24 sep 2020

Ir a contenido

BANDA ESENCIAL DE LA ERA PUNK

40 años del culto a Joy Division

Un libro del periodista Jon Savage ofrece la historia oral del grupo británico, cuatro décadas después del suicidio de su cantante, Ian Curtis, al tiempo que se anuncia la reedición en vinilo de su clásico álbum 'Closer', de 1980

Jordi Bianciotto

Los integrantes de Joy Division, en Berlín, en enero de 1980.

Los integrantes de Joy Division, en Berlín, en enero de 1980. / HERMANN VASKE

Aunque la historia de Joy Division ya ha sido contada, incluso por los tres supervivientes del grupo por separado en sus respectivos libros de memorias, esta nueva obra, ‘Una luz abrasadora, el sol y todo lo demás’, va más allá al poner en danza todos los puntos de vista en un frondoso relato coral. El volumen, que se publicó hace algo más de un año en inglés, sale ahora en castellano (a cargo de Reservoir Books-Penguin Random House), coincidiendo con un doble 40º aniversario: el de la muerte del cantante del grupo, Ian Curtis (el pasado 18 de mayo) y el del venerado álbum ‘Closer’ (18 de julio), que dará pie a una reedición en vinilo.

Firma el libro el periodista musical británico Jon Savage, asociado al semanario ‘Melody Maker’ en los tiempos en que Joy Division entró en escena, a finales de los 70. Pero su encuadre de la historia no queda reflejado más que en su modo de seleccionar y orquestar las opiniones y recuerdos que nutren estas 412 páginas. Una cuarentena de testimonios, incluyendo a los posteriormente creadores de New Order y a personas de su entorno (responsables de Factory Records, parejas, periodistas, fotógrafos, diseñadores, músicos), cuyas versiones de los hechos, con sus matices y contrastes, cristalizan en esa luz dinamizadora pero letal que, para Savage, envolvió siempre a Joy Division más allá de su estética sombría.

Llenando el “vacío interior”

Este viene a ser el ‘leitmotiv’ de fondo, la impugnación de la leyenda que atribuye a la banda una vocación autodestructiva por el hecho de que su cantante, Ian Curtis, se suicidara. Más allá del fatal desenlace, se valora a Joy Division como lo que fue, un fruto del Manchester deprimido de los 70 (‘suburbio’ y ‘desempleo’ eran las palabras clave, sitúa Tony Wilson, cofundador de Factory Records) que se agarró al poder subversivo y creativo del punk para superar a través del arte musical el “vacío interior” (palabras de Bernard Sumner) que sentían esos veinteañeros a los que la vocación se les despertó tras asistir a un catártico concierto de Sex Pistols. Ni el dinero ni la fama formaban parte del plan. “Lo único que queríamos era hacer algo hermoso de escuchar y que agitara nuestras emociones”, declara Sumner en este texto traducido por el periodista musical Javier Blánquez. Las alusiones a la imaginería nazi, que no eran extrañas en la era punk, como en la portada del epé ‘An ideal for living’ (1978), son justificadas como advertencias por parte de una generación a la que la guerra no pillaba tan lejos.

Joy Division, con Bernard Sumner (izquierda) e Ian Curtis (derecha), en el New Osborne Club, de Manchester, en febrero de 1980 / PRH

Los implicados dan detalles sobre la paulatina construcción de su sonido único, de esa mezcla de severidad extrema y trance para los sentidos, de aura espectral y espasmos bailables, y el punto de fuga responde por Ian Curtis. Una caja de sorpresas desde el minuto uno, el joven adorable del que podía aflorar un Mr. Hyde violento, que actuaba “totalmente poseído”, “tocado por la mano de Dios”, apunta Martin Hannett, directivo creativo de Factory. Se le describe como culturalmente activo, lector de Nietzsche y fan del clasicismo (ese peinado de emperador romano), responsable de que sus compañeros descubrieran a Iggy Pop y ahondaran en grupos como Can, Kraftwerk o The Velvet Underground.

La enfermedad y el reproche

Cobra cuerpo la tesis defendida siempre por allegados como la misma hija del cantante, Natalie (que se quedó sin padre con 13 meses), según la cual Ian Curtis no se suicidó tanto por atravesar una época difícil sino porque estaba enfermo, sufriendo ataques epilépticos incluso en plena actuación, y porque los fármacos que le recetaron no eran los adecuados. Annik Honoré, la ‘novia’ de los últimos tiempos (con vínculo “platónico”), se recuerda preocupada por su salud y desliza un reproche a Tony Wilson. “Me sorprendió que él no se diera cuenta”.

Aquellos “montones de pastillas” que se tomaba lo mantenían en un estado “deprimido y somnoliento”, y de la tristeza salieron canciones como ‘The eternal’, ‘Decades’ o ‘Atmosphere’, paisajísticas y melancólicas, con novedosas texturas electrónicas. Las dos primeras se integraron en ‘Closer’, segundo y último álbum de Joy Division. Si el debut, ‘Unknown pleasures’ (1979), lucía una convulsa portada negra, esta era blanca y críptica, con la elegancia distante del mausoleo.

Un enigma eterno

A Sumner y compañía no le consta haber detectado entonces indicios de que sus días como banda estuvieran contados. Una gira por Estados Unidos estaba a la vuelta de la esquina. Por eso, Annik Honoré atribuye el suicidio (por ahorcamiento) a “un accidente”, un arrebato “por impulso” en un momento bajo, en el que Curtis se hubiera sentido aturdido por el alcohol y las pastillas.

Sus colegas de grupo destacan los momentos más agradables: los días en que convivieron en Londres grabando ‘Closer’, período en que la salud de su amigo vivió una tregua. Se cuela un Ian Curtis risueño, arrimado a Annik, a los que gastaban bromas como tirarles palomitas y cerveza por encima. De la extraña mezcla anímica salió ese álbum bello y desolado, que el 17 de julio verá de nuevo la luz (en vinilo transparente), de la mano de otras tres piezas, los epés ‘Transmission’, ‘Love will tear us apart’ y ‘Atmosphere’. Alimentando, de nuevo, la fascinación sin fin por Joy Division.

Temas Música