PERIFÉRICOS Y CONSUMIBLES

Lo real es una marca

Truman pregunta: "¿Nada es real?". Y su padre adoptivo le/nos/se responde: "Tú eres real". Como un Bécquer del Medio Oeste que supiera un himno gigante y extraño: "Realidad eres tú"

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Jim Carrey, en ’El show de Truman’

Jim Carrey, en ’El show de Truman’

Hace no mucho tiempo, pero suficiente como para que esto ocurriera en la Era de la Vieja Normalidad, entré en una de esas cafeterías anodinas que los domingos por la tarde dan café y también más pena que gloria. Tenía el lugar dos accesos: uno desde una calle muy triste y otro desde un paseo marítimo tristísimo. Lucía una de las cristaleras del café un cartel que en mayúsculas rezaba (se decía antes así): “Pantalla gigante en la parte de abajo. Todos los partidos a tamaño real”. Nunca se pretendió más rigor en la tecnología. Me pareció ver a lo lejos cómo se paseaba Borges, tan poco futbolero él (“el fútbol es popular porque la estupidez es popular”), farfullando cosas como el mapa y el territorio. O quizá fuera Houellebecq.  

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Lo real es un misterio. “Chicas reales”, decía, con cuerpo bastante legible, un anuncio publicitario de contactos de un diario de tirada nacional con la fotografía de una rotunda jovencita ligera de ropa. “Chicos reales”, decía el anuncio siguiente, en idéntico cuerpo y con fotografía igual de descocada que hacía visibles todos y cada uno de los músculos de la tablet táctil del cuerpo chocolateado de aquel boy. “El guacamayo de la imagen no es real”, afirmaba el anuncio televisivo de Parrot Bay en el que se estrujaba a un guacamayo, ave que era imagen, icono, símbolo o representamen (lo que diga la Semiótica: Pike, Saussure, Peirce, Núñez, Lorenzo, esos) del cóctel granizado que se presentaba en sociedad. Por si acaso. Para que estuviera claro. Para que nadie dudara de lo que es y no es real. 

Truman Burbank, en el 'show' seguro de su vida segura como agente de seguros de Seaheaven, sale siempre a la calle a primera hora diciéndoles a sus vecinos: “Y por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches” (en una imagen que debe mucho a la cubierta de 'La broma infinita'; saludo, por cierto, que repetirá al final, como forma de teatral despedida al toparse literalmente con la realidad). En el clímax del relato, en el momento en que está punto de ahogarse en su falso mar –no hay 'spoiler' después de veinte años–, exige angustiado una respuesta a Christof, su creador: “¿Nada es real?”. Y su padre adoptivo le/nos/se responde: “Tú eres real”. Como un Bécquer del Medio Oeste que supiera un himno gigante y extraño: “Realidad eres tú”.

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