01 abr 2020

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CRÓNICA

Un Mahler trágico en el Palau

Esa-Pekka Salonen y la Philharmonia Orchestra inauguran con emoción el ciclo Palau 100

Manel Cereijo

Esa-Pekka Salonen, al frente de la Philharmonia Orchestra en el Palau de la Música

Esa-Pekka Salonen, al frente de la Philharmonia Orchestra en el Palau de la Música / EVA GUILLAMET

La 'Novena', última sinfonía completa de Gustav Mahler -estrenada póstumamente-, fue la escogida por la Philharmonia Orchestra y su director titular, el finlandés Esa-Pekka Salonen, para la apertura del ciclo Palau 100. Siendo para muchos la más bella partitura del compositor post-romántico, se trata sin duda de una obra sobrecogedora y de rabiosa modernidad, con un discurso a veces de difícil digestión que pasa de la ternura a la violencia con fuertes dosis de esquizofrenia. 

Fue escrita por el compositor al término de su vida con una carga emotiva en vena, ya que acababa sus días a sabiendas de que una enfermedad cardíaca le estaba minando su existencia, habiendo además sido testigo del fallecimiento de su hija mayor. Con todo y esas trágicas circunstancias, de su genio solo pudo emanar una pieza con aires de despedida y de una originalidad apabullante, especialmente cuando el empeño en sacarla adelante es incondicional, como fue el caso de un Esa-Pekka Salonen a pleno rendimiento y perfectamente compenetrado con el conjunto londinense.

El músico finlandés consiguió un sonido compacto e hiriente en las cuerdas y en los metales, tremebundo 

Ya desde el primer movimiento el futuro titular de la Sinfónica de San Francisco inició el largo camino con ese latido rítmico a contrapié que tanto desconcierta para, seguidamente, emprender el vuelo mahleriano con todas las tintas cargadas y una lectura honesta, un punto teatral y muy comprometida, saciada de  sufrimiento y desesperación.

El músico finlandés consiguió un sonido compacto e hiriente en las cuerdas y tremebundo en los metales, tanto en los espectaculares 'crescendi' -cuando la música se tensa y se descompone- como en los pasajes más reflexivos, poniendo siempre hincapié en los momentos plenamente 'cantabile'. En el segundo movimiento hubo una buena articulación entre el abatimiento y la alegría de la arquitectura musical, pasando luego por el sarcasmo del tercero con soltura como preámbulo a la calma desconsolada del trascendental 'Adagio' final,  momento en el que destacó el fantástico trabajo de la cuerda, de una sutileza que dejaba incluso sin aliento. La agonía y el recogimiento de las dramáticas frases finales alcanzaron altas cotas de emoción.