02 jul 2020

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TRADICIÓN SILENCIADA

Al rescate del poderoso legado flamenco de Barcelona

La plataforma Salvem L'Arnau y la historiadora Montse Madridejos exhuman la infravalorada herencia jonda de la ciudad

Nando Cruz

Cuadro flamenco del Villa Rosa, en la década de 1930.

Cuadro flamenco del Villa Rosa, en la década de 1930.

"Mucha gente aún piensa que el flamenco vino a Barcelona con los andaluces en los años 60", lamenta la historiadora catalana Montse Madridejos, que se ha dedicado a documentar y rebatir esa creencia en libros y artículos. "El flamenco es una música absolutamente urbana que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX en ciudades donde hay gitanos bien asentados a los que se les da bien el artisteo y se encuentran con gente con pasta que quiere pasarlo bien. Ese es su caldo de cultivo. Y se dio en Sevilla, Madrid y Barcelona", concreta.

"El flamenco nunca ha formado parte de los libros que hablan de la historia de la música en Catalunya", lamenta Madridejos, y tampoco ha quedado tan documentado por los cronistas barceloneses de la época como los espectáculos "del Palau de la Música y el Liceu, adonde van los ricos, los subvencionados y los políticamente institucionalizados. Afortunadamente, la vida en una ciudad grande fluye por otros lados", celebra. Y rebuscando ha localizado medio centenar de locales que programaban flamenco en Barcelona solo en los años 30.

Esta información nutrió 'Mundos paralelos', una ruta andada por la memoria flamenca de la ciudad que el mes pasado recorrió las calles del Raval y el Paral·lel. No la impulsaba el Museu d’Història ni alguna institución pública, sino la plataforma vecinal Salvem L’Arnau que, mientras se consuma la rehabilitación del Teatre Arnau, produce espectáculos englobados en el ciclo Arnau Itinerant y los presenta lejos de este "teatro sin paredes", como lo define Pablo P. Becerra, uno de sus dinamizadores. El recorrido se acotó a ocho puntos. Imposible abarcarlos todos. Porque, aunque el legado flamenco de Barcelona siga invisibilizado, "tiene una tradición que no hay quien lo tumbe", reivindica Madridejos.  

Historias para no dormir

Resulta que el actual Hotel Edén de Nou de la Rambla fue el Café de la Alegría, el más famoso local flamenco de la Barcelona de finales del siglo XIX. Que en el número 12 de la calle de Lancaster abrió La Viña P, el primer local de la familia de empresarios Borrull. Y solo unos metros más abajo, en Arc del Teatre, justo donde ahora está el club de electrónica Moog, se hicieron de oro con el Villa Rosa. Cuenta Madridejos que ahí se organizaban unos saraos estratosféricos. Puro teatro que consistía, si el 'tour operador' así lo encargaba, en montar una pelea para que el turista viviese una experiencia gitana completa. Se le permitía encapricharse de alguna camarera y, al final de la noche, el supuesto marido llegaba para partirle la cara. Si había buen dinero, incluso se podía negociar una visita (pactada) a comisaría para dar más veracidad a la noche loca.

El desaparecido Café  de Sevilla, en el Paral·lel

La memoria flamenca del Raval es un espectáculo en sí mismo, pero al otro lado del Paral·lel, en el Poble Sec, se siguen generando hoy experiencias inolvidables alrededor del flamenco. En el espacio multidisciplinar Nook, en el bar La Federica, en el espacio autogestionado El Solar de la Puri o en el Institut del Teatre. Estos dos últimos están a apenas unos metros de distancia. Desde el solar podían escuchar las sesiones de exploración contemporánea que dirigía el coreógrafo Juan Carlos Lérida en el Laboratori de Recerca des del Flamenc. Tarde o temprano tenían que encontrarse. Y así fue. Pero los vínculos entre El Solar de la Puri y Salvem L’Arnau, plataformas ambas de 'artivismo' vecinal, acabarían rizando más el rizo y uniendo las investigaciones del laboratorio de danza flamenca con las pesquisas historicistas de Madridejos. Y así nacía una ruta por la memoria flamenca de Barcelona que trasciende la mirada museística y se lanza a la 'performance' callejera.

Vestigios incontables

Los vestigios de esta Barcelona flamenca siguen ahí, esperando a que la ciudadanía repare en ellos. Están en las ruinas del Arnau, el último teatro de barraca (construido principalmente de madera) que queda en pie en la ciudad. O en el local erótico Bagdad, que antaño fue la Bodega del Toro. O en la suntuosa sala Barts, sede del histórico Gran Teatro Español en el que debutó Carmen Amaya allá por 1924. O en ese colmado de la avenida del Paral·lel que en su día estuvo ocupado por el Café Sevilla. Por no hablar del Pompeya, del Manquet, de La Criolla, de La Taurina, de la Taverna dels Tenors, de La Nueva Pastora y tantísimos otros locales en los que se cantó, tocó y bailó flamenco décadas atrás.

Como género "popular, barriobajero y subversivo" que es, adjetiva Madridejos, la huella del flamenco en Barcelona no está suficientemente documentada y valorada. Pero lejos de ofrecer una visión apocalíptica, la historiadora confía en la capacidad del género para sobrevivir. "En Barcelona hay muchas minorías musicales y el flamenco es una más, aunque especialmente poderosa y resistente. El flamenco está en vías de extinción desde que nació y aquí sigue", desafía. Lérida no lo ve tan claro: "Barcelona puede perfectamente perder el interés por ciertos tipos de miradas artísticas. Y sobre el flamenco siento que hay poco interés", lamenta. Lo que ambos detectan es un "desinterés institucional obvio" por restituir la importancia del flamenco en la historia de esta ciudad.


 

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