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TEATRO

Crítica de 'Así bailan las putas': mover el culo para reafirmarse

La obra plantea en el Escenari Brossa una ceremonia de danza y confesión para poner contra las cuerdas los tics machistas de la sociedad

Manuel Pérez i Muñoz

Una representación de ’Así bailan las putas’, en el Espai Brossa.

Una representación de ’Así bailan las putas’, en el Espai Brossa.

La sorpresa es una de las mejores cosas que nos pueden pasar al entrar en una sala de teatro. Para disfrutarla conviene soltar el lastre de los prejuicios, estar abierto a la reflexión e incluso al autoanálisis. Más que un espectáculo -que también lo es- 'Así bailan las putas' de la compañía Sixto Paz es un ritual, una ceremonia de honestidad, una cura terapéutica contra los estragos del patriarcado. La periodista Júlia Bertran y la profesora de 'twerk' Ana Chinchilla dan forma física y emocional a una variada cascada de situaciones entre el testimonio, el ensayo, la 'performance' y las dinámicas de grupo. No son actrices, se agradece, porque la naturalidad y generosidad de su confidencia nos llega mejor en crudo, sin sonsonetes ni aspavientos, en el Escenari Brossa.

La ondulación del ritmo sube hasta la emoción confesional y baja después al valle de lo cerebral, y de aquí pasa a la catarsis de la danza. La fuga del discurso hacia el baile como liberación podría resultar un punto naíf si no se expusieran en paralelo las teorías que lo fundamentan. El 'twerk', o perreo, ese baile connotado por una sociedad machista, pero también clasista, xenófoba, etcétera. Su precursor, el baile 'bounce' de Big Freedia, servia en sus orígenes para reafirmar la comunidad trans de Estados Unidos. Eso fue antes de que Miley Cyrus lo elevara al 'mainstream' convertido en algo pecaminoso y suburbial de orígenes africanos.

Esta deconstrucción es solo un ejemplo de como durante siglos fenómenos como la caza de brujas, o más recientemente el caso Alcàsser, han servido para coartar la libertad y espontaneidad del comportamiento social de las mujeres. El contenido más ensayístico -con alguna inspiración en el éxito editorial de Bertran 'M'estimes i em times' (Bridge)- tiene su correlación directa en los comportamientos cotidianos: "¿Alguien de aquí fue la puta de clase?", preguntan en un momento en que la obra parece querer abrirse al debate. Finalmente, se baja a la arena de los ejemplos en primera persona, la guinda de un pastel que por momentos parece ensamblado de ingredientes inconexos pero que provoca una duradera digestión, o indigestión si aún no se es consciente de que esta ola feminista avanza imparable y cargada de razones.

¡Perrea, perrea!

Que nadie espere una acomodada butaca y la protección de la distancia. El dispositivo exige una mínima participación, el contacto ocular e incluso algún minuto de baile. Con nuestro papel aparentemente activo las cosas adquieren una dimensión colectiva, en la línea de 'This is Real Love' de los VVAA o 'Barcelona (contra la pared)' de Lali Álvarez. La dirección Pau Roca y la dramaturgia de Jan Vilanova huyen de arengas y resultados monolíticos para una propuesta que consigue mantenerse fresca y espontánea como una pista de baile.