29 oct 2020

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ENTREVISTA

Joan Garriga: "Los gitanos me lo han enseñado todo"

El cantante y acordeonista aparca La Troba Kung-Fú y presenta su nuevo grupo, Joan Garriga i el Mariatxi Galàctic, en La 2 de Apolo, dentro del Festival Mil·lenni

Jordi Bianciotto

Joan Garriga, fotografiado esta semana en Barcelona.

Joan Garriga, fotografiado esta semana en Barcelona. / FERRAN NADEU

Hace 20 años, Dusminguet colaba su acento de La Garriga en aquel mestizo ‘sonido Barcelona’ del cambio de siglo. Aventura que su cantante y acordeonista, Joan Garriga, enlazó luego con La Troba Kung-Fú y que ahora cobra una nueva forma sin perder de vista el cruce de géneros musicales con vistas al sur. Joan Garriga i el Mariatxi  Galàctic reúne a dos ex-Troba, el bajista Marià Roch (también ex-Los Sencillos) y el batería Rambo, así como a dos guitarristas, Marc Serra (veterano del grupo de reggae Toh Pa Jah) y Madjid Fahem (Manu Chao), y cuenta con un epé, ‘Nocturns de vetlla i revetlla’, anticipo del álbum que publicará en abril. Este jueves actúa en La 2 de Apolo, dentro del Festival Mil·lenni.

La Troba Kung-Fú, ¿se he quedado en el congelador?
Está aparcada, a la espera de que haya las condiciones adecuadas. Es un barco un poco grande para el momento en el que estamos, hasta ocho o nueve personas, y era más lógico montar algo nuevo, con canciones que pudieran ser defendidas con menos músicos. El Mariatxi tanto puede ser de diez como de cinco o menos.

¿Por qué llama Mariatxi a esta nueva formación?
Es un homenaje, porque de pequeño tenía un disco de las canciones de la revolución mexicana que es uno de los que más me han influenciado. El mariachi es un grupo de trovadores y la palabra no se sabe si viene de ‘marriage’, en francés, de la música de bodas, o es un hombre indígena. Y luego, Marià (Roch) siempre está allí, y es también un homenaje a él, como cómplice total.

Galàctic es una referencia a Sisa.
Me siento muy identificado con su teoría galáctica: un localismo disparado al universo, partiendo de lo pequeño y queriendo abarcar lo más grande.

El foco musical, como el La Troba, está puesto en Latinoamérica: Jamaica, Cuba, Colombia...
En la Troba había una intención de crear un estilo juntando elementos de forma que caminasen juntos: poniendo un ventilador sobre un acordeón, haciendo caminar un vallenato como una rumba... La ‘rumbia’ era algo intencionado, con pretensiones de que fuera natural. A diferencia de Dusminguet, donde se partía de todo, sin filtro, para que el azar pusiese las cosas en su sitio. Ahora, lo importante es la canción y no tanto la intención de crear un sonido. Aquí soy un poco crítico, porque creo que al disco le falta una producción un poco más gamberra. Me gustan las canciones, pero más para escucharlas sueltas que todas seguidas. Creo que son canciones que puedo tocar toda la vida, pero no sé si el conjunto me representa del todo.

En ‘Ai, on va l’à’, el catalán suena como una lengua africana.
Es guay que lo diga, porque cuando la hice estaba escuchando mucha rumba del Congo. El coro de la canción está influido por un disco concreto, una recopilación con temas de Franco y otros que escuchaba cada vez que cogía el coche. Tiene un coro muy de monosílabos que no acaban de decir el qué y al final sueltan el mensaje: “ai, on va l’ànima...?” Es una canción totalmente existencial. Una vez te haces esa pregunta, “¿dónde va el alma?”, "¿qué hacemos aquí?", todo lo demás, hablar de géneros musicales, etcétera, ya se deshace. Otras canciones del epé tienen un punto más terrenal. ‘La rumba’ es un homenaje a ese género.

¿A qué rumba? ¿La catalana, la flamenca, la congoleña, la argelina, la cubana...?
La rumba gitana. Sí, es un poco lioso esto de la rumba, pero, ¿no lo es también el rock’n’roll, o el pop, saber dónde empieza y dónde acaba? Esta canción va de rumba gitana, que en gran parte es catalana. La letra dice: “Ella deixa que la toqui / qualsevol nit de claror / però em fa saber amb veu baixeta / que el seu cor és per a un caló”. Hay una manera de hacer que es de ellos y ya está; una música gitana catalana que es muy especial. Saber dónde empieza y dónde acaba es complicado. La rumba francesa, como la de los Gipsy Kings, es rumba catalana cantada en castellano. La manera de tocar la guitarra es de la rumba catalana, porque vienen de familias catalanas, de Perpinyà, que se movieron a Aviñón.

¿Cree que a la rumba catalana le falta reconocimiento?
En general me niego a participar en debates sobre el nivel de reconocimiento en el que deberían estar las cosas. Si me interesan, le doy un valor, y hago lo que creo que tenga que hacer, pero decir si me parece que hay que darle premios o no, o decidir qué es importante y qué no para la cultura..., aquí ya no llego. Este debate está muy lejos del porqué se toca una música y se hacen canciones.

Usted, ¿por qué hace canciones?
Es un ejercicio intelectual con el que me lo paso muy bien. Es un enigma y a veces, cuando no te sales con la tuya, una pesadilla. Es un juego placentero para el coco. Luego, las canciones se convierten en salvoconductos, pasaportes para ir por el mundo. Estás en un bar y si tienes canciones es una manera de comunicarte con gente que no conoces. Es una inversión, porque sabes que te acabará dando algo positivo. Y si no, desaparecerá.

Trabajando con músicas cuyo origen es gitano, latinoamericano o africano, ¿se ha sentido alguna vez un intruso?
Sí, a veces. Cuando intentas hacer algo que no entiendes, o que malentiendes. A veces es desagradable, pero agradezco haber tenido esa sensación para darme cuenta de que estaba equivocado. Y agradezco la inconciencia de haber podido dar ese paso.

¿Ha sentido reacciones de rechazo?
No, no. En los gitanos, todo lo contrario: lo que he encontrado ahí siempre han sido puertas abiertas. Me lo han enseñado todo. Es brutal. Desde Peret hasta el Tato, y Sicus (Carbonell), Muchacho, Rafelito (Salazar), Rambo... Todo su arte, el suyo, ha sido a jarros, sin filtro, a tope. Me han enseñado cómo producían las canciones, qué recursos tenían...  Su arte melódico me lo han dado gratis. Y así con la mayoría de músicos de estilos diferentes que nos hemos encontrado.

¿Apropiación cultural?
Creo que en este tema el debate es otro: la gente que siente que le roban el espacio. Tú llevas toda la vida haciendo rumba y luego sale otro que destaca y te hace sentir poco reconocido. Es una cuestión de reconocimiento. Eso se malentiende. No es culpa de Rosalía, que aprendió a cantar en peñas flamencas de su pueblo y estoy seguro de que la gente ahí está orgullosa de ella. Dudo que cuando la gente hace las cosas de corazón, haya demasiado debate al respecto. Con la rumba, si alguien me ha criticado, lo habrá hecho con razón. Seguro. Pero yo no soy rumbero de siempre, ni creo que lo que haga sea rumba gitana, aunque hay mucha rumba gitana ahí. Me la enseñaron ellos y estoy muy contento. Es un lenguaje que no hablo perfectamente, pero que me interesa.

Usted ha destacado más que algunos rumberos que llevaban toda la vida practicando ese género, pero al mismo tiempo ahora hay grupos que llenan recintos mucho más grandes apelando a la rumba y a los mestizajes. ¿Le ha descolocado?
Piensas en eso cuando te lo dicen. Hay un punto que mola: si te lo dice la gente es que se te reconoce una carrera. Pero yo sé, todo le mundo sabe, que si estos grupos están triunfando no es porque haya una injusticia hacia mí, o hacia Dusminguet, o hacia alguien, sino que hacen lo que deben hacer para triunfar, y punto. Si nosotros no hemos triunfado más es porque no hemos sabido cuál era la manera, o porque no hemos querido... No hay más.

Da la sensación de que hay poco diálogo entre las generaciones de estas músicas. ¿Cada quinta debe matar a la anterior y ahí no hay nada que hacer?
Hay una parte de matar al padre, está clarísimo. ¡Nosotros queríamos matar al ‘rock català’! Luego los conoces y todo cambia, claro. Pero todo aquel rock en catalán lo veíamos anglosajón, y había una lucha ahí. ¡Yo prefería tocar ‘Pedro Navaja’! Había un choque. Después te vas haciendo mayor y haces lo que puedes.

Cuando escucha a Oques Grasses o a Txarango, ¿detecta algo en lo que se sienta reflejado?
Pues no mucho. Es curioso. Y no tiene nada que ver con que me guste o no lo que hacen. Los veo mejores músicos que los de mi generación, más técnicos, y hay muchas cosas suyas con las que flipo y que al mismo tiempo me alejan. Cuando me dicen si me siento menospreciado pienso que no, que me toca a mí entenderlo. Yo no me puedo sentir enfadado. Esos grupos tienen una conexión con el público brutal: en sus conciertos todo el mundo canta las canciones desde el minuto cero. Con Dusminguet lo intentamos durante años y no lo logramos.

Tienen un público muy juvenil, casi infantil en parte.
Pero también gente de mi generación. Les digo: “¡joder, no venís a mis conciertos y vais a los de Txarango!”. La gente se emociona con sus discos, y me dejan pensando. Pero lo escucho fríamente y es un producto muy diferente, más digerible, con referentes más claros. Pero esa utopía suya de juntarte con unos amigos y vivir un viaje juntos es muy guay.

Txarango en concreto ha creado un mundo, hasta con su propio festival, Clownia.
Eso es brutal. Para mi es un ejemplo. De la misma manera que digo que un disco como el suyo yo no lo habría hecho nunca, y me pilla lejos, un festival como el Clownia es de ‘chapeau’. Cómo se lo han currado y el punto hasta el que lo han llevado. En la época del mestizaje de Barcelona nos habríamos matado todos. El acto generacional más grande que hicimos fue el homenaje a Carlos (Rivolta), cuando murió [2002]. Tenemos unas carencias en cuanto a saber organizarnos, aunque hay gente que ha seguido haciendo cosas increíbles en la autogestión, las casas ‘okupadas’...

Pero, en música, no han quedado muchas bandas de referencia en activo de aquel ‘sonido Barcelona’.
Pues señal de que no se estaban haciendo las cosas suficientemente bien. Cuestiones de la política interna de las bandas. Al final, eran mejores los punkies de la generación anterior, que eran anarcos de verdad y han sobrevivido a todos. Nosotros vivimos aquel momento del asociacionismo, contra el sistema, pero a la vez había que vender...

Los grupos de ahora tienen más clara la idea del mercado, con menos complejos.
Y está muy bien tenerlo claro: si entras, entras. Lo que veo es que ahora, a diferencia de nosotros, ellos deben picar mucha piedra y trabajar mucho para ganar poco, y no parar. Un grupo como La Pegatina, por muy bien que les vaya, debe estar colgando cosas cada día en las redes, estar ahí día a día varias personas trabajando, generando constantemente producto, repartiendo bien el dinero... Son unos ‘cracks’. Están más pringados que nosotros entonces. La cantidad de visitas que tiene Txarango, ¿cuántos ‘royalties’ habría generado hace 20 años por la venta de discos? Es muy injusto.

Su Mariatxi Galàctic entra en terreno verbenero, pero el epé lo cierra una balada espectacular, ‘Nocturn’, que desprende una mística en torno a la luna llena.
Salió de estar en el balcón mirando la luna y sin poder dormir. Creo que tenía la luna dentro de mí desde hacía muchos años. Es sobre la sensación que tienes esas noches que estás nervioso, que no puedes dormir, vas dando vueltas y tienes el gusanillo dentro, como un demonio. Lo intento explicar diciendo que me he comido la luna, que se me ha metido dentro y me remueve. A eso se le llama ser lunático: tener ese veneno dentro y no poder sacarlo, y la noche se hace día, y en la madrugada te preguntas qué haces con esa luna llena. Es muy sencillo contar esa sensación. Yo me la aplico para estados de enamoramiento, o de melancolía extrema, o de mucha pena.

Ese veneno quizá sea también el del músico, que ya no puede dedicar su vida a otra cosa que a hacer canciones.
A los músicos nos pasa eso, sí. Hay esos momentos en que dudas de todo, de ti mismo y de tu relación con el mundo, y es verdad que llega un punto en el que sabes que no vas a poder renunciar nunca a eso: es cuando te encuentras expresando algo, haciendo canciones, quizá para ti mismo, sin que haga falta que haya mucha gente. Entonces sabes que las podrás cantar siempre y que te sirven. Es bonito, y va más allá de que te salga a cuenta económicamente. Yo podría dedicarme a otra cosa, pero estoy seguro que no dejaría de hacer canciones.