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CRÓNICA

La visión de Christian Scott

El sexteto del trompetista está entregado a la celebración de la música como algo compartido, como un ritual

Roger Roca

Christian Scott, en la sala Barts, el lunes.

Christian Scott, en la sala Barts, el lunes. / EL PERIÓDICO

Cuando Christian Scott está en un escenario siempre ocurre algo especial. Se perfila frente al micro como si fuera a embestir, y de su trompeta, con la campana doblada en un ángulo extraño que apunta al cielo, sale un sonido arrollador que es la vez un lamento y un grito de dignidad y de alegría. Pero en realidad, para que ocurra ese algo, al joven músico de Nueva Orleans no le hace falta ni tocar la trompeta. Con una pandereta le basta. El lunes en la Barts, cuando paseaba entre sus músicos pandereta en mano jaleando a sus compañeros, celebrando el sonido que hacían juntos, casi bailando, Christian Scott aTunde Adjuah, que se llama así desde que en el 2012 decidió reivindicar sus raíces africanas, era la imagen misma de la felicidad. Un hombre entregado a la celebración de la música como algo compartido, como un ritual. Esa es la razón de ser de su música, y de eso habla -porque Scott habla mucho en los conciertos- entre pieza y pieza. De lo importante que es conocer la gente y la cultura que hay detrás de las músicas que tocamos o que escuchamos. De la música como un acto de amor. "Cuando toco con él siento que me quiere", dijo, para presentar a su batería. Madera de predicador, carisma total.

Scott y su potentísimo sexteto volvían al Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona con un nuevo disco de sonido futurista, 'Ancestral recall'. Y lo hacían además con la ambición, anunció, de repensar qué significa el jazz en el siglo XXI y qué papel les corresponde a ellos dentro de una tradición que ya es centenaria. Preguntas importantes para las que Scott tiene respuestas propias, aunque el lunes en la sala Barts el sonido no ayudó a escucharlas con claridad. Logan Richardson, un extraordinario contador de historias al saxo alto, quedaba enterrado bajo un alud de teclados y percusiones. Al contrabajo le pasaba tres cuartos de lo mismo, y en general los matices sucumbían a la fuerza de la banda, que era mucha. Pero los desajustes de sonido fueron un mal menor. Ni una mala mezcla puede esconder la convicción con la que Christian Scott defiende su visión del mundo: un lugar en el que se mira al pasado con respeto y al futuro con imaginación y esperanza, donde caben la rabia, la alegría o la tristeza, tan bien expresada en uno de los hitos de la noche, 'Sunrise in Beijing'. Un lugar en el que todas las tradiciones -la historia entera del jazz, la electrónica, los ritmos del África Occidental- son válidas para construir algo nuevo y donde ese algo, sea lo que sea, se construirá entre todos. Amen, pues, a Christian Scott.