28 sep 2020

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ESTRELLA DE LA GRAN PANTALLA

Muere Olivia de Havilland, la última superviviente del Hollywood dorado

La actriz, una de las protagonistas de 'Lo que el viento se llevó', ha fallecido a los 104 años en su casa de París, donde vivía desde hacía más de 60 años

Quim Casas

Olivia de Havilland, en ’Lo que el viento se llevó’ (1939).

Olivia de Havilland, en ’Lo que el viento se llevó’ (1939). / ARCHIVO

El pasado 10 de julio, la cadena BTV emitía un reportaje sobre Olivia de Havilland para conmemorar su 104 aniversario: había nacido el 1 de julio de 1916 y la sensación era que, a pesar de esa avanzada edad, se encontraba en buen estado de salud. Cuando el pasado 5 de febrero fallecía Kirk Douglas, a los 103 años, todo el mundo recordó que aún le sobrevivía De Havilland como la única representante de la edad de oro de Hollywood. También eso ha terminado en un infausto 2020. La protagonista de ‘Lo que el viento se llevó’, hermana de la actriz Joan Fontaine –con la que nunca se llevó bien–, ha fallecido este domingo de causas naturales en el palacete en el que vivía en París. Cuando se escriban otros obituarios sobre actrices y actores veteranos del cine estadounidense, ya no habrá ese espacio reservado para destacar que aún queda una superviviente del cine clásico de Hollywood. El círculo se ha cerrado definitivamente.

No fue una actriz ultramoderna, como Marlene Dietrich, sino de formas más bien conservadoras. De una belleza genuina y dulce, tampoco compitió nunca con las sex symbols que la industria explotaba de vez en cuando. No era su terreno. Se especializó en personajes frágiles, casi nunca proactivos, pero aún así tampoco era en absoluto la comparsa femenina de la estrella masculina. Esto resulta evidente en las ocho películas que realizó junto a Errol Flynn en los años 30 y 40, cuando ambos estaban contratados por Warner Bros: ‘El capitán Blood’ (1935), ‘La carga de la Brigada Ligera’ (1936), ‘El hombre propone’ (1938), ‘Robín de los bosques’ (1939), ‘Dodge, ciudad sin ley’ (1939), ‘La vida privada de Elisabeth y Essex’ (1939), ‘Camino de Santa Fe’ (1940) y ‘Murieron con las botas puestas’ (1941), todas dirigidas por Michael Curtiz con la excepción de la última, obra de Raoul Walsh.

Wéstern y aventuras

Si quitamos la tercera, una comedia alegre, y la sexta, en la que Bette Davis se interpuso entre ambos en esta evocación de los amores entre la reina Isabel I y el conde de Essex, todas pertenecen al wéstern y el cine de aventuras, géneros que en principio no casarían tan bien con la delicada apariencia de la actriz. Sin embargo, De Havilland asumió muy bien los roles de compañera del pirata, arquero, pistolero, sheriff o militar de turno representados por el jovial Flynn, y en ‘Murieron con las botas puestas’ es su determinación la que consigue que el general Custer novelado del filme deje la bebida y abrace una cierta ética. Su Lady Marian en la película sobre Robin Hood es inapelable, así como sus heroínas ‘westernianas’, nada proclives a callar y acatar en un mundo dominado por los hombres.

Su momento álgido llegó precisamente en esta época, cuando David O. Selznick se hizo con sus servicios para que interpretara a uno de los cuatro personajes más relevantes de ‘Lo que el viento se llevó’ (1939), la superproducción que hace una semanas estuvo en boca de todo el mundo cuando HBO decidió suprimirla puntualmente de su catálogo a causa de su incorrección respecto al tema racial. Hoy De Havilland sigue siendo recordada por su Melanie Hamilton, la antítesis absoluta de la otra protagonista femenina, Scarlett O’Hara.

La rivalidad con su hermana

Su interpretación de esta joven tranquila, amable y romántica del viejo sur, de salud endeble, definida por la autora de la novela en que se basa el filme, Margaret Mitchell, como "una joven pequeña y delicada con la altura y peso de una niña", le valió a De Havilland la primera de sus nominaciones al Oscar. Aunque parezca mentira en el contexto social, político y racial de aquel tiempo, la estatuilla como mejor actriz secundaria no recayó en ella sino en su compañera de raza negra de reparto, Hattie McDaniel. No lo obtuvo como secundaria, pero la suerte del Oscar le sonrío, y por partida doble, en la categoría de mejor actriz principal, ganándolo por ‘Vida íntima de Julia Norris (1946)’, en la que interpreta a una mujer que queda embaraza tras pasar una noche con un piloto de permiso durante la primera contienda bélica, y ‘La heredera’ (1949), excelente adaptación de la novela de Henry James y, posiblemente, la mejor composición de la actriz en su no tan larga carrera: 60 títulos, entre películas y apariciones televisivas, desde 1915, año de su debut con la comedia deportiva ‘Alibi Ike’, hasta 1988, con el telefilme ‘The woman he loved’.

La rivalidad con su hermana empezó de muy joven y uno de los peores momentos en su carrera debió suceder en otra ceremonia de entrega de los Oscar, cuando De Havilland estaba nominada por su trabajo en ‘Si no amaneciera’ (1941), en el papel de una mujer con la que se casa un inmigrante europeo para conseguir el permiso de residencia en Estados Unidos, pero la vencedora fue Fontaine por ‘Sospecha’, de Alfred Hitchcock. No hubo nunca un amago de reconciliación entre ambas. Fontaine, un año y medio más joven, falleció en 2013 sin que hubieran hecho las paces. De hecho, cambió su nombre original, Joan de Beauvoir de Havilland, por el de Joan Fontaine para desmarcarse de su hermana. Hubo intentos de que trabajaran juntas en algún filme, pero eso habría sido un infierno. Coincidieron en algún acto y pidieron ser sentadas en extremos opuestos de la sala. Fontaine llegó a decir que de pequeñas se cansaron de odiarse y después decidieron ignorarse mutuamente. Tampoco ayudó que ambas hicieran el casting de ‘Lo que el viento se llevó’, aunque Fontaine se postulaba en el papel de Scarlett.

'Una cara Garbo'

Su joven compañero de reparto en ‘Vida íntima de Julia Norris’, John Lund, diría tiempo después que De Havilland tenía lo que en Hollywood se denominaba ‘una cara Garbo’, es decir, un rostro simétricamente perfecto que admitía todo tipo de ángulos de cámara y tipos de iluminación; el paraíso para todos los directores y cámaras. No tenía un perfil mejor que otro, o algún detalle en el rostro que resultara conveniente maquillar o esconder salvo unas ligeras ojeras desde muy joven.

Su semblante y su estilo serían más adecuados para el drama que cualquier otro género, pero aún así aceptó protagonizar películas bien distintas como ‘A través del espejo’ (1946), en el que se desdobló en los papeles de dos hermanas gemelas en una turbia trama criminal; ‘La princesa de Éboli’ (1955), dando vida a la cortesana española del siglo XVI Ana de Mendoza, de melena cobriza y con un parche en el ojo derecho, o ‘Canción de cuna para un cadáver’ (1964), un esperpéntico duelo de antiguas estrellas, ella y Bette Davis, en la línea de ‘¿Qué fue de Baby Jane?’ En la recta final de su carrera activa, antes de iniciar el otoño televisivo en las series y películas para televisión, hizo lo que buena parte de los nombres de su generación, encarnar personajes secundarios en películas de catástrofes setenteras como ‘Aeropuerto 77’ (1977) y ‘El enjambre’ (1978).

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