algo puro"

Nuria Giménez Lorang, directora de ’My mexican bretzel’.

Nuria Giménez Lorang, directora de ’My mexican bretzel’. / Pol Rebaque

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Julián García
Julián García

Periodista

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En 2010, Nuria Giménez Lorang (Barcelona, 1976) viajó con su madre a Suiza para recoger las pertenencias de su abuelo, que acababa de fallecer. En un sótano de la casa encontró decenas de bobinas de celuloide en las que había filmadas decenas de horas de vida familiar. Fascinada por el hallazgo, Giménez Lorang trabajó durante siete años con esas imágenes para componer 'My mexican bretzel', un ejercicio de alquimia fílmica en el que, a modo de diario íntimo, fabula sobre la relación entre su abuela y su abuelo durante más de dos décadas. Una prodigiosa reinvención del cine de ‘metraje encontrado’ que opta al Goya al mejor documental y a la dirección novel.

Ya no queda nada para los Goya. ¿Las nominaciones le han hecho dormir mejor o peor?

Yo soy insomne de toda la vida, con o sin nominación (ríe). Pero creo que aún no lo he asimilado. Tardaré tiempo. Para mí todo esto ha sido una sorpresa enorme; en mi cabeza, lo máximo a lo que aspiraba era que la película se viera en festivales especializados. Era inimaginable que este sábado pudiera estar en los Goya.

Este año, la mitad de las ocho nominaciones a mejor dirección corresponden a mujeres cineastas. ¿Es el síntoma de que algo ha cambiado?

Me gustaría pensar que sí. Pero esperemos que no sea algo puntual y que sea una evidencia de que estamos avanzando en este terreno, porque aún queda mucho camino por recorrer. En todo caso, solo puede verse como algo positivo.

‘My mexican bretzel’ sirve, entre otras muchas cosas, para dar voz a una mujer de una época, mediados del siglo XX, en que el papel de la mujer apenas tenía peso.

Es así. Las imágenes las había rodado mi abuelo, pero enseguida me di cuenta, quizá por afinidad, de que lo que quería era que hablara ella, que fuera la protagonista, el hilo conductor, a modo de representación de todas esas mujeres de todas las épocas que fueron silenciadas o no se atrevieron a hablar. No sé si a ella le habría gustado la película, porque tengo entendido que era una mujer muy discreta, pero creo que sí que le habría gustado el hecho de tener su voz propia, su lugar, su espacio.

Imagino, o querría imaginar, ese momento en el que descubre las cintas y las visiona. Ese viejo celuloide, esas imágenes de época…

Cuando vi las bobinas flipé como cuando eres una niña y descubres un tesoro pirata. La duda era si estaban en buen estado. Quizá estaban negras, borradas, inservibles. Había 50 más o menos. Llegar a casa a Barcelona, proyectar las películas y ver esas imágenes en absoluto silencio... Es algo difícil de describir. 

¿Por qué no quiso hacer una película biográfica sobre sus abuelos?

No quería hablar de su vida real. Esa parte la quería respetar, aunque suene contradictorio. Me sentía cómoda utilizando sus imágenes, pero no sus vidas… Además, me atraía la idea de la descontextualización. Reinterpretar, desafiar esa idea de que la imagen es algo puro y no manipulable, me daba una libertad creativa total y absoluta.

Han sido siete años trabajando con el material sin descanso. ¿Le ha llegado a obsesionar? ¿Ha sentido que la vida ficticia de Vivian y Léon le podía vampirizar?

No, en absoluto. Para mí ha sido un templo, un espacio maravilloso en el que me he podido refugiar cuando las cosas no iban bien. Agradezco mucho a la película todo lo que me ha dado durante su elaboración. Ha habido momentos difíciles, de desesperación, como en cualquier proceso creativo, porque te estancas, te pierdes. Pero me ha sostenido en pie. Si te digo la verdad, me daba miedo acabarla. “¿Y ahora qué voy a hacer?”, pensaba. Ha sido un proceso maravilloso.

¿Hasta qué punto ha sido importante el hecho de que las películas estuvieran rodadas en celuloide? ¿Habría sido igual si se hubiera tratado de cintas de vídeo doméstico analógico?

No lo había pensado hasta ahora… Creo que no habría sido lo mismo… Me cuesta imaginar esas mismas imágenes en VHS: el magnetismo, el encanto, la fascinación de las bobinas, del celuloide. Tiene algo mágico, algo… cálido, algo que se puede tocar. El VHS tiene otra textura, otro tipo de atractivo, menos orgánico. *No sé, creo que, aun siendo las mismas imágenes rodadas en los mismos sitios, no habría sido lo mismo. Puede sonar frívolo, pero mi relación con el material también habría sido distinta. Guardo las bobinas en mi casa como un tesoro, como algo único.

¿De qué manera llega usted al cine? Tengo entendido que nunca hasta ahora lo ha estudiado ni se ha dedicado a él de forma profesional.

Siempre he sido más del verbo, de la palabra. Quería estudiar literatura comparada y al final estudié periodismo. Quería ser corresponsal. Pero, en fin, todo tiene que ver con contar historias, cuestionarse cosas sobre la naturaleza humana, las cosas que nos rodean. Al final todo cambió cuando hice un seminario de cine documental con Isaki Lacuesta, en 2008. Fueron cinco días flipantes. Ese seminario me abrió las puertas a un universo nuevo. Empecé a desarrollar una curiosidad muy grande por el lenguaje visual y la forma de utilizarlo. ¡Ahora pienso que debería haber puesto un agradecimiento a Isaki en la película!

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¿Tiene pensado cómo será su nuevo trabajo?

Me impone bastante. Mucho. Pero al mismo tiempo me muero de ganas de meterme en la cueva y construir algo ahí dentro. No sé cómo saldrá. Tengo una idea para una ficción; en realidad tengo dos ideas para dos ficciones. A ver adónde me lleva. Cómo ‘My mexican bretzel’, que fue una búsqueda sin saber hacia dónde iba.