19 sep 2020

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ANÁLISIS

Rosalía, durante su actuación en la gala de los Grammy Latinos, en Las Vegas.

AFP / VALERIE MACON

Rosalía, cómo ser popular y de culto a la vez

Jordi Bianciotto

La artista de Sant Esteve Sesrovires cultiva dos niveles de lectura: el vídeo y el álbum conceptual, el éxito reguetonero y la canción oscura

Asombran las aptitudes de Rosalía a la hora de servir a cada medio lo que conviene: canciones con vídeos despampanantes (o al revés) como indispensable comida rápida y nada menos que un álbum conceptual (formato tradicionalmente asociado a otra era, el rock de los años 70) como es ‘El mal querer’ para trabar vínculos más hondos. La artista del Baix Llobregat ha conjugado ambos mundos, el de la obra que exige atención a lo largo de treinta minutos y el que se nutre de gratificación inmediata en YouTube.

Por eso, quedarte solo con la Rosalía que se propaga a golpe de videoclip y no ir un poco más allá complica que puedas hacerte una idea de su profundidad. Muchos ‘haters’ no han superado esa primera pantalla. Pero, invocando a Dalí, es importante que hablen de ti, aunque sea bien, y Rosalía disfruta brindando dos niveles de lectura: el de la estrella pop y el de la artista de culto. Ella puede ser ambas cosas a la vez. Llenar grandes recintos e intrigar con discos oscuros que, como ‘El mal querer’, manejan texturas microscópicas, polifonías litúrgicas, palos flamencos y referencias a una remota novela medieval en lengua occitana, ‘Flamenca’ (de Flandes).

Pero es cierto que, después de la edición del álbum, hace ahora un año, Rosalía ha llegado al gran público acudiendo a formas musicales más diáfanas. Pensemos en su mayor éxito en Estados Unidos, ‘Con altura’, dueto con el colombiano J Balvin a base de reguetón, ritmo al que ya se había acercado en el pasado. ‘A palé’, lanzado la semana pasada, en cambio, mira de reojo las texturas más extremas del trap (y el mundo de pesadilla de su amiga Billie Eilish). Quién sabe hacia dónde apuntará su próximo álbum, pero en Rosalía puede haber lugar para el disparate humorístico y para el misticismo, el ‘kitsch’ y la emotividad más pura, y a nosotros solo nos queda acomodarnos y disfrutar del espectáculo.