INVESTIGACIÓN CRIMINAL

Así se asesinaba en el siglo XIX

El libro ilustrado 'Mapas del crimen', del historiador Drew Gray, disecciona los crímenes que entre 1811 y 1911 conmocionaron a la sociedad de la época

Cadáver de Jeanne Bal en la escena del crimen en su piso de París. 

Cadáver de Jeanne Bal en la escena del crimen en su piso de París. 

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En diciembre de 1811, en el East End de Londres en el que 77 años después Jack el Destripador , Tymothy Marr envió a su criada a por ostras para la cena. Cuando esta regresó nadie le abría la puerta de la casa y entró con la ayuda de un vecino y un vigilante nocturno: y ahí estaba Marr, asesinado a golpes, igual que su mujer, “de cuya cabeza seguía manando sangre”, su bebé con el cuello cortado y un aprendiz de su tienda con el rostro destrozado. Pocos días después, en una calle cercana, otra masacre: las víctimas fueron el matrimonio dueño de un pub, su doncella y la familia de esta. En un barrio acostumbrado al crimen, la prostitución y la pobreza estos truculentos sucesos, dignos de ‘El caso’, provocaron la indignación popular y los primeros llamamientos para reformar y profesionalizar la policía. 

Una policía que detuvo a un sospechoso, el marinero de 27 años John Williams, que se ahorcó en la celda y cuyo cadáver, para rematar la historia, las autoridades pasearon en un carro, para sustituir la frustrada ejecución pública, y enterraron en un cruce de caminos con una estaca clavada en el corazón. No es que creyeran que era un vampiro, no: era la forma de sepultar a los suicidas en aquella Inglaterra previctoriana. Con este truculento caso, Drew Gray, historiador británico de los siglos XVIII y XIX, inicia ‘Mapas del crimen’ (Siruela), singular volumen en el que, cual forense, disecciona un centenar de crudos asesinatos que entre 1811 y 1911 conmocionaron la sociedad del momento. El recorrido, profusamente documentado con mapas y fotografías de la época, muchas de las escenas de los crímenes, ilustraciones y recortes de prensa e informes policiales y judiciales, revela el trabajo de los investigadores pioneros en utilizar huellas digitales, perfiles criminales o fotos de prontuario para ficheros de delincuentes. 

Media página del 'Il.lustrated Police News', de abril de 1892, sobre el asesino de 'Fred el Loco' Deeming / BRITISH LIBRARY BOARD

Especialista en historia del crimen y el castigo, Gray se hace eco de cómo los “panfletistas del siglo XVIII y los vendedores de periódicos del XIX” se aprovecharon del morbo que generan los asesinatos en una época en que el ahorcamiento de un criminal congregaba multitudes y sus delitos generaban “baladas asesinas” que se vendían como recuerdo. “La cultura popular saciaba ese interés presentando al asesino sádico como un ejemplo del lado oscuro de la naturaleza humana, y a los asesinos en general como representantes de ese ‘otro’ que andaba suelto en la sociedad", escribe el autor.

Y si hay un asesino en serie aún desgraciadamente célebre ese es Jack el Destripador (a quien, recuerda Gray, podrían achacársele hasta nueve víctimas que son precisamente objeto de otra novedad, 'Las cinco mujeres', de Hallie Rubenhold, en Roca Editorial). Pero no fue el único de macabro y enfermizo historial. De hecho, a Joseph Vacher, que en los alrededores de Lyon violó, mató y mutiló salvajemente a al menos 11 mujeres, niñas y muchachos, aunque la cifra se cree que ascendió a 27, la prensa le llamó el Jack el Destripador francés. Aunque a él sí le atraparon, por casualidad, en 1897. Confesó para que le declararan loco y librarse así de la guillotina, pero la jugada no le saldría bien pues el científico forense Alexandre Lacassagne, tras examinarle, declaró que era un “sádico sanguinario”, no un loco.

Hubo quien hasta se jactó de ser Jack el Destripador entre sus compañeros de celda: ‘Fred el Loco’ Deeming, que sería ahorcado en 1892 tras descubrirse en su granja de Australia los cadáveres de su amante, de su mujer y de sus cuatro hijos, historia que recogió gráficamente el ‘Il.lustraded Police News’. A la zaga, y según Gray motivado por su misoginia, le iba Thomas Neill Cream, un médico abortista cuya mala praxis acabó con la vida de varias mujeres antes de cumplir condena en Chicago por envenenar al marido de su amante. Lo peor estaba por llegar pues refugiado en Londres asesinó con arsénico a cuatro jóvenes prostitutas.  

Gray, que busca “entender qué impulsa al crimen, la manera en que este se llevó a cabo y cómo se llegó al descubrimiento de quien lo perpetró”, recorre casos de Europa, Estados Unidos y Australia, y de su lupa no se libra España. Es en Madrid donde se detiene para dar fe de cómo en 1849, en Malasaña, fueron ejecutados públicamente en el garrote vil los hermanos Clara y Antonio Marina por estrangular al sastre José Lafuente, en cuya casa entraron a robar. No fue el único muerto, pues desde la ventana del segundo piso se estrelló un desconocido. Parece que era el amante y cómplice de Clara, que según la investigación, habría exigido mayor parte del botín, algo que no habría gustado a los hermanos, que aseguraban que había caído accidentalmente al huir. 

Octavilla del ahorcamiento público de los Manning que los vendedores ambulantes ofrecían como suvernirs en las ejecuciones / HARVARD LAW SCHOOL LIBRARY

También con el robo como móvil y en Malasaña, pero en la calle de Fuencarral y en 1888, otro asesinato fascinó a la sociedad de la época. Fue el de la viuda de 50 años Luciana Borcino, que vivía sola con un “fiero bulldog”. Su cuerpo apareció cosido a puñaladas y medio quemado en su dormitorio y el perro, drogado y dormido junto a la doncella inconsciente, en otra habitación. Fue esta última, que aceptó el empleo con nombre falso, la que acabó condenada, también a garrote vil (fue la última ejecución pública de la ciudad).  

De hecho, en la mayoría de casos detallados el delito contra la propiedad es el móvil primigenio. Así, la familia Bender -el matrimonio y sus hijos John y Kate- convirtieron su propiedad en Kansas en una granja de los horrores. Entre 1871 y 1873, sus huéspedes entraban pero jamás salían: hasta 19 cadáveres se hallaron enterrados en sus tierras. Los investigadores dedujeron que el padre o el hijo los golpeaban con un martillo y eran la madre y la hija quienes los remataban. Se esfumaron antes de ser detenidos. 

El exconvicto Eugène-François Vicocq fue el primer director del Bureau de Sûreté de Francia, haciendo buena la idea de que se necesita a un ladrón para atrapar a un ladrón 

A mediados del XIX, la investigación policial profesional era algo aún muy nuevo, recuerda el historiador. En Londres, el servicio policial metropolitano se fundó en 1829 y, en Nueva York, en 1845. Aunque Francia se había avanzado a principios de siglo creando la primera agencia de detectives privados, dirigida por Eugène-François Vidocq. Era este un exconvicto y exinformador de la policía que fue el primer director del Bureau de Sûreté rodeándose de una brigada de exconvictos e informadores siguiendo la idea de que ‘se necesita a un ladrón para atrapar a un ladrón’. Su figura inspiraría a Victor Hugo para 'Los miserables', a Balzac y a Poe.

Las fotos de la escena del crimen

En la Prefectura de Policía parisina trabajó también Alphonse Bertillon (1853-1914), padre de la moderna investigación forense. Su cámara ha legado el luctuoso ‘Álbum de las escenas del crimen de París’, fotografías con las que ayudaba en las investigaciones, y la invención de lo que llamó ‘portrait parlé’ o retrato parlante, es decir, las fotos de archivo de los criminales. A estos, para identificarlos, les “medía cuidadosamente el tamaño de las cabezas, la distancia entre los ojos, el largo de los dedos…”, datos que no variaban aunque se tiñeran el pelo o afeitaran la barba. 

De entre las fotos de escenas del crimen de Bertillon impacta la del cadáver de la viuda Jeanne Bal en el suelo de su piso de París, tras ser asesinada en 1904. Le habían robado joyas y otros objetos de valor de los que su dama de compañía había informado a los ladrones, que fueron detenidos gracias a un soplo aunque no les condenaron por asesinato por falta de pruebas. 

Investigadores posando ante varias de las tumbas donde la familia Bender ocultó a sus víctimas / HERITAGE AUCTIONS

Entre los primeros investigadores destacaron Henry Faulds y Francis Galton, que impulsaron el sistema de huellas dactilares, convencidos de que eran únicas para cada individuo, y el juez austriaco Hans Gross, que en 1893 publicó un manual sobre cómo preservar una escena del crimen, nada que hoy no se vea en ‘CSI’ pero poco practicado hasta la fecha: aislarla herméticamente y minucioso registro para recoger pruebas y mantenerla intacta hasta el juicio. Alertaba además, contra “los prejuicios y la inclinación a aceptar las cosas sin más”. También empezó a usar el microscopio en la investigación, igual que otro pionero, el francés Edmond Locard, quien reconocía que se inspiraba en Sherlock Holmes, el popular detective creado por Conan Doyle, y que contribuyó a popularizar la imagen de los investigadores entre el público.   

Pero también hubo criminólogos como el italiano Cesare Lombroso (1835-1909), que en su afán por establecer el concepto de delincuente nato, tras registrar las características físicas de presos y ajusticiados, aseguró sin manías que “los asesinos habituales ostentan una mirada fría, vidriosa, y unos ojos a veces inyectados en sangre y como velados”, su nariz “siempre es grande” y tienen “escasa barba”. Por el contrario, añadía, los violadores, eran sujetos de “ojos brillantes, rasgos delicados y párpados y labios hinchados”. 

10 Hitos de la investigación criminal

1821 En Inglaterra se realiza por primera vez una rueda de reconocimiento